Wednesday, December 26, 2012



Carne de Tío

Ahora han pasado dos generaciones de la familia, y han hecho una fiesta igual de innecesaria que en años anteriores, yo lo sé pero no me puedo mover mucho, estoy en una mecedora, esperando el embate de una runfla de sobrinos. El hijo de mi prima con la que viví durante mi infancia luce aburrido, también él lo sabe; tiene los párpados a medio cerrar, está oliendo las patas del perro salchicha de su hermana. Tiene el ceño fruncido pero está asimilado, parece enojado aunque sabemos que no está molesto, se ve que no tiene otra opción que esperar a que la fiesta termine. Está hipnotizado en la nada, yéndose cada vez más lejos mientras huele con profundidad las huellas del perro salchicha. Me voy quedando dormido.

El ceño de mi sobrino se parece al mío cuando era pequeño y pasaba todas y cada una de las vacaciones en el rancho de la abuela. No había mayor cosa que hacer, era muy aburrido; me la pasaba tirado en un catre viendo la gallina de mi abuela en un rincón, empollando sus huevos, con su cara grave y sus ojos saltones, con ese moquete asqueroso que le colgaba. Me caían mal las gallinas y los gallos, me parecían inexpresivos, arrogantes en ciertos casos. Era extraña la convivencia con los gallos y gallinas de mi tío y mi abuela, caminando naturalmente por toda la casa: debajo de la cama, encima de la mesa, escondidos en la canaleta pegada al tejado. Gozaban de plena libertad, yo los respetaba y a ellos parecía no importarles mi presencia, pero en el interior lo sabían; ellos no me agradaban ni yo a ellos.

Tampoco me agradaba pasar Navidad, Semana Santa, Año Nuevo y vacaciones escolares ahí, calentándome en vano y dejándome acribillar por los zancudos. Pero así fue por lo menos los primeros doce años de mi vida. Con el tiempo dejé de ir a casa de la abuela, entré a la secundaria y comencé a generar reportes por falta de cooperación en las actividades deportivas y artisticas, me gustaron las matemáticas y comenzaron a venir los concursos, los primeros lugares, los cursos especializados y los diplomados. En un parpadeo de años estaba estudiando una Maestría de Teoría de Juegos en Francia. Crecí, y nunca volví ni a la ciudad ni al pueblo de la abuela. Tampoco me acordaba mucho de mis padres o me enteraba demasiado de lo que pasaba en el resto del mundo. A veces, cuando llegaba a comer aves en Francia, faisán el más recurrente, me acordaba de los ojos de la gallina regordeta y colorada de mi abuela, agazapada y temblorosa, roja, dando calor a sus futuros críos que no lograrían formarse plenamente porque serían parte de nuestro desayuno del día siguiente. Pensaba en la gallina y pensaba en mi tío.

Mi tío, el único hijo de mi abuela, al que le gustaba el zapateado, los sones, los corridos, el bolero, las rancheras…y ¡Frank Zappa! Resulta que había un disco de Frank Zappa entre el resto de sus empolvados LP´s, y lo ponía con el resto de sus folclores guerrerenses. Creo que otro tío que había viajado a Estados Unidos lo había llevado a casa de la abuela y lo olvidó. Cuando viví en Francia me pude comprar aquel disco y muchos más del guitarrista del mostacho. Era casi todo lo que escuchaba. Todo aquello me ponía melancólico pero feliz. Al respecto del pollo, debo decir que su carne siempre me ha parecido carente de sabor y de desagradable aspecto, trato de evitarlo al máximo, sin embargo es un alimento que está presente con relativa frecuencia en mi mundo. Más de lo que yo quisiera

Mi tío era una figura entrañable: siempre con el sombrero en la cara, las greñas como estropajo, campesino, alcohólico, no violento, de casi nulas palabras, tímido, retraído. Una imagen recurrente llena la sala de la casa ahora casi en ruinas de la abuela, una hamaca colgada de punta a punta de las vigas de madera; mi tío se mece con el sombrero en la cara, sin camisa; los vellos de su pecho son chinos y negros, contrastan con su piel casi roja, casi un ladrillo. Yo tengo ocho años, y me acerco sigilosamente para tocarlo, a ver si tiene polvito en la superficie, como de ladrillo horneado. Acerco mi dedo índice con miedo, lo dirijo lentamente con mi angustia. Espero, la escases de pulgadas es percibida y asaltada para apresarme y subirme a bordo de la hamaca, un par de segundos de cosquillas y una tranquilizante siesta en el regazo de mi tío, quien ronca levemente, con el ceño fruncido, la entreceja torcida, el bigote enchinado, todo endemoniado. Incluso dormido.


Tuve un problema a mi regreso. Mi tío había vendido sus tierras, o lo obligaron a rentarlas, y trató de sublevarse. Lo mataron, de forma violenta, fue entregado en restos a la familia. De repente los años se vienen encima, como un palazo en la mandíbula.

Recuerdo mi último día en casa de la abuela, antes de que me ausentara por más de veinte años. Mi tío había llegado un domingo a medio día, ebrio, tambaleándose. Entró en su cuarto, cerró con mucha pausa y delicadeza las compuertas de su habitación. Silencio de un minuto. De pronto, las compuertas se volvieron a abrier levemente, para reventar inmediatamente en un festín de plumas y cacareos. “Órale, pinches gallinas, jijas de la chingada, a chingar a su madre”. Era increíble ver aquello, un caos, una venganza contra las gallinas; un concierto de free jazz. Fue la última vez que vi a mi tío.


Con el tiempo busqué aquel momento en el estruendo de los solos pulcros e intempestivos de Frank Zappa, sin lograrlo demasiado, en el sabor de la carne de pollo, las matemáticas y todas las cosas que me denunciaban un poco. Nada aún. Nada todavía. Hoy es un aniversario más de todo aquello, y mi familia ha hecho una cena innecesaria que incluye caldo de gallina en el menú, una runfla de sobrinos enfurecidos y un perro salchicha que es su feliz rehén. Creo que lo del caldo se le ocurrió a mi hermana. Pruebo una cucharada de aquel brebaje y comprendo todo. Sólo queda un ojo atónito, tan inexpresivo de reventado en su propio asombro. Y aburrimiento, un aburrimiento atroz que no deja mayor opción.




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Monday, October 22, 2012




Repetido


Evita las fiorituras. No temas ser débil. No te avergüences de estar cansado. Tienes buen aspecto cuando estás cansado. Parece como si pudieras seguir y seguir sin parar. Y ahora ven a mis brazos. Eres la imagen de mi belleza.
Leonard Cohen, “Cómo decir poesía”.


¿Qué estará pensando ese tipo cuando va en bicicleta? Va todo serio, con mueca en sus labios, paniqueado por no volverse a dar un chingadazo contra su cara. Qué podrá pensar, si va con el ceño fruncido, concentrado en su pedalear. ¿Acaso se seguirá sintiendo solo al llegar a casa?, ¿Cenará algo rico o sólo se sentará a escribir sin parar antes que llegue una línea interesante o el sueño? Lo que pase primero, tal vez ha de pensar.

Me intriga ese tipo; todos los días va a trabajar, no falla, siempre en el mismo rango de tiempo, invariablemente desde hace poco más de un año. Se ve igual, es un motor sudado en bicicleta. Entra a ese edificio y sale fatigado, con la cara arrugada, todos los días. Invariablemente. Me gustaría saber qué piensa, si escribe todos los días por un objetivo específico o si el escribir es su meta final. Sólo me intriga saber su cotidianidad, su aburrido y aturdido día a día. Quiero escucharlo quejarse; me pondría muy feliz saber que aún se puede quejar.

Todos los días me pregunto si aún tiene esos pésimos hábitos que solía tener: dormirse tarde, con música nerviosa a volumen indecente para un multifamiliar. ¿Aún vivirá en la cima más sola de un castillo olvidado? De verdad, quisiera saber.

Le gustaba mucho la música, tanto que había decidido dejar de hablar con los demás de ella. Seleccionaba a sus interlocutores, quizás ahí empezó a cambiar. Antes que comenzara a perder su aspecto joven, el cabello y el buen humor. Me gustaría dar una vuelta por su colección de películas, objetos, propaganda, publicaciones, revistas, acetatos, cassettes, compactos, el mini disc que le regalaron alguna vez, para ver un poco quién es.

Me pregunto si ya se percató de que es bastante cursi y complica las cosas, ¿le importará?, ¿se habrá dado cuenta de todo lo que ha vivido y perdido? , ¿sentirá que ha vivido, como yo, más de 50 años y ahora sólo quiere descansar?, ¿o estará por ver el mejor momento de su vida, haciendo todo lo que alguna vez soñó, sintiéndose tranquilo? Me gustaría saberlo de verdad, era un colega que tenía el brío, que todos los días parecía un adolescente hermoso e inteligente, inocente y vulgar. Equivocado y triste, una soledad maravillosa, edificante, amorosa, ingenua y arrogante como tenía que ser. ¿Aún pensará que todo eso perecerá, o que dejará su impronta en algún disco duro antes de morir?

Ahora se ve más asimilado; tiene un reloj llamativo y le gusta comer en mesas alejadas para leer, detesta estar atorado en el tránsito más de 15 minutos, y sigue odiando que lo hagan esperar demasiado. Ya no es ese renegado mugroso con tenis baratos y usados que pensaba mantenerse siempre real. Pero sigue tirando grasa al lado de las vías. Tú sabes lo que quiero decir.

En ocasiones viene al café de al lado, pide una comida y no deja de estar metido en su celular. Se le ve confundido, cansado, estresado. Y también contento. Se ha perdido un poco y cree que diario escribe el mismo texto. Una especie de álbum fotográfico mental con anotaciones, que tiene un reportaje de negocios o un texto de finanzas personales, que por las noches fuma marihuana para reordenarse en una reseña de un disco, o el entrar a desmenuzar una película, para luego pensar en una línea que le evocará una imagen persistente el resto de la semana, la cual le recordará el aroma de las flores que ella le regaló.

A veces, cuando viene al café, me siento a su lado y vuelvo a acordarme porqué me intriga tanto saber de él; porque cuando lo veo no dice nada, y me sonríe el aroma del café.

Me voy y recuerdo porqué lo dejé.






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Monday, August 20, 2012



No hay banda


Alguna vez, una persona llamada John Cage le dio importancia al silencio, y se dedicó en cuerpo y alma a experimentar las posibilidades del mismo. Cage se metió en la cámara anecoica, la cual era una suerte de cuarto que aislaba casi al cien por ciento el ruido exterior. Sin embargo, Cage logró detectar dos sonidos, uno grave y otro agudo, que después supo eran su sistema nervioso y el transitar de su sangre. Con sorpresa, Cage descubrió que difícilmente existía el ruido absoluto, que los sonidos estaban de alguna manera siempre presentes, aunque fuera en nuestro interior.


Algo similar sucede cuando alguien habla acerca de la soledad. En verdad nunca se está del todo solo, pese a la soledad misma, ésta es relativa ya que todos hemos experimentado de alguna manera u otra la sensación de soledad en medio de una multitud, y también hemos sentido la compañía y presencia de “algo” o de “alguien” cuando se está ausente de vida a nuestro alrededor.


Mucho se ha escrito en torno de la soledad y la ausencia, el silencio o el vacío, por lo que este texto no pretende aportar nada respecto al tema. Quizás sólo sea un ejercicio por mantener la cordura ante la insoportable sensación de la soledad.


Se dice que la soledad es necesaria, de alguna forma el diálogo interno se vuelve una suerte de cambio de perspectiva y nos ayuda a ver las cosas de manera más sosegada, uno planea más tranquilamente y recobra batería para los embates venideros.


Pero a veces uno pide compañía, a gritos sordos y silenciosos, pero ésta no llega. El exceso de soledad también puede brindar distorsión de perspectiva, los recuerdos y deseos en torno a éstos se convierten en una avalancha insondable, inasible. Por ello muchas veces se cae en vicios, en compañía práctica y no siempre deseada; la compañía porque sí. Más vale solo dice el dicho.


Hay veces, después de una larga temporada en la soledad, que uno desprovee de todo sentido a las cosas que antes tenían un significado especial en nuestras vidas. En ese camino interno uno gana y pierde elementos, como en todos los caminos recorridos, y comienza poco a poco a marchar así: sin un brazo, sin apapachos ni adulaciones que nos vicien las perspectivas, sin restricciones o límites externos que nos digan “cómo deberían de ser las cosas”. Y salir avante de eso, de forma abstracta, se convierte en una de las pocas cosas cercanas a un objetivo, sentido o meta. Quitar casi todas las expectativas es aleccionador y necesario, pero no siempre saludable.


¿Cómo es que se puede estar solo por completo?, ¿hasta qué punto la soledad sólo es una cortina de humo que nos hace más vacua la existencia? No se hiere a nadie y no se expone uno, pero no es lo más preferible ni recomendable, a mi parecer, para vivir. Quien sabe estar solo creo que puede convertirse en una de las mejores compañías. Pero quien únicamente desea el silencio y la soledad a veces termina por odiar el objeto de sus anhelos.


Desde hace años, quizás a muy temprana edad si argumento con sustancia, tengo la idea recurrente de escribir literatura. Incipiente y atropelladamente, esa idea ha cobrado mayor fuerza con los años, se ha ido trabajando sin tener la sensación aún de haber llegado a algún punto con ello, o siquiera tener la sensación de haber escrito algo cercano a “el cuento” o “el ensayo” que deseo salga de la hoja digital de Word.


En más de una ocasión he leído, creído, vivido y pensado (perdón por el exceso de verbos), que el escribir en forma, como alguien cercano a la figura del hombre de letras, implica una suerte de interpretación del pianista: le da la espalda al público para brindarles “algo”, ya no digamos algo bello o entretenido. Se dice con frecuencia que el escritor se aleja del mundo para poder hablar de él un poco, lo más decorosamente posible. Todos los que quisiéramos escribir algo digno de lectura ajena hemos tenido la recurrente sensación de fracasar; de fallar en el intento de atrapar lo sutil de una imagen en palabras, de convertir los temores y las frustraciones en un diálogo sutil y silencioso, que toca. A todos nos ha llegado la pretensión de rasgar una sábana con el vocablo adecuado, ya no digamos el mejor sino el preciso, el que requiere el momento.  


Procurarse siempre, en todo momento, un instante de completo aislamiento para ver qué se escribe es vital en la labor creativa. Pero con frecuencia se dice que el artista tiene que vivir. El artista nunca deja de vivir, de probar, de intentar, de triunfar y fracasar. Lo tiene en ocasiones más presente que en otras profesiones que también lo requieren. Con el tiempo uno encuentra más riqueza en escuchar, en callar, en no decir o no hacer. Que no se tome como apatía o negación, toda inacción suele entrañar una posición ante algo; no se puede escribir sin vida, sin ruido, sin experiencias.


Algunos artistas o filósofos que he encontrado en el camino lo han intentado. Pero es muy subjetivo, igual no estaban diciendo nada importante. Platón, Borges, Carver, Orozco. Uno no deja nunca de escuchar un sistema nervioso y un correr de la sangre que nos conmina a incluir, yuxtaponer (permítaseme el término), o traer a colación. El tiempo presente late, al compás del corazón, el pulso. El rebote de regreso, el otro.


Hay algo que veo en común en todo ser humano: el acto de fe. A veces con suma conciencia y en ocasiones de forma automática y contradictoria, pero toda decisión (laboral, financiera, fría, tajante) implica un porcentaje de inseguridad y trabajo interno de confianza en que dará efectos. Aunque sean negativos; uno tiene la sensación de que tarde o temprano, las cosas sucederán, el silencio dejará de estar o se hará eterno, alguien llegará o se quedará en el tablero, uno se dedicará a escribir de ello o se buscará un rincón en el silencio.






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Sunday, August 05, 2012




Psicólogos Café

Ricardo Pineda


La primera persona que me recomendó ir a un psicólogo fue una novia que tuve, que también estudiaba la carrera. Tenía muchos conflictos emocionales y pese a mi enorme prejuicio y escepticismo, me animé a ir con una especialista. La primera vez me sentí muy bien y habré ido unas cuatro ocasiones, luego lo dejé. Tenía diecinueve años, y mi gama de pretextos para dejarlo era extenso, pero a los dos años regreso, creo que para siempre, una necesidad de regresar.


Comencé a probar con muchos psicólogos; en dos años habré visitado unos trece o catorce especialistas que dejaba tras la primera cita. El esquema siempre era el mismo: yo iba, contaba durante poco más de una hora qué hacía ahí, a veces cuáles eran mis expectativas y otras tantas ahondaba lo suficiente en mis obsesiones, “errores” y percepciones de mí mismo. Siempre aceptaba la segunda sesión, pero no acudí. Después de esos dos años, lo volví a dejar, pensando en mi inconstancia y falta de temple como para reconocer mis conflictos internos. Autosabotaje llegó a mencionarse en muchas de las primeras citas.


Por aquel entonces yo revisaba entrevistas para una revista musical de bajo perfil, y hubo una que le hicieron a Luis Alberto Spineta, en la que decía que era feliz, pero si pudiera vivir algo otra vez eso sería enamorarse, no tanto vivir una nueva relación, sino tener esa sensación enorme cuando uno se enamora la primera vez. Recordé mis primeras citas a los psicólogos y reí mucho, dándome cuenta que los psicólogos me generaban una empatía total, más las mujeres. Pensé en la absurda idea de ir a terapia con puras primeras citas; buscaría un psicólogo diferente para cada semana y esquematizaría mis discursos, con un tema distinto a tratar.


Emprendí la tarea por cerca de un año, con resultados altamente favorables. Me sentía mejor. Sabía que no era honesto ni funcional, pero algo comenzó a cambiar en mí, sentí que tenía un mejor amigo distinto cada semana, además con distintos semblantes y métodos. A los pocos meses de mis terapias comencé a refinar los métodos y la variedad: psicoanalistas, conductuales, Gestalt, holísticos, charlatanes, positivistas, y unos rarísimos que nunca logré dilucidar sus formas. Casi todos hacían énfasis en mi personalidad tendiente a la evasión y al dejar de lado lo que se emprende. Algunas veces salía abatido de las visitas, algunas otras lloraba o salía molesto conmigo mismo, pero por lo regular salía reconfortado y con una sensación de depuración interna. Era como bañarse después de dos días de sumo cansancio.


Con el tiempo, el mercado de psicólogos en la ciudad se me fue reduciendo, comencé a hacer viajes más prolongados y a pagar por primeras citas, algunas veces me equivocaba y volvía a telefonear a uno que ya había visitado con anterioridad. No me importaba pagar, la sensación que destilaba mi cuerpo al llegar, presentarse, sentarse en un sillón cómodo, hablar de lo más básico de mí persona, ver cómo veían, perderme entre sus manos que se explicaban o apuntaban cosas  me seducía enormemente.


Mi novia nunca lo supe, y al poco tiempo rompimos. Fue cuando más acudí a los psicólogos, era mi discurso recurrente, el rompimiento. Al poco tiempo me sentí mejor e incrementé mis visitas; primero a dos veces por semanas, luego la semana completa, hasta llegar al punto de programar cuatro o cinco sesiones por día. Hubo un mes al que fui con setenta y dos especialistas, fue el mes en que mejor me sentí.


Con el tiempo sentí la necesidad de hablar del tema en mis primeras citas, pero tenía miedo, ya que sabía que sería delatarme un poco ante los doctores, incluso había un par que parecía que ya habían hablado de mí con sus colegas. Esa paranoia comenzaba a apoderarse de mí. Pero no podía, la sensación de bienestar efímero era más poderosa: no soñar, contar lo más posible, que te escucharan, sencillamente me fascinaba.


Pero no hay fechoría que dure para siempre. Una tarde de diciembre me encontraba comiendo en un restaurante de comida china, fue entonces cuando sentí que alguien me veía. Volteé a los lados y la vi: era la doctora Mendoza, con la cual me había visto dos semanas atrás, un viernes. Me espanté un poco, sus ojos me juzgaban con severidad y ubicaban con especial nitidez. Pagué inmediatamente y salí casi corriendo del restaurante. ¿Me habrá reconocido? Pensaba con insistencia. Decidí tomarme vacaciones de los psicólogos por un tiempo, tal vez era hora de considerar dejarlos.


Pero no pude, a los pocos días ya estaba de nueva cuenta arreglando citas que comenzaban a golpear mi bolsillo y no calmaban mi ansiedad. Decidí comenzar a probar con los psicólogos. No me satisfacían tanto, así que duplicaba la dosis, hasta que también comenzaron a escasear.


Fue con el doctor Robina, me presenté, me saludó. Tenía barba abundante y colorida, casi brillante. No dijo una sola palabra en poco más de dos horas que yo solté todos mis demonios. Tras mi silencio hubo un silencio pesado, largo e incómodo. Yo estaba recostado en el sofá, tenía un hormigueo constante en la espalda, no quería voltear a ver al doctor Robina, sentía que se avecinaba lo peor. Fue entonces cuando carraspeó y dijo: “¿te parece gracioso hacer perder el tiempo a los psicólogos”. Fue entonces que lo miré de inmediato, su rostro tenía algo extraño, sabía que había fallado, que ya había estado con Robina con anterioridad. Salí corriendo del consultorio.


Cuando llegué a mi casa revisé con minuciosidad y nerviosismo mi agenda de citas. Robina no se repetía en ninguna cita de las cientos a las que había ido. Pero sabía que había visto a Robina, estaba convencido. Fue entonces cuando me asaltó de forma horrenda y punzante la imagen de la doctora Mendoza, su mirada, sus manos, su tono, el mismo carraspeo. Daniela Mendoza era Abdiel Robina.


Decidí, por seguridad, dejar de acudir a mis primeras citas. Tenía que dejarlas, había llegado el momento. Pero a veces, sobre todo en las noches, sentía un coraje enorme al pensar en Daniela Mendoza y su amenaza ante mi filia a las primeras citas. También extrañaba la terapia.


Decidí enfrentar mis problemas cara a cara, pero cambiándome el nombre y la identidad. Le jugaría una primera cita más a Daniela Mendoza, y saldría airado y sin pagar.


Le marqué, me presenté con otro nombre y me invité una situación económicamente más desfavorecida y llena de conflictos para que me atendiera con premura. Al principio se negó, argumentando su apretada agenda, pero luego accedió. Programó la cita para el viernes a medio día, el horario ideal.


Comencé a contarle a la doctora Mendoza lo mucho que me atormentaba no tener sexo, y la molestia que implicaba las visitas sexuales de mi compañero de habitación. La doctora soltó una sonora, molesta e irónica carcajada. La miré de inmediato con severidad, fue cuando la vi mejor; su sonrisa era espléndida, sensual y dulce al mismo tiempo, pese a la perversidad que ésta albergaba. Al principio me molesté, pero no pude dejar de ver con asombro que ella me veía con la sonrisa sostenida. Inclinó un poco la cabeza, sin dejar de verme y sonreír. Era hermosa, elegante y sencilla, sus manos eran finas y delgadas, sentí un dolor inmenso en la boca del estómago al saberme descubierto de nueva cuenta, pero de forma distinta y extrañamente, no me sentí despreciado, todo lo contrario. Daniela Mendoza me había flechado por completo. Cuando traté de hablar, inmediatamente me calló saltando sobre mí, dándome un beso que me supo a dulce de uva; sostenía mi rostro con sus delicadas manos, acariciando mi barba y rodeando mi cuello. Me excité de inmediato, pero cuando estaba dispuesto a tocarla se separó de mí para decirme que la sesión había concluido. Casi me corrió.


Lo había hecho de nuevo, la doctora Mendoza Robina (como decía su tarjeta) volvía a romperme el esquema de mi adicción. Intenté con otros doctores, pero no dejaba de pensar en Daniela, la mujer cruel y delicada vuelta psicóloga.  


Le marqué, fui a su consultorio, me cambié el nombre, pero nada. Daniela Mendoza se había perdido en la ciudad. Me sentía pésimo, y comencé a presentar un cuadro de depresión leve, en el que ya no iba a mi trabajo ni me bañaba en las mañanas. Fue entonces que decidí ir a terapia con el doctor Zurita, un psicoterapeuta tranquilo y claro que hizo que decidiera zampar mis problemas y entenderlos con mayor entendimiento. De entrada comencé a ir con regularidad con la misma persona; era la primera vez que iba con regularidad a terapia. Al principio me sentí desprovisto de esa emoción que tenía con las primeras citas, y no me sentía mejor, sino cada vez más abrumado. Pero un día, sin más, decidí levantarme, bañarme y recuperar mi trabajo. Opté por contarle todas mis fechorías al doctor Zurita, cada detalle de la adicción que venía arrastrando por años.


Se lo conté todo, sin dejar un ápice de duda, estaba hecho un manojo de nervios; hasta entonces me había percatado lo mucho que me afectaba no tener primeras citas y pensar constantemente en Mendoza. Fue cuando Zurita comentó, después de un carraspeo, que había un café al que iba con sus colegas, no muy lejos de ahí. Pretenciosamente se llamaba Psicólogos Café, y tanto él como algunos de sus colegas iban una vez al mes a platicar lo mucho que les afectaban las experiencias de los pacientes, se recomendaban psicólogos entre ellos mismos y se ayudaban a entender mejor su profesión.


“No es el único que presenta este tipo de problema. Hay algunos doctores que son amantes de dar terapia, sobre todo disfrutan las primeras citas. Se cambian de personalidad y escogen muy bien a sus pacientes. No es lo más ético, pero para serte sincero es algo que se da con regularidad entre los psicólogos”.


Era ella. La levanté con fuerza y le planté un beso desquiciado, le arranqué su barba, sentí las fajas que llevaba debajo de la camisa y el pantalón. Me empujó con violencia diciendo no. Le dije que estaba enamorado, que ella me había sacado de mis casillas, que necesitaba verla, que no me importaba que fuera como yo. Ella volvió a verme con ese brillo que ahora recordaba desde la primera cita, me sentía como en la primera cita. Me tomó el rostro entre sus manos que explicaban las cosas con pausa y me plantó un beso delicado en la comisura de los labios. Dijo que tendría que buscar otro doctor.


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Tuesday, July 31, 2012




Días

Mira, éste es el tipo de textos que no me gustan nada. No dice cosa alguna, parecen diario electrónico, las bitácoras personales. Puros párrafos sueltos. ¡Cuánta vanidad la de este cabrón que cree que todo lo que escribe debe ser leído! Además se considera escritor, filósofo azotado incomprendido que merece ser descubierto. Qué hueva me da.

Hace un par de días escribí un texto y uno de mis mejores amigos dijo que estaba creciendo, que me sentía más maduro. Puede ser, pero no necesariamente. Tengo más tiempo libre para escribir y fijarme cómo lo hago, tal vez antes tenía más pero estaba recolectando material, viviendo, para escribir algún día como en realidad busco. Parcialidades. Subjetividades. A veces no vives gran cosa, los días se parecen mucho entre sí, no pasa gran cosa, y siempre es necesario dejar algo, siempre se percibe o aprende una nueva cosa que nos mueve de lugar, a veces ese algo es muy luminoso y no cabe en el pecho, otras es muy doloroso y resulta penoso escribirlo. Escribir es un disfrute pero también un suplicio, siempre. Como vivir.


Hay días en los que leo demasiado y termino rápido los libros, otros no puedo si quiera leer una línea de aquellos textos que me gustan, pasan semanas sin que tome una novela o un libro de ensayos. En cambio, me empapo de información financiera, columnas, reportajes, notas. Muchas notas. Llego a casa, escribo, tomo mucho café y fumo. También escucho muchos discos, vinyles, la mayoría archivos digitales, y desde que vivo solo repaso mucho mis viejos discos; algunos tenía años sin oírlos, y me viene bien porque la memoria se activa, todo el tiempo me enfrento con mi pasado, los pasajes adquieren otro color, las cosas me dicen otras nuevas. Siempre pasa.


Hay días en los que no estoy como para hacerle al ganso, ya no me acuerdo de los chistes, estar frente a una computadora leyendo información a veces me provoca mal humor y hermetismo, las chicas que trabajan conmigo siempre sacan algo, y el día se salva. Pero hay días en los que recuerdo de más, repaso aquello bello que ya no está y lo adverso que marcó definitivamente. No hay amor en el diario de hoy, dice la rola aquella que no me gusta.


Hace tiempo que ando en bicicleta, soy imprudente y he tenido caídas considerables, pero es fenomenal prescindir del transporte público la mayor parte del tiempo posible. También hago más ejercicio de lo habitual, y ayuda al humor y a la soledad, pero se está muy agotado casi todo el tiempo.
‎"Escribir pese a todo, pese a la desesperación." Marguerite Duras.


El clima político y social, la manera de expresarse de mis contemporáneos en las redes ha hecho que pierda la poquita luz que tenía de esperanzas. Los ideales son bien egoístas y personales, se hace lo que se considera está bien para uno. Con eso debería bastar. El bien común siempre lo opacan quienes quieren reflector. El escritor es un poco así, pero los que quedan son los que no quieren, no saben o no pueden vivir de otra manera que escribiendo. Y escribir es un poco tocar el piano con el público a espaldas, es alejarse de aquello que se vive para ponerlo en un lugar especial pese a lo que se diga o piense de uno.


Y todos esos lugares comunes, que son uno de los pocos lugares habitables. El cliché de sí mismo. Pero se es más uno, pese a la arrogancia y vanidad, pese a lo pobre del vocabulario y lo limitado de las ideas. Disciplina, feelling, tiempo, espasmos en el pecho que impiden dormir, recuerdos a media noche que revocan lo autoimpuesto, traición personal, sabotaje automático. A veces es raro dormir en silencio, tal vez por eso ponga uno para dormir.


Desde hace tiempo se está muriendo gente a mi alrededor, también otros comienzan a tener bebés. Y la realidad adquiere otro color. Muchos museos, muchos lugares nuevos para comer, pobres, ricos. Mucho extrañar a un par de personas. El mezcal se puso de moda y la peda psicotrópica es fenomenal.
Hace tiempo toco con el Mao y el Tio, la Bilis Negra nos llamamos, y cada vez es mejor la experimentación oscura, Mao quiere ser Fennesz o Alva Noto, el Tío toca como baterista tropical, y yo le hago a la mamada con bichos del kaosspad.


A veces el tiempo parece otro, más corto, más especial. A veces vez como en ojo de pez, como si tuvieras una lupa con la que acentúas todo lo que percibes. Es maravilloso, triste y maravilloso al mismo tiempo. Los libros, los discos, las charlas en redes y las comidas, el cine, los conciertos, el trabajo, el amor que flota y no sale, las goteras en el techo, las noches interminables de delicioso café y acetatos. La lectura en voz alta de poemas, Butacha Ancha, El Financiero, Render Magazine, mi blog, mi podcast, afterpop, Freim!, subir, bajar, pedalear, soñar, enojarse y mucho y ser feliz. Días en los que pasa de todo tan rápido que pareciera que no pasa nada. Uno espera el gran suceso cuando ya está ahí, devorándonos.



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Wednesday, July 18, 2012




Orlando Salvaje

Ricardo Pineda

Un fracaso más. Reprobada, otra vez. Adiós maestría y adiós beca. Una mala pasada del destino. Contra todos los pronósticos y esfuerzos, Miroslava Tovalín no se había quedado en su último intento por hacer lo único que le gustaba: estudiar e investigar. Las noches de desvelo y cansancio, sumadas a la loza sobre la cabeza que implicaba quedar fuera de la beca y la maestría, provocó en Miroslava un colapso que terminó por desmayarla. La llevaron al hospital el mismo día que llevaron a mi mamá por problemas en el hígado.


Cuando mi madre y yo nos dejamos de ver, ella me regaló una veintena de libros, con la esperanza de que terminara de leer uno por fin en toda mi vida. No se me daban; en realidad, desde pequeño había tenido problemas con todo lo que tuviera que ver con cualquier actividad que requiriera más de diez minutos de mi atención, incluyendo conversaciones, películas, y especialmente libros.


Pero me agradaban algunos. Mi mamá siempre ha tenido el mejor gusto para las historias. Había que velar en la clínica, y decidí que era un buen momento para tomar uno de los textos que me regaló. Escogí una novela corta que se llama Orlando Salvaje, ahora no recuerdo el autor, que trataba sobre un niño del sur de Estados Unidos en la década de los cuarenta, su encuentro a temprana edad con el alcohol y su extraña comunicación con los indios. Lo había comenzado a leer hacía unas semanas, y si bien no me había enganchado del todo, sí me llamó mucho la atención lo entretenidas que me resultaban las aventuras del protagonista.


Cuando llegué a la clínica, dijeron que mi madre estaba estable y que la operación había resultado mejor de lo que esperaban. Me sentí aliviado. Pasé a ver a mi madre a su habitación, lucía cansada y de mal humor. Me dijo que le dolía la espalda de estar en una sola posición tanto tiempo, y que tenía ganas de comida de verdad. Me partió por dentro verla pasarla mal por no tener algún bocado de lo que más le gustaba: la comida.


A la noche siguiente le llevé a mi madre un pedazo de queso del rancho de mis abuelos de contrabando. Soltó un pequeño gemido de placer mientras movía los bigotes. Me sonrió. Alzó las cejas con gusto al ver sobre la mesita del teléfono el libro que me había regalado del autor que aún no recuerdo: Orlando Salvaje. Me dijo que era un texto acerca de mí, me tomó la mano y dijo lentamente que el personaje era todo un “Pancho López”. Igual, que yo, según ella.


Esa noche casi concluí por completo Orlando Salvaje. Me faltaban pocas páginas, que pese al cansancio pude finalizar a la noche siguiente. Me gustó mucho el cierre de aquella novela.


Ya estaba, había terminado por fin, a los veintiséis años, mi primer libro. Y no hubo fanfarrias alrededor, sólo una extrañas ganas, inmensas, de leer otro texto. Tomé Desayuno en Tiffany´s de Capote, y seguí leyendo por las noches mientras velaba a mi madre. No me gustó tanto y me costó más trabajo que Orlando Salvaje, pero tenía su encanto. Había ahí un humor ácido que me seducía, pero también era que me gustaba la ida de tocar y leer las mismas cosas que mi madre.


Al poco tiempo, mi madre empeoró y las cosas comenzaron a complicarse más, aletargando las noches de vela, los conflictos en el trabajo, los problemas económicos y la suciedad en mi departamento. Entonces comencé a pasar más tiempo en la clínica. Era una suerte de refugio perfecto para evadir mis problemas. Fue entonces que comencé a leer a Rulfo, y la muerte se hizo presente en el ambiente viciado con vitaminas  y café de los pasillos de la clínica, de una forma gris, azul, “como una tormenta de polvo negro”.


Los ánimos en torno a la salud de mi madre eran muy bajos y la angustia estaba más presente que nunca. Comencé a perder la noción del tiempo y metí un permiso especial para estar de tiempo completo en la clínica sin arriesgar demasiado mi empleo. Dormía de día y pasaba las noches leyendo en los pasillos de la clínica, de pie, hincado; sentado en el sofá azul de la sala de espera. Tenía la sensación de que también perdía la noción de espacio y realidad, fue entonces que la aparición de Miroslava Tovalín, abrupta y al lado mío en la sala, cerca de las tres de la madrugada, me pareció de entrada un acontecimiento espectral.


Miroslava traía puesta una bata blanca, era un paciente y no un fantasma, menos mal. Me sonreía de forma psicótica pero a la vez curiosa y tierna. Miroslava era muy hermosa y parecía de un nivel socioeconómico mayor al mío. Nos quedamos viendo sin decir palabra por cerca de dos minutos. Me preguntó mi nombre, parecía de mi edad también, me contó su historia y también su curiosidad por saber qué estaba leyendo. Le enseñé el texto de Rulfo, a lo que ella me dijo que no lo había leído, pero que seguro debía ser un muy buen texto como para dejar olvidada "la joya". Era Orlando Salvaje, lo había dejado en la sala de la clínica y Miroslava lo había tomado. Pregunté si le había agradado. “Me gusta que el personaje siempre tiene una actitud espontánea e inconscientemente valiente ante cada dificultad que se le presenta. Ya lo había leído antes, pero me vino como un milagro ahora que he estado internada. Mañana me dan de alta y me he levantado para devolverlo”. De repente sentí frío.


Caí en la cuenta de que llevaba meses sin conversar con alguien, tal vez por eso mi reciente gusto voraz adquirido hacia la lectura. Me vino bien conversar de vez en cuando con Miroslava, quien me dejó su dirección al partir de la clínica. Decidí ir a visitarla y seguir nuestra charla que incluía rechazos en la vida, nubarrones y mucha gente enferma. Nuestras historias eran similares, y por primera vez en mucho tiempo sentí una identificación de consideración con alguien. Pensé que me estaba enamorando, pero luego pensé que tenía simplemente una nueva y verdadera amiga, de a poco. Yo no tenía planes futuros inmediatos y Miroslava regresaría a contra de su voluntad a trabajar vendiendo seguros. Estaba de mal humor.


Sin embargo, la relación con Miroslava fuera de la clínica fue un tanto diferente. Había un cambio. Pese a que la charla amena y el interés seguían ahí, Miroslava se reveló ante mí con una personalidad más hosca, seca, un tanto distinta. Su historia personal -llena de muerte, dolor y sacrificio- no tenía nada que pedirle a mi precaria circunstancia envuelta en angustia ante la salud de mi madre, mi ignorancia y parsimonia para con la vida. No había tiempo en Miroslava para las blandenguerías y cursilerías del decaimiento sentimental. Un día, tal vez con un poco de fastidio y cansancio, Miroslava aseguró que yo era del tipo de personas a las que les gustaba que les estuvieran diciendo todo el tiempo que los querían y admiraban. Pensé que tenía razón.


Por esos días comencé a releer Orlando Salvaje; ahora tenía otra tónica, y poco a poco la vida de hampón de Orlando comenzó a tener un sentido distinto en mi cabeza, cobraba coherencia; era una especie de respuesta ante el dolor y las inclemencias de su destino. Yo no pensaba en convertirme en criminal, aunque sí comenzaba a tener más de una necesidad apremiante en el terreno monetario. Le dije a Miroslava un día en broma que debimos haber sido criminales e irnos a robar turistas a Cancún. Ella no río y me vio con un tanto de molesta incredulidad. Pero dijo que no era tan mala idea después de todo. Esa noche, Miroslava me dio un beso y luego me empujó y sacó de su casa, probablemente de su vida, pensé por el tono decidido. Curiosamente seguía sin enamorarme por completo, aunque el beso había despertado todo mi potencial sexual olvidado en la pubertad.


No había podido pegar la pestaña en dos días; mi madre había empeorado y tuvieron que ponerle morfina para aliviar un poco el dolor. Sudaba y comenzaba a tener atisbos de delirio. Era triste toparse con esa escena cada día. Cada vez más evidente. Una noche, leyendo, los quejidos de mi madre me detuvieron de la lectura. Desde su cuarto en la clínica, mi madre preguntó por el libro que estaba leyendo. Era Camus. Sonrió. Siempre recordaré a mi madre con una sonrisa enorme y sus gafas a media nariz leyendo un libro gordo, con portada roja de piel y letras doradas. Mi madre destilaba un halo dorado cuando leía.


Me preguntó si me había gustado Orlando Salvaje, y que qué pasaje interesó más. Le conté a detalle, con la voz temblorosa de ambos, con el frío que se colaba por los pasillos y el vaho eterno de boca a boca. Me dijo que debería viajar y salir más. Luego se durmió.


Mi madre me había dejado un libro de poemas de José Watanabe de regalo. Lo tomé, cobijé su cuerpo con la sábana fría, azul y delgada de la clínica. Al bajar las escaleras del edificio me encontré sorpresivamente con Miroslava, vestía un pantalón de mezclilla gris, entallado, que hacía lucir sus flacas y hermosas piernas, tenía una camisa hawaiana de manga corta y un chaleco café de piel, que hacían juego con sus largas botas, que llegaban más allá de sus rodillas. Llevaba puesto también un sombrero redondo de ala ancha, igual de piel. Me dijo que prefería el norte, vio al suelo por unos segundos, y luego me vio a los ojos. Me sonrió. En su sonrisa me pareció que había un libro, una historia en común por leer: tal vez los ojos negros y salvajes de Orlando. 










 Hay cosas que me mantienen buscando un corazón de oro...Y me estoy haciendo viejo. Ésta es una de ellas.




 





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Sunday, July 08, 2012



1998

Ricardo Pineda

En ocasiones tengo muchos conflictos con los números, los sobreinterpreto y les doy un valor. En los años de los discos, por ejemplo. Algunas veces hay factores externos que hacen que cuando alguien me mencionan un disco, digamos uno de 1970 de Neil Young pueda sonarme más actual y fresco que cuando me mencionan uno de The White Stripes de 2004. A veces la combinación de ciertas cifras tiene un significado distinto para mí en comparación a otra. Y también otro color.

Cuando era pequeño, los números tenían un color para mí. Por ejemplo el tres o el siete eran verdes, el uno era amarillo y el cuatro café, y así sucesivamente. No ha sido difícil encontrarme con gente parecida a mí en este sentido: que cuenta sus pasos mientras atraviesa un puente, calculando en cuál uno podría morir atropellado si atravesara por debajo, o que marca y memoriza el número de vagón en el que viaja, con la esperanza de que uno vuelva a subir en él.

Evelyn era una chica que soñaba con números como yo, y que se fascinó también al darse cuenta de que el 136 era un número especial para ambos. Era siete años más chica que yo pero sabía mucho de números. Sin embargo, los suyos no tenían el mismo color que los míos, y el 15 de octubre de 1998 no fue el mismo para ambos, quizás a ella le pareció demasiado viejo para lo que vendría después. Habíamos viajado al desierto para festejar nuestro tercer año como novios. Una ridiculez romántica porque a ninguno de los dos nos gustaban las celebraciones ni el calor insoportable del desierto. Sin embargo éramos grandes entusiastas de conocer cosas nuevas y arriesgar experiencias. Pero la verdad era que desde la planeación todo había sido un desastre: escoger el lugar, la fecha y los días que nos quedaríamos en el desierto había sido toda una monserga. Habíamos hecho el viaje para ver qué rescatábamos de aquella atropellada e intensa relación.

Sólo había desiertos y grandes montañas por recorrer. Desde la primera noche que llegamos, el calor nos recibió con hostilidad y sacó nuestros humores al tope de su acidez. Evelyn se veía elegante siempre, hasta con el trapo más insignificante, su rostro joven y desparpajado iluminaba su entorno aún de día, y siempre tenía el semblante concentrado, perdido, ensimismado en contar las hojas amarillas del árbol que estaban sobre la tierra o los pasos que dábamos uno detrás del otro sin emitir palabra alguna.

Evelyn había cambiado, y a mí el tres aún me parecía verde. Lo llegué a intuir pero preferí nunca hablar del tema. Me di cuenta hacía unos meses antes del viaje, cuando llegó el fin de quincena y las cuentas no me salieron. El dinero se había esfumado en baratijas y no nos alcanzaba para comer copiosamente como siempre lo hacíamos.  A Evelyn no pareció importarle demasiado, miraba la televisión abandonada, parecía que ya no contaba autos amarillos de distinto modelo en su cabeza como antes. Me era casi imposible pensar que habían dejado de importarle los números. Por eso debí haber cancelado el viaje, cuando le vi su rostro poco convencido y la aceptación a regañadientes de su parte.

Pero ahí estábamos, viviendo cifras a destiempo y caminando en medio de la noche, escuchando ladrar a los perros bajo el claro portentoso de la luna que bañaba el inmenso y despejado desierto. Ella intentó animar el viaje preguntando si había razas de perros parecidas a número o cifras que nos recordaran a los perros. Tal vez el 142 pudiera ser un salchicha, le dije. El viento sopló con crueldad y seguimos caminando.

De pronto, conforme fuimos avanzando, el caminó comenzó a pronunciarse; todo era cuesta arriba y  yo sudaba con intensidad. Evelyn lucía hermosa y elegante por detrás también, parecía entera y sin cansancio, me aventajaba como por quince pasos, que luego fueron treinta y que posteriormente se perdieron interminablemente cuando pareció haber llegado a la cima. Su silueta era irreal, única, y desde lejos tapaba la luna, que estaba comenzando a amenazar con irse a dormir.

Cinco minutos después alcancé a Evelyn y justo ahí, los dos, compartimos el espectáculo que estaba a nuestros pies: un inmenso solar que más bien parecía un cráter de por los menos 200 años. Bajamos. Nos sentamos en una roca que se encontraba a escasos dos metros del centro y juntos callamos por cerca de tres horas, hasta que comenzó a amanecer. Ella tenía recargada su cabeza en mi hombro izquierda, de tanto en tanto volteaba a verla para cerciorarme de que seguía despierta. Sabía que se acercaba el final de ese viaje de siete días, y que faltaba sólo un par de meses para que 1998 terminara. La batería de mis Walkman estaban a un 25 por ciento y la cinta comenzaba a escucharse escurrida y con un volumen más bajo.

A un volumen más bajo escuché los latidos de Evelyn, tranquilos y acompasados; iban a un ritmo más lento que los míos. Voltee a verla, como escuchando un grito atorado que me llamaba en medio de la oscuridad. Sus ojos estaban húmedos pero mantenía su sonrisa discreta y mirada sosegada y tierna. Me volteó a ver y me enseñó su reloj de calculadora. Los números estaban locos, parecía que el cronómetro había sido activado, que estaba descompuesto ya que las cifras avanzaban hacia adelante y hacia atrás, sin ningún patrón numérico aparente. Comencé a sentir también una asfixia, que Evelyn había percibido con antelación, como siempre. Me faltaba el aire, el viento era seco y la atmósfera se había detenido en ese cráter imposible. De años. Evelyn se paró y partió rumbo a la ciudad. Yo la alcancé minutos después. Y para mí, diciembre se adelantó un par de meses.

Años después se dejaron de usar los Walkman y los relojes de calculadora, el tiempo se aceleró notablemente en las ciudades del mundo y yo nunca volví a ver a Evelyn. A veces, cuando espero en la fila del banco, contando los dígitos que son personas –cuántos, hombre, cuántos, mujer- presiento que Evelyn está delante de mí, dándome la espalda, sin contar el efectivo que va a depositar. Ella sabe siempre cuánto trae, las cuentas sí le salen a ella y sabe que el fin de las cosas no fue en 1998.


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