Tuesday, January 17, 2012


Steel


Ricardo Pineda


Los golpes eran fuertes y repetidos, ¿cuánto tiempo habían estado sonando antes de que Michelle se diera cuenta? Eran las tres de la madrugada y Norma no estaba en la cama. Michelle salió de la habitación y bajó lentamente por las escaleras, con miedo. Tal vez se habían metido a robar a la casa y Norma había bajado a enfrentarlos. Las piernas de Michelle comenzaron a paralizarse de miedo y frío, se llevó la palma de la mano a la boca para no dejar escapar su llanto, dejó caer de golpe su cuerpo en un escalón; contempló por primera vez la posibilidad de no ver nunca más a Norma, tal vez había muerto.


Se habían ido a dormir enojadas, el último año y medio sólo fueron pleitos, intrascendencias y celos. Norma no daba cabida a lo que Michelle le confesó esa noche, todo se vino abajo.


Norma Huazo y Michelle Tafolla se conocieron desde pequeñas, en el taller de estructuras metálicas, en la escuela secundaria, a Norma le salían muy bien las piezas sólidas y las soldaduras de gran potencia, realmente le gustaban los metales y fierros. Michelle era más detallista, se le daban más los acabados finos y las estructuras con estética. Desde el primer año hicieron buen equipo hasta el tercer año, obtuvieron siempre los primeros lugares en los concursos del taller, además fraguaron una amistad que siempre fue la envidia de todos. Prácticamente hacían todo juntas, incluso ir al baño; los chistes sobre sus preferencias sexuales siempre fue tema de mofa y conversación, especialmente entre las familias de ambas. Pero Norma siempre tuvo un novio, Fernando, quien era todo dulzura con ella desde segundo año, los tres salían a comer y al cine, eran tiempos en los que sólo había radio y piezas metálicas. Eran felices.


Luego vino el bachillerato, y para el segundo año Norma estaba un poco cansada de que Michelle fuera a todos lados con ella y su novio, quien también alucinaba a Michelle. Norma dejó las estructuras metálicas y descubrió el sexo con Fernando, comenzó a mentirle a Michelle sobre sus salidas. Un día, Michelle llegó a casa de Norma, quien le había dicho que saldría a Cuernavaca con su familia. Efectivamente no estaba el carro de su papá y las luces estaban apagadas. Michelle saltó la pequeña barda y fue a la parte trasera de la casa, donde estaba la habitación de Norma. Como lo imaginaba, ahí estaba norma, montada en Fernando, jadeaba con gran placer y soltaba pequeños gemidos a intervalos, su hermosa y delgada espalda se arqueaba con gran ritmo y flexibilidad. El espectáculo intrusivo comenzó a erotizar a Michelle, sintió un calor indescriptible en sus mejillas y los senos le dolían un poco.


Esa tarde Michelle salió corriendo rumbo a la biblioteca de la escuela, a leer y hacer pequeñas fichas con apuntes, al día siguiente también fue, y al otro también, los libros especializados se convirtieron en el refugio ideal, por años.


Norma dejó de ver a Michelle de a poco, de repente salían a comer, platicaban intrascendencias, Norma seguía su relación con Fernando, y Michelle se inventaba una vida llena de novios guapos y apuestos que eran lo contrario a lo que Norma padecía de su pareja. Michelle se matriculó en la ingeniería metalúrgica y en sus ratos libres tomaba cursos de teología o iba a la biblioteca a leer.


Cerca del último semestre de la carrera, cerca de media noche, Michelle estaba leyendo en su departamento, tenía examen final al día siguiente. El timbre sonó abruptamente y en repetidas ocasiones, en intervalos cortos, Michelle se levantó de golpe de la cama y tomó un mazo de metal que Norma le había regalado cuando salieron de la secundaria. El mayor miedo de Norma era terminar con el cuerpo inerte y ensangrentado entre las sábanas de su cama. Miró por el pequeño orificio de la puerta, era Norma, estaba empapada y llorando. Sin bajar el mazo le abrió la puerta a Michelle; se abrazaron y lloraron juntas, Michelle también aunque aún no sabía qué le sucedía a su mejor amiga. Era la mentira, también Norma había construido frente a Michelle una relación de ensueño que nada se parecía con la realidad, su novio siempre había tenido otra pareja, a la que amaba, argumentaba viajes y salidas durante su adolescencia, para después revelarle la verdad sin dejarla ir. Fernando la amedrentaba psicológicamente con frecuencia, le gritaba, la violentaba constantemente en la cama y pasaba frente a ella con su novia sin que Norma pudiera hacer nada: tenía mucho miedo. Esa noche, Fernando lloró por su novia en el pecho de Norma, quien no pudo más y salió corriendo de la casa de él, no tenía más a dónde ir. El celular sonó toda la noche.


Michelle le preparó café a Norma, alistó el baño y le quitó el abrigo, volvió a abrazar el frágil y tembloroso cuerpo de Norma, con sus brazos intentaba quitarle el miedo que la estaba destruyendo de a poco. El celular seguía sonado. Lo apagaron. Platicaron toda la noche de Fernando, Michelle escuchaba pacientemente y hacía pequeños comentarios en apoyo a su amiga. Michelle le dijo “tengo algo para ti, lo estuve guardando para una ocasión especial”. Era un collar que ella había hecho en metal, de lejos parecía un cristal muy fino, resplandecía, tenía un pequeño dije en forma de corazón con la palabra steel en el centro. La mirada de Norma se concentró en la palabra, lo vio detenidamente en silencio por cerca de media hora, era hermoso.


De súbito, Norma tuvo una sensación extraña, tuvo el presentimiento de que algo malo iba a sucederle, una especie de macabra premonición, sin embargo no dijo nada, sólo comentó el origen de la palabra steel en su dije. Michelle le explicó que steel era metal, lo que las unía de toda la vida, también era still (todavía) y steal (robar). A Norma le conmovió mucho el regalo, se lo colgó en el cuello inmediatamente, y aún con lágrimas en sus ojos le dijo a Michelle: “nunca me lo voy a quitar”, y la besó con una intensidad de la cual Michelle no tenía referente alguno.


Desde esa noche las cosas cambiaron radicalmente en la vida de ambas. El amor, el placer y los metales amarraron una relación de pasión que parecía intensificarse con el paso de los meses, que luego se convirtieron en años, y luego en una especie de amor muy atípica, que Norma expresaba de forma atípica.


Al principio sus familias no aceptaron la relación, sus amigos las aceptaron enseguida puesto que era algo que parecía que sólo Norma no había percatado. Vivieron un simulacro de felicidad que duró años. Con el tiempo, Michelle perfeccionó sus piezas de metal y comenzó a vender bisutería para tiendas exclusivas. Norma se la pasaba en casa, viendo películas y haciendo comida deliciosa para Michelle, Fernando dejó de buscarla con el paso de los meses tras aquella noche, y entonces las cosas dejaron de suceder; Norma vivía enteramente en cuerpo y alma a Michelle, nunca nadie había sido tan linda y generosa como ella hacia su persona, se sentía contenta porque alguien la quería con intensidad, pero a veces, cada noche, Norma sentía un miedo terrible, y veía el reflejo de su dije en el espejo, seguía siendo hermoso, y con el paso de los años no había perdido ni un ápice de su resplandor.


Hace poco, ambas salieron de fiesta a un bar cerca de la Alameda, Norma bebió demasiado. Michelle la abrazaba con fuerza para que Norma no cayera, Michelle decidió marcharse para no seguir haciendo escenas ante sus amigos, le costó mucho trabajo meter a Norma en el taxi, era su primera borrachera en más de seis años, estaba muy impertinente y le gritaba e insultaba a Michelle, le recriminaba que ella nunca había hecho nada por ella. A Michelle le estallaban las venas de la cabeza sólo de escuchar a Norma, “¿a no?, ¿nó? Lo he hecho todo, te he dado todo, no tienes ni idea. ¿Qué necesitas, qué quieres? Te lo doy”, le dijo Michelle. “Llévame a casa de Fernando, lo necesito”.


Michelle le dio instrucciones al taxista y le dijo a Norma: “ok, pero sólo de lejos”. El taxi daba muchas vueltas, no era un sitio fácil para llegar, la cabeza de Norma también daba muchas vueltas; había algo en la oscuridad de la noche que le hacía sentir bien, tal vez era el aire que necesitaba, pero algo más estaba fresco en su cuerpo esa noche, era su pecho, estaba frío y potente, duro como una armadura, una estructura que podía con todo. Entonces esa solidez se vino abajo, vio la luz encendida del estudio de Fernando, aún vivía ahí, el taxi se detuvo y Michelle la abrazaba con fuerza y desesperación.


Norma sintió un abismo terrible en la boca de su estómago, una sensación que le acalambró el cuerpo y llegó hasta sus párpados, se concentró en su pecho y derritió todo el metal existente; la estructura se derrumbó, y tuvo una ensoñación hermosa, su cuerpo segregaba por dentro una especie de veneno que le fascinaba, que le llenaba de miedo, disfruta cada gota que derramaba por sus mejillas, recordaba en silencio con cariño y dulzura las caricias de Fernando, pese al dolor y el metal, pese a Michelle y el resto de las cosas “importantes” en su vida. “Una terrible tranquilidad”, pensó.


Michelle soltó a Norma y se llevó los dedos de la mano izquierda a la boca, los mordió con fuerza hasta que el índice sangró, le indicó al taxista el regreso a casa. Entraron al departamento en silencio, como si alguien las fuera a escuchar. Subieron por las escaleras una detrás de la otra, igualando los pasos. Entraron en la habitación y se desvistieron de espaldas hacia la otra, de extremo a extremo de la cama. De forma ritual, ambas se voltearon y al mismo tiempo quitaron la cobija de la cama, voltearon en paralelo como si fueran máquinas; primero la pierna izquierda de Norma y luego la derecha de Michelle, unieron sus cuerpos, Michelle acercó la cintura de Norma. Norma le sonrió, “te amo, he sido una pendeja hoy”, le dijo a Michelle, quien de inmediato cayó a Norma con un beso lento y dulce, que de a poco se fue transformando en beso apasionado, y luego en mordida violenta.


Norma comenzó a sentir dolor y trató de quitarse el cuerpo de Michelle de encima. Michelle la sujetó con violencia y montó el cuerpo de Norma, que temblaba de terror. Michelle comenzó a lamer con fuerza y malicia el cuerpo de Norma, le quitó la ropa íntima y le mordió sus senos con tosquedad hasta dibujarle un par de moretones en cada uno, Michelle rugía, como una máquina, jadeaba como un motor mientras le repetía a Norma al oído: “eres una pendeja, eso es lo que eres”. Norma lloraba y le contestaba a Michelle: “te amo”. Aquello habrá durado cerca de dos horas, que fueron eternas para Norma. Michelle cayó dormida sobre el cuerpo de Norma, a quien le costaba respirar.


Michelle estaba soñando que martillaba los ojos de Fernando, quien yacía con la cabeza despedazada en el piso. Se despertó sudando, con un miedo espantoso en su espalda, los golpes estaban ahí, se habían escapado de su sueño para hacerle pasar una pesadilla de verdad, vio sangre en la cama, y el collar del dije estaba en el suelo, roto. Michelle tuvo la peor de las premoniciones, pero se quiso convencer de que alguien se había metido a robar al departamento.


Ahí estaba de nuevo, sentada en un escalón, mordiéndose el dedo índice con fuerza hasta sacarle sangre. El sabor salino en su paladar le gustaba, le hacía sentir que aquello no estaba pasando en realidad, le llenaba, pero sabía que tarde o temprano tenía que bajar para ver de dónde provenía ese martilleo metálico.


Michelle se incorporó y bajó las escaleras, se dirigió a la cocina, de donde provenía aquel molesto sonido. Era Norma, estaba de rodillas con la cabeza gacha, desnuda, golpeaba con fuerza el dije que Michelle le había regalado; estaba ahí, hecho una pequeña hoja de lata, el mármol del piso estaba destrozado y Norma golpeaba en torpes direcciones sin atinar al corazón que ahora era una vulgar hoja de lata. Michelle corrió para quitarle el martillo a Norma, Norma la empujó y volteó su rostro en dirección a la respiración de Michelle. Michelle quedó aterrada: Norma se había hecho daño en sus ojos, sangraban y no podía ver, Michelle quedó petrificada, el silencio se hizo una eternidad y las dos jadeaban en síncopa. Norma bajó el martillo, que hasta ahora había permanecido amenazante en el aire, suspendido en la débil oscuridad de la cocina, cortando el aire. Robando el aire. Una voz casi imperceptible destrozó el silencio: “Te amo, y eso todavía lo tienes Michelle”. Se había acabado.          
  
   



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Yo anduve con Maya de Caló


Ricardo Pineda


Prejuicios y clichés. Sabes que algo no anda bien en tu edad cuando empiezas a acudir más a las bodas de tus amigos y familiares, según Miguel es como si te regocijaras por su distanciamiento. Hay algo de lúgubre y macabro en todo ese ritual anquilosado y de trámite. Por lo regular, cuando uno de nuestros amigos se casa es todo menos un motivo de regocijo. Don Salvador Ortuño, quien en algún momento fuera “Chava” para los cuates, antes de que se casara, nos dijo que teníamos esa percepción porque éramos unos individuos a los que el matrimonio nos venía como una amenaza de compromiso real y que era meramente generacional. Podía ser.


Poco antes de que lleguen los treinta, las bodas suceden una tras otra, con mayor frecuencia, tienes que comprar otro traje y las bodas son acontecimientos de lo más raros: se casan las personas que nunca pensaste que lo harían, tienen hijos al por mayor, y muchos se separan a los pocos meses o un par de años después. Tú sólo ves cómo pasan por tus oídos los conflictos e infidelidades, y cómo la personalidad de tus contemporáneos se derrumba con la frustración y el arrepentimiento de haber actuado de forma visceral. Aunque no a todos les va mal; hay quien sí vive feliz y les muestra a los demás que sí se puede llevar a cabo. Sólo te resta empinar el vaso grabado lleno de ron y coca después de decir salud, y claro, ahora tu bolsillo tiene que destinar una cantidad más representativa para las festividades que vienen con tales ceremonias.


Por eso la boda de Castorela no fue ninguna buena-nueva para nosotros, sus escasos “amigos” de la universidad y de toda la vida. Castorela más bien era un tipo gris, objeto de los albures y las bromas pesadas de los demás, pero era una persona de buenas intenciones y muy solidario, sólo estuvo ahí, como espectador de nuestras fiestas y conversaciones, siempre le dedicó su energía a Berenice, una chica de corte discreto, bonita sí, pero muy tímida y común. Solíamos conversar el hecho de que Castorela se había enamorado de la nada; la chica no hablaba, no sobresalía, no figuraba en las fiestas ni eventos de la escuela. Pero los vericuetos de la atracción suelen ser muy bizarros.


Después de la universidad, Castorela se alejó un poco más de todos nosotros, siguió dedicando su dinero, tiempo y esfuerzo a conquistar a Berenice, casi nadie trabajó en la contaduría, tampoco él, pero amasó una pequeña fortuna en un escaso periodo de tiempo, vendiendo gadgets y reparando computadoras; le fue muy bien. Y ahora, después de intentarlo por años, por fin se casaba con “La Bere”.


Tres noches antes de la boda hicimos una despedida de soltero para Castorela, más por compromiso y por el afán de expiar culpas por parte de algunos abusivos. Él, que no bebía, se ahogó en una cantidad industrial de alcohol esa noche, ni siquiera apreció a las chicas que llevaron para que bailaran. Esa noche parecía más una tertulia literaria de hombres cansados de oficina que una despedida de soltero viciosa y divertida. A las primeras copas, Castorela estaba que no cabía en sí mismo: soltaba bromas pesadas, recordaba las burlas de todos y a la menor provocación hablaba de sus pertenencias materiales, y lo mucho que le había costado obtenerlas, sólo lo estábamos aguantando, por los viejos tiempos.


En algún momento de la noche me levanté para ir al baño. Cuando regresé, Jorge estaba hablando en voz baja con Guillermo Díaz, otro conocido de la carrera. Con su vaso, Jorge me indicó que me integrara a la conversación. Ya alcoholizado, Jorge hablaba acerca de “la manía prenupcial”; sostenía la teoría de que previo al matrimonio, o en el noviazgo avanzado, uno llevaba a cabo una especie de manía para con la pareja, una práctica que consistía en “chingar”, joder un poco a la persona de forma casi inconsciente para reventar la relación y terminar como el villano. Un ejercicio de evasión, la fuga. Además se disfrutaba. Díaz refirió un par de anécdotas que iban desde el engaño y la mentira hasta los golpes o las perversiones sexuales llevadas a cabos por algunos conocidos.


Mi postura al respecto aún no estaba muy clara y la conversación me parecía francamente ociosa. Guillermo Díaz parecía abstraído y preocupado, pero estaba muy metido en la conversación, tenía la mirada entrecerrada por el alcohol y miraba como al horizonte, o al más allá. Abrió los ojos, parecía haber atrapado por fin la frase y el recuerdo adecuado, se despabiló e interrumpió el hasta entonces monólogo de Jorge.


Yo tuve muchas novias; me encantan las mujeres, su olor, su conversación, su temperamento. Todo. Yo hubiera preferido ser drogadicto, ratero, jugador. Pero no; mi vicio son las viejas, eso me pierde. No es falta de criterio como para no enamorarme de una o de la indicada, pero la verdad es que son maravillosas, y no son pocas las que han ocupado un lugar en mi vida. Pero siempre las chingo, como dice Jorge, siempre huyo por la puerta chica a la menor provocación para ir con otra a sabotearme de nueva cuenta. Es horrible: una droga.


Les robaba libros. Fue una cosa de la que no me percaté al principio, pero conforme cobraba consciencia del hecho, perfeccioné la técnica. Al principio, digamos con las dos o tres primeras, sólo fue una coincidencia: nos prestábamos libros y yo también terminaba dejando algunos. El primero fue en la preparatoria con uno de Poe que tenía mensajes de amor con pluma negra en su interior, luego fue Trainspotting de Welsh en Anagrama, del 99. Esas ediciones me gustaban mucho entonces.


Pero después, ya en la carrera, le pedí prestado uno de Cioran a  Nora, quien fue una chava que me pegó durísimo; me hizo como quiso. La edición era argentina y de lujo, sabía que le dolería perderlo, y sin remordimiento alguno se lo pedí prestado y a los dos días terminé la relación. Ella intentó a toda costa recuperar su libro, pero yo bloqueé toda comunicación.


Siempre me acompañó una sensación de culpa y orgullo, he peleado con eso cerca de veinte años. Y no puedo dejarlo, es más fuerte que yo.


Hubo una época en que lo hacía ya con saña: buscaba chicas que tuvieran una biblioteca personal lo suficientemente interesante. Luego refiné mi código de fechorías: sólo un libro por novia, propio, y que fuera acorde con la persona. Las encapsulaba en su propio texto y me las llevaba a casa. Me gustaría tener un librero lleno, miles, pero es imposible, cada vez es menos, me estoy volviendo solitario, viejo y aburrido. Bueno, al menos que ande con la propietaria de una librería o la directora de una biblioteca y me quede con un lote completo como le hicieron a Lulio.


Con los años me hice de una pequeña biblioteca personal que tenía desde ediciones raras autografiadas de Pacheco, Carver y Pau Auster, hasta un par de incunables, una primera edición de Onetti y hasta una edición rusa en piel de Chéjov.


Pero conforme se fue haciendo fácil eso de la robada, me daba igual que reclamaran por su libro, me fui saciando. Pero no del todo. Hasta que llegó Angie, una maestra de letras inglesas de una novia que tuve, quien estudiaba esa carrera. Angie no era bella, pero sí muy cautivadora; totalmente diferente a muchas mujeres con las que había andado, pero al mismo tiempo, de forma irónica y oscura, condensaba perfectamente lo que me gustaba de todas, además de tener un temperamento que me excitaba por completo: su aroma me provocaba dolor de estómago y testículos, y su sonrisa detonaba un sentimiento de ternura y empatía como ninguna otra.


Y como era de esperarse, era una mujer que no necesitaba pedir prestado libro alguno, cuando necesitaba algún ejemplar, lo compraba. Jamás me acercó a su librero y mis intentos fallidos sólo me obsesionaban más al respecto. Un día me metí a su casa sin avisar, fue cuando se enteró que me atraía demasiado y que nuestro recio acostón, que estaba por venir, nos traería la maldición. A mí, mejor dicho, la tía era una hechicera. Mi novia, que se convirtió en la piedra de Pellicer, nos odió por toda la eternidad.


Desde esa noche, hace dos años ya, no he podido robarme un solo libro, ni enamorarme de ninguna otra mujer. Vivo en abstención constante e insoportable, trato de seducir a empleadas en los restaurantes de comida rápida y me robo ediciones pequeñas y viejas en las librerías de viejo, imaginando cómo sería si leyeran a Watanabe, Machado o Yourcenar. Podría andar a escondidas con Ana Frank y Lolita, o bueno, el Marqués de Sade era divertido. Es patético, ya no tengo vida, parece una maldición prehispánica o algo así.


Guillermo Díaz estaba muy angustiado, contando su relato, con la misma mirada perdida de Castorela o de Don Salvador cuando escuchaban las palabras del padre.


De repente, todo fue interrumpido por los gritos de Castorela, que estaba a punto de pelearse con un invitado de la despedida, que por cierto no conocíamos varios. Castorela lo acusaba de faltarle al respeto a la chica que habían contratado para bailar. 


Castorela le gritaba en la cara al invitado y lo escupía. El invitado le dijo que era un “puto perdedor”. Castorela se enfureció y le dijo: “¿no sabes quién soy yo? No sabes, tú crees que esto es lo único que tengo, pero tú no sabes quién soy yo. Yo, tengo empresas en Saltillo y Cuernavaca, y me puedo orinar en tu refrigerador, pendejo, todos los días. Así como me ves de estúpido y te cagas de la risa, tú no sabes con quién anduve yo. ¿Sabes con quién anduve? Con Maya de Caló. 


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Tuesday, January 10, 2012


El polizonte


Ricardo Pineda


Enrique tiene un sueño recurrente: un hombre sobre un trampolín, dispuesto a saltar, los brazos extendidos hacia sus costados, una chispa. Un hombre en llamas; no salta. Enrique anda cansado últimamente, sus ojos se cierran por las tardes frente a la pantalla.


Enrique llegó a la ciudad un 23 de octubre, lo recuerdo bien porque era mi cumpleaños, y luego luego conectamos discos. A él le gustaban más los paisajes y colores, a mí el ruido y el grano reventado. Eso tiene diez años, ahora lo veo poco, nuestros horarios no coinciden.


El otro día lo vi en su motoneta, pasó casi suspendido en el aire, vive no muy lejos de mi casa y trabaja repartiendo pizzas y pasta en la colonia de al lado. También las prepara, y son las mejores que alguna vez haya probado. El otro día pasó a dejar una última pizza a mi departamento. Trajo sus nuevas adquisiciones sonoras; ahora muchos viniles y archivos comprimidos. Casi todo estaba más que excelente. Lucía afligido.



Me dijo que no soportaba su trabajo, tampoco podía dormir y cuando lo lograba soñaba lo mismo y despertaba con dolor de cabeza. La semana pasada se cayó de la motoneta, no le pasó nada. Pero desde entonces no podía dormir. Sus lágrimas caen de a poco mientras observa cómo gira el disco.  Me cuenta un chiste y los dos nos partimos de la risa.


Recomendé remedios y alternativas, estaba en eso. Después de reírnos estuvimos en silencio cerca de media hora. Abruptamente, Enrique soltó un largo suspiro y comenzó a contarme lo que le sucedió la semana pasada. 


Todo el día había estado aburrido, tenía sueño; sus ojeras profundas eran dos enormes rodajas de aceitunas negras, en medio los fijos en la masa de la pizza, como cobraba forma y quedaba perfectamente decorada con los ingredientes. Una buena pizza, que lleva su tiempo, tal vez más de media hora para su preparación. La pizza sale, y Enrique queda paralizado, viendo la pizza por minutos enteros, no piensa en ella, sus ojos se derriten con el calor y el queso. Cuando la paciencia del cliente llegó al máximo, la pizza había quedado como manjar y compra obligada para Enrique. Al final de la jornada todos tenían hambre, pero no comieron de aquello, prefirieron prepararse su propia comida. Dejó la pizza mediana de peperoni y aceitunas negras en el refrigerador.


Esa noche Enrique pudo dormir tranquilamente, tanto que al día siguiente llegó una hora tarde al trabajo. Su despedida era casi inminente. Llegó a preparar la salsa y a cortar verduras, limpió el pequeño local, se fumó un cigarro en la banqueta y recogió el excremento de un perro de raza que perseguía a su dueño. Por la tarde repartió un par de pedidos, los únicos del día. Cuando volvió al local sacó la pizza del refrigerador y se la comió casi toda. Algo le supo raro, pero todos los ingredientes estaban casi frescos y la masa no tenía nada. Quizás era que no había desayunado o el cigarro que se fumó lo que había dejado ese sabor desagradable en su paladar, muy amargo.


El día continuó y Enrique comenzó a tener mucho frío, pero afuera el sol estaba a tope. Pensó que estaba paranoico, prendió el estéreo y siguió arreglando cajas, metiendo cosas al horno, pagando cuentas y preparando más pizza. Se fue rápido en la motoneta, forzándola a su capacidad, pero siempre en la tierra. Era una burla que fuera muy rápido en ese armatoste noventero. Enrique mentía de a poco, sin que los demás se dieran cuenta. Y cuando te regala un disco te puede causar la muerte, una verdadera maldición sónica. Pero anoche trajo pizza, y estaba deliciosa. Cuando terminé me dijo con una sonrisa que le iluminaba el rostro “qué bueno que te gustó”, y se marchó.


Desde hace dos noches no he podido dormir. La noche anterior tuve un sueño: un hombre sobre un trampolín, dispuesto a saltar, los brazos extendidos hacia sus costados, una chispa. Un hombre en llamas. Salta, que la alberca se incendia. Llamaradas de agua sobre tus mejillas. Despierto. Dolor de cabeza. Y el plato aún sigue girando.


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Monday, December 26, 2011




2011. Libros, bicicletas y la muerte

Ricardo Pineda

Lo interesante del fin de año es que la mayoría, consciente o inconscientemente, hace una revisión de lo vivido, un repaso aparte de los que ya se hicieron a lo largo de éste. Se llegan a vivir demasiados instantes en un solo día, y a veces pasan semanas en constante monotonía y reflexión.

Platicas con amigos, vas a conciertos, lloraste, la partida de otros, murieron familiares, creces, dejas de divertirte igual, y mi amiga Mara me cuenta de la crisis de los treinta.

En lo personal cada año ha sido más bizarro al anterior, la cantidad de cosas que suceden sólo me pueden dar cuenta de la fragilidad de nuestra existencia y cómo conceptos como el amor, la originalidad, lo material y el trabajo pueden llegar a ser totalmente relativos frente a una eventualidad del tiempo o la probabilidad de los sucesos.

De pronto esta lógica de entablar relación con personas que otrora fueran ajenas a nosotros es fantástico, y muy triste cuando se van. Este año se fueron muchos con los que tenía algún vínculo y el mantra es el mismo: mantenerse en el camino, continuar la vida.

Este año me cambié de casa con uno de mis mejores amigos, y la experiencia es muy reconfortante: casi todas las noches platicamos, el videoclub está a tope, hay discusiones musicales, libros, muchos libros;, Celine, Tournier, Yeihya, Gonzalo Rojas, Carver, siempre Carver.

Hay arte y amor por todo el departamento, también una desazón y un constante aprendizaje. Nadie dijo que sería fácil. La Tisha y Rumango partieron a la playa a ser felices; lo son, Viri se ganó un premio de periodismo, y Aldo, Beto y toda la banda de Ecatepec sigue en lo suyo. Me da gusto.

Hace un par de meses murió un tío, un amigo “se quedó”, alguien especial emprendió la partida, herí, me hirieron, cambié de trabajo, fui a muchos conciertos, me desvele, leí textos, escribí otro tantos, economía, periodismo; música, siempre la música. Se movió demasiado, y George Harrison me dio una lección de vida a través de Scorsese.

Iba a verme con César para nuestro tradicional intercambio de libros, era de noche. Nos citamos en aquella pizzería a la que fuimos muchas veces cuando trabajábamos juntos en el DOF, el Mezzo Mezzo, la cuenta de ambos yo la calculo en más de 50 visitas, fácil, las pizzas siguen estando decentes. Recomiendo la fungi acompañada de una Duvel o un Sprite.

La conversación con César, como la mayoría de las veces, estuvo amena, inteligente y divertida. Emotiva y confidencial. Hablé acerca del documental de Harrison y de los planes, de la espiritualidad y de mi primer cuestionamiento serio en dejar de escribir. El broche vino con un cambio de perspectiva, un reacomodo de ideas y sentimientos, y la sorpresa de habernos regalado el mismo libro, y lo cagado de la expresión del dueño de la pizzería.

De regreso a mi casa, cerca de las dos de la madrugada, un auto se me cerró y me sacó de equilibrio, yo iba a toda velocidad y el choque con un carro estacionado fue inevitable. Me llevé con el rostro el retrovisor y caí de cadera, estrellas o flashazos es lo que se ve, y de regreso piensas en lo que pudo haber pasado y dejado de suceder. Le bajas, tienes que disminuir la velocidad. Una de las noches más raras de mi vida: mi cuerpo, pasada la media noche embarrado cerca de Eje 1, y la ciudad dormida. Mao curaba con cuidado y mi boca estaba partida e inflamada; moretones, cicatrices, dolor de cabeza, antibióticos, desinfectantes, gasas, desinflamatorios, llamadas por teléfono, visitas, pláticas, buenos deseos, apoyo; una ola de protección grande e invisible que me protege. La vida así de delgada, se siente enorme seguir vivo y se dejan un par de kilos en la recuperación.

Por lo demás, el trabajo augura más nervio y expectativa, pronto saldrá un podcast de recomendaciones musicales de quien esto escribe. Mi hermano será padre, yo tío y mis padres abuelos por primera vez, todo cambió, me alegra eso, pienso en el documental de Senna y en el de Harrison, tal vez haya que vivir lo más que se pueda, que el camino no se ve muy largo.

Estos días he terminado de leer un libro, de economía, estoy con uno de tecnocultura, comí ensalada griega  y el frío, la conversación y las aceitunas dijeron que el fin del año estaba a la vuelta, y que se vale renovar los ciclos, que diario es un constante movimiento y que hay cosas que de verdad ya no vuelven, incluyéndote, inside and out. Cierras el libro y abres otro. Las obsesiones son pensamientos viciados, recurrentes, circulares, se autodeboran. Un ciclo se rompe cuando viene el cambio, uno es el detonador de esa ruptura, escribimos para nuestra propia condena como dijera el escritor. Y yo ya tuve de 2011, y sin embargo se mueve. Adiós. Hola 2012. Lo que me gusta de los principios de año es…


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Bolsos y zapatos
Ricardo Pineda
Esta vez estábamos todos reunidos en una mesa, con un silencio incómodo y maravilloso, viéndonos el rostro a ratos para después desviar la mirada al podio, donde Corona haría su aparición triunfal y demostraría a todos que tenía la razón, una vez más. Las premiaciones de fin de año eran insoportables, pero al parecer era la única manera de reunirnos.

Yo no sabía realmente qué hacía ahí, no deseaba ver a nadie, la corbata me apretaba y las menciones de buenos reportajes políticos me aburrían demasiado, sobre todo cuando no estaba yo en la lista. Pero Corona era un amigo entrañable y ahora estaba en el pináculo de su carrera. Como alguna vez lo estuve yo en la mía, o al menos eso parecía hace casi ya diez años, cuando decidí incluir el carmesí y el rojo terracota en mis pinturas; todo mundo se volvió loco, o el color se puso de moda y comenzaron a encargarme cuadros indiscriminadamente. Después vino la debacle: me endeudé, la gente dejó de comprar y me retiré de la pintura.

Pero ahora estaba en lo de Corona, era su momento, y me alegraba al mismo tiempo que me moría de la envidia, no por el premio sino por el dinero y tal vez el hambre de reconocimiento, que voltearan a ver y dijeran “mira, es el tipo que se hizo famoso con los cuadros rojos”.

Una oleada de aplausos me despertó del letargo, todos se levantaron de su lugar para ovacionar a Corona, que ahora subía al podio, erguido, orgullosos, lleno de sí, con un texto en sus manos dispuesto a hablar casi una hora acerca de la alternancia y los valores democráticos en una sociedad. Entonces alguien me notó, Claudia me preguntó “¿qué te pasa?”. Y yo voltee a verla y estaba a punto de contestarle cuando vi una silueta pasar rápido detrás de ella. No pude verle el rostro, pero sabía que era ella, había llegado tarde, rápido y a hurtadillas para que nadie la viera, pero su silueta y la combinación de sus zapatos con su bolsa de mano era inconfundible. Era ella. Y alguna vez también fui yo. Nadie pensaría que apenas hacía una semana nos habíamos vuelto a ver, y a pesar de que habían transcurrido sólo nueve días, sentía que nos veíamos más viejos, más que los años que habíamos dejado de vernos.

Hace nueve días. Habíamos quedado de vernos en el restaurante que solíamos frecuentar cuando todavía podíamos llamarnos jóvenes, en la glorieta que estaba frente a la palma. No era un terreno muy tranquilo, era una glorieta muy concurrida, llena de autos. Todavía lo es. Tampoco era terreno neutro; ahí servían su platillo favorito y yo conocí el lugar por ella. Pero eso fue hace mucho tiempo. No había reparado en el tiempo que había dejado de saber de ella, ahora era otra: su ropa se veía más nueva y cara, tenía mucho estilo. Se veía muy cambiada aunque no me sorprendió, sólo era la proyección final de lo que siempre quiso ser; se veía muy bien, con un cuerpo más torneado, el rostro más maduro, el tipo de mujer que sale en revista de sociales cualquier martes por la tarde, arreglada de gala; su cabello ahora era negro y más largo de lo habitual, rebasaba sus hombros. No sabía siquiera por qué nos habíamos citado. Un intento forzado de nostalgia tal vez, o quizás esas reuniones de perdón y reconocimiento.

Mientras la esperaba tomaba un insípido café. Recordé lo bien y lo mal que la pasamos por igual, cómo renuncié a mi carrera de pintor por ella, por el análisis político que en ese entonces daba de comer a los entusiastas hambrientos de nuevos términos sociales, lo estúpido que fui al vender mi casa, libros y cuadros, cómo partí de un momento a otro a Morelia con ella sin despedirme siquiera de mi familia y mis amigos. Fueron buenos años después de todo, una raya más al tigre siempre dice Alberto cuando está ebrio. Ahora habíamos regresado a la ciudad y tenía cerca de diez años que no nos veíamos, yo me la pasaba de trabajo en trabajo en empresas de mediana talla. Ella ahora ya no trabajaba, y sus asesorías ahora costaban una fortuna, porque elegía sólo una al año como pasatiempo. Ahora era madre de una niña muy hermosa y se la pasaba de reunión en reunión para socializar y contribuir a la imagen de su esposo, un reputado político que en un par de años iría por la grande. Ahora que la veo descubro que ha pasado más tiempo del que pensaba, perdí un poco la noción; éramos muy jóvenes cuando partimos a Morelia.

Cuando la conocí fue en un tianguis de arte, ella llevaba un bolso rojo y unos zapatos muy sensuales del mismo color. Bajo el influjo de un par de tragos me acerqué y le elogié su buen gusto para vestir, ella se sonrojó un poco pero guardó la compostura, dio media vuelta y desapareció entre la gente. Al final del tianguis la encontré de nuevo, le regalé un cuadro y quedamos de vernos un día para comer. Ella me citó justo en este mismo restaurante en el que ahora estoy, en ese entonces vendían el mismo café horrendo, que ahora termino a largos sorbos.

Ella vivía con su tía y primas y yo no tenía estudio, seguía pintando en los talleres de la escuela a escondidas.
No hubo química inmediata ni una historia de casualidades hermosas, hablábamos de cosas distintas, a destiempo, discrepábamos en casi todo y nos interrumpíamos con frecuencia, me pareció una persona arrogante y con problemas. Pero era demasiado atractiva, sólo podía pensar en una cosa aparte de sus zapatos y su bolso, que ahora eran negros con vivos blancos de charol. Pregunté si nos podíamos ver de nueva cuenta, ella se negó rotundamente y me regresó el cuadró que le regalé, me dijo que no le gustaba y que le parecía un pésimo detalle de mi parte el obsequiarle una obra sin apenas conocerla, que demeritaba mi trabajo al regalarlo. No me dejó terminar, pagó la cuenta y se marchó.
Esa tarde regresé a la escuela a pintar, miraba con detenimiento el cuadro que me había regresado. Ahora me parecía feo y deslucido, con errores de perspectiva y con una idea insulsa en su interior. Pero no lo tiré, pensé que el cuadro podría mejorarse o servir de ejemplo para trabajos posteriores. En ese momento entró Guillermo, quien me ayudaba a esconder mis cuadros y buscar horarios en los que podía ir a pintar sin problema con las autoridades de la escuela. Dijo que el cuadro estaba bien así, que no le hiciera nada. Pero no lo escuché y terminé haciendo otra cosa.
En ese entonces ella no era famosa, pero sí altamente localizable en Internet, y la fui a buscar a la salida de su trabajo. Cuando me vio ella era otra, tenía una sonrisa maravillosa, unos labios pequeños y discretamente rojos, sensuales, que hacían juego con su bolso de cuero. “¿Me vas a invitar un café o te vas a quedar ahí parado?”, me dijo. Yo inmediatamente la saludé y le mostré el camino hacia la cafetería de la esquina. Ahora todo era distinto, reía y me miraba a los ojos, me contaba cosas y ambos fingíamos interés en la vida del otro, y a ratos volteábamos a ver furtivamente la calle, para luego retomar la conversación y sonreír discretamente. Ella se despidió abruptamente, un auto azul y grande se había estacionado justo frente a su oficina, me levanté para despedirme. Ella se acercó lentamente hacia mí, volteaba en dirección al auto, nerviosa, acercó su pecho frente al mío, con sus dos manos tomó mi rostro y me besó con intensidad, me vio y levantó la mano para mostrarme el anillo que había en su dedo. Luego rió y desapareció del café. Cuando terminé el café noté un leve color rojo en mi taza, no era la marca del lápiz labial de ella, sino un poco de sangre de mi labio. Me había mordido, y yo sonreía como el niño que era por haber obtenido el premio de su lacónica insistencia.
Esa noche llegué a casa de Odiseo, quien me dejaba pintar en el pequeño cuarto de al lado cuando no tenía a quien rentarle. Pinté mucho, me sentía eufórico, abandonado al cuadro, creo que nunca había estado tan concentrado. A la mañana siguiente Odiseo entró en el cuarto y gritó preguntando por mí, como buscándome con premura, me pareció extraño puesto que el cuarto era pequeño y mi cuerpo dormido yacía sobre el piso. Le contesté con un quejido de sueño. “Ah, ahí estás. Oye ya me voy, pones el seguro al salir por favor. Qué feos cuadros, ese estilo nuevo tuyo creo que no te viene, siento que no eres tú”. Por lo general las apreciaciones de Odiseo las tomaba en cuenta puesto que las sentía muy objetivas, pero esta vez el comentario lo tomé como una buena señal.
Dejé pasar un par de días más y la fui a buscar a su trabajo. El auto azul estaba ahí. Ella bajó rápido las escaleras y me vio de lejos, traía unos zapatos de tacón azules que hacían juego con su vestido y su enorme bolso con aros dorados. Se metió en el auto y se fue. No sabía realmente qué hacía persiguiendo a una casada. Sólo sabía que debía pintar más.
Regresé a la escuela a pintar, alguien había dejado mucha pintura carmesí en un salón, lo robé y comencé a trazar bolsos y zapatos de tacón, sin ningún otro color, no podía pensar en otra cosa, me estaba convirtiendo en un fetichista convencional. Guillermo entró y me pidió que abandonara el aula ya que la iban a ocupar. Soltó una cruel carcajada, me dijo que cada vez pintaba peor pero que seguro esos cuadros le encantarían a Phillipe, el galerista francés. Más hambriento que interesado fui a verlo. Efectivamente Phillipe elogió mis cuadros y me compró dos de gran formato y uno mediano. Podría comer por lo menos tres semanas sabiendo medir mis gastos.
Caí en la cuenta que no debía buscarla más. Pero aún tenía una pequeña cicatriz en mis labios. Fui a comer al restaurante de la glorieta, y sabía que mi saboteo mental había funcionado: ahí estaba, comiendo un pequeño pedazo de carne con papas gratinadas al lado de un bolso de cebra. Me sonrió e invitó a que me sentara. Quise preguntar muchas cosas entorno a nuestros atípicos encuentros, ella resoplaba mientras daba un bocado a su carne mostrando incomodidad. Dejé de preguntar y me limité  pedir un café. Estaba horrendo, como de costumbre. Cuando terminó su carne me dijo que podía verme esa noche un par de horas, pero a cambio tenía que ayudarle con la corrección de un texto de política de su trabajo. El trato me pareció injusto, pero al final lo hice. Esa noche hicimos el amor en un hotel, no dejaba de mirar sus zapatos y su bolso tirados en el piso. Le pregunté si tenía muchos, ya que era lo que siempre resaltaba de su atuendo, me dijo que no tenía tantos como pensaba y que de hecho los odiaba, que sólo los usaba para trabajar. Dejó en claro que nos volveríamos a ver cuando ella pudiera, el teléfono celular sonaría cada vez que necesitara un texto.
Las ausencias prolongadas comenzaron a sucederse con mayor frecuencia, y los encuentros eran esporádicos. Comencé a encontrarle más sentido a los textos políticos y Phillipe me pedía más cuadros carmesí con texturas de piel. Renté un cuarto y pude comer con regularidad y bien, me compré ropa. Nuestros encuentros se limitaban a sexo en el hotel, textos de política y conversaciones sobre lo mal que la pasaba en el trabajo, las dudas que tenía respecto a casarse y el sueño de poner una consultoría política en Michoacán. Tras casi un año de encuentros esporádicos le propuse el escape, la consultoría y un pequeño estudio. Ella no titubeó un segundo para decirme que la idea era pésima y que bajo ningún escenario podía hacer eso que le proponía. Comenzaba a padecer, estaba embriagado.
Una tarde no pude más y le conté a Odiseo mi situación, después de soltar mi letanía, Odiseo se disculpó por no haberme puesto atención, sólo dijo que mis cuadros no le gustaban nada y que cada vez estaba cediendo más al mercado, que Phillipe era un mercenario, pero que había conseguido una entrevista para una revista española de artistas emergentes.
Salí en las últimas páginas del mes de noviembre, mis cuadros comenzaron a venderse con relativa frecuencia y las visitas comenzaron a ser menos frecuentes. En cambio los bolsos y los zapatos aumentaron en cantidad. Un reputado político regía mi dosis de compañía y placer. Dejé un mensaje en su correo electrónico y partí rumbo a Morelia, la situación comenzaba a asfixiarme.
En Morelia el clima era insoportable, sudaba a litros y la vida era algo más que aburrida. Tras un lapso de poco más de un año me había instalado y mis bolsos y zapatos seguían vendiéndose, ahora me los pedían por encargo y hablaban de mí en las galerías que alguna vez odié. Creo que lo había logrado. Me mantuve al margen de cualquier evento social o entrevista. Un día tocaron a mi puerta, era ella, con unas chanclas viejas y un bolso de manta sencillo.
De pronto todo fue política en mi casa. Casi no tenía tiempo para pintar. Las mañanas de abrazos y pan con mantequilla y mermelada de fresa eran inversamente proporcionales a los cuadros que pintaban. Ya no había anillo en su dedo. Comencé a soltar más la pluma y a publicar sobre política junto con ella en una pequeña revista michoacana. Corregía sus textos, y a veces se los escribía, a cambio recibía quejas sobre el clima, la falta de dinero y sonrisas cada vez más esporádicas. Pensé en Corona y en lo bien que comenzaba a irle con sus análisis, también pensé en mis amigos y en mi familia, cómo me había marchado sin siquiera avisarles ni contestado sus mensajes con buenos deseos. Los echaba de menos. Me estaba convirtiendo en el fantasma de los zapatos y bolsos rojos. A ella le molestaba que pintara y poco a poco Phillipe dejó de pedirme cuadros. Una vez alguien escribió un artículo entorno a mi carrera, burlándose de mis cuadros y mis escritos. Ella trató de animarme diciendo que era una gran oportunidad para convertirme en politólogo.
Conforme los años se fueron sucediendo las cosas cambiaron: ella visitaba con mayor frecuencia la ciudad, su actitud había cambiado y las mañanas con mermelada se extinguieron por completo. Con sus cada vez mayores ausencias comencé a pintar de nuevo, pero ya no podía pintar, los bolsos y zapatos ya no se vendían ni salían igual, tampoco mi viejo estilo regresó. Alguna vez recibí una carta de Odiseo diciéndome que dejara de pintar lo más pronto posible antes de que mi carrera como artista terminara por completo.
La última vez que estuvimos juntos estábamos en el estudio de Morelia, tenía un mes tratando de localizarla pero su celular me mandaba al buzón de voz. Regresó una madrugada, se veía diferente, guapa, espectacular, llevaba puestos unos zapatos de charol rojos preciosos, sensuales, casi convencionales. El bolso era carmesí y de marca, los portaba con orgullo; llegó llena de bolsos y zapatos. No pregunté nada más y encendí un cigarrillo, ella, que no fumaba, me lo arrebató dando una larga calada y lo apagó en el cenicero, me dijo que le irritaba el tabaco.
La consultoría fue todo un éxito, y el dinero inundó la casa, también los textos de análisis político y mi debacle como columnista, me tacharon de derechista y me cerraron los espacios. Ella se marchó sin dar una explicación. La señal para dejar de verla fue una foto en el periódico local: se casaba con el próximo candidato a la gubernatura de Michoacán. Estaba claro, debía regresar a la ciudad. El viaje fue largo y atropellado.
Pero las cosas se habían complicado un poco: mi familia ahora vivía en el norte y quienes antes fueran mis amigos ahora trataban de tener contacto laboral alguno conmigo. Estaba marcado. Intenté pintar o escribir de lo que fuera, pero sólo conseguí trabajos esporádicos. Un día la localicé y nos quedamos de ver en el restaurante de la glorieta. Ella sólo me vio a los ojos, soltó un largo soplido, se agarró el cabello y miró hacia la calle. Dijo que había aprendido a desaparecer, que sería buena idea que yo hiciera lo mismo.
Hace poco recibí una carta de invitación para la entrega del premio de Corona. Me vestí elegante para la ocasión y fui a encontrarme con Corona y con la vieja comitiva del arte y del periodismo. Tras los aplausos y el discurso emotivo de mi amigo, alguien soltó un chiste sobre la mesa: “¿ya se saben el del pintor que quería ser politólogo?”. Todos rieron, y yo partí rumbo al restaurante de la glorieta, al menos ahí tenía la certeza de que el café siempre sería horrendo.

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Tuesday, December 20, 2011





Tiene que haber conflicto. 7 filmes de 2011

Ricardo Pineda
Para César Enrique Pérez

LA subjetividad de las listas. Lo absurdo de las listas, lo divertido de ellas. Sí, son un ejercicio de gusto personal e interpretaciones que dividen, depende lo que uno ve en cuanto a cantidad y contenido. Y al igual que con los libros, como dice Carlos Fuentes, ni se tienen todos los que se quiere ni se leen todos los que se tiene, al igual a mí se me fueron muchas películas de este año pero vi muchas más de otros años.

Y dicho esto para justificar la lista que recomiendo, escasa por cierto. Creo firmemente que 2011 fue un año dominado por la basura del refrito, las franquicias de superhéroes y adaptaciones de muy bajo perfil. Se les acaba el ingenio tanto al indie como al mainstream.

Ni el Avispón Verde, Thor, Linterna Verde, Kick Ass 2, Wolverine, Pitufos, Transformers 3, Misión Imposible, o Warrior iban a presentar algo trascendente. De hueva Alvin y las Ardillas, Crepúsculo, The Muppets, Un Mundo Feliz, Don Gato, o Kung Fu Panda. Ok, ¿el gato con botas?

Este año para comedias tarolas sin sentido, Your Highness con Danny McBride es mi opción. Y algo onda Señor de los Anillos con Humor inglés sexual y políticamente incorrecto nunca viene mal en pequeñas dosis. Ésta es mi número 8. Natalie Portman y Zoe Deschanel cumplen las fantasías medievales de ñoños hambrientos. Pasa pero llega un punto en el que aceptas que estás viendo una broma-fórmula, ahí le hablan a Kick Ass y a Scott Pilgrim.


Está de bajo perfil pero con momentos muy memorables. Un wey vicioso chacal en una película así tiende a ser la delicia, te llegas a identificar, pero en la vida real esto es completamente reprobable. Eso está padre del cine pendejo bien planeado, incluso American Pie o Hang Over no son otra cosa que el perfeccionamiento de un cine ramplón y completamente inmaduro. Pero para eso hay que tener gusto y mano. Tener tacto, e ingenio.  
7.- Patti Smith. Dreaming of life.  Lo pongo en el 7 porque en realidad lo vi en 2010 y sin subtítulos, acababa de salir, pero llegó a la pantalla grande este año y con dentro de un festival. En sentido estricto es del año pasado, pero es una maravilla y creo que es muy didáctico, es poético, hermoso, tiene fuerza. Pero el personaje siempre gana. Patti Smith siempre gana. Alma frágil y carácter firme. Una mujer. Al igual que Leonard Cohen, Bob Dylan, Nick Drake o Neil Young, Patti entra en los vericuetos del lenguaje, de texto, la poesía y la narrativa. De mis documentales favoritos de todos los tiempos. Balanceado: biografía, fotografía, ritmo, duración, narrativa, edición. Material de buena factura desde “New York, men. Sixteen pay off…”.

6.- Confesiones en el diván. Película complicada: dura mucho, tiene un ritmo aletargado, se basa mucho en el lenguaje de la época y se centra en el diálogo.

Mahler visita a Freud y éste nos tiene guardada una sorpresa en torno a la relación amorosa del primero. A momentos tiene atisbos de comedia y exageración como elementos de color dentro de la historia, pero creo que en algunas escenas esto no se define bien y  hacen pesado el desarrollo de la misma. El final vale mucho la pena, no sorprende si se tiene tantito contexto incluso comenzada la historia y sin conocer nada de los personajes. Un poco intelectual-pop contempo. Vale la pena echarle un vistazo.


5.- Rango. La idea pinta fórmula para nostálgicos: Proust llevado a una animación, con voz de Johnny Deep y personaje inspirado en Hunter S. Thompson, ya suena las ganas. Afortunadamente el filme es agradable, tan profundo como lo quieras ver, y sencillo, simple. Como el desierto y la sequía en la que vive el personaje cotorrón, con dos que tres chistes para pachecos, que si bien predecibles e inocuos se agradece que sean presentados con gusto y criterio. Y uno lo agradece y disfruta sin complicación alguna. Esta sí puedo decir que es una película “bonita”.

4.- Midnight in Paris. Sí, una más de Woody Allen. Cuando no esperas ya nada de las cosas, éstas, caprichosamente, suceden. Muchos se identifican con el personaje looser que le hubiera gustado tanto vivir en otra época con sus artistas favoritos, que prefiere desligarse de la realidad y su fastidioso compromiso.
Estilo Woody, no hay nada nuevo, pero sigue teniendo elementos que la hacen entretenida e inteligente a la vez. Manual de pareja con sketches bien ejecutados por Owen Wilson, y una sarta de chistes clichés intelectualososos que uno no tiene mayor solución que ver con malicia a los que no nos reímos a la primera.

3.- Beginners.- “Todas las Canciones Hablan de Mí”, “High Fidellity”, “500 Days of Summer”, “Singles”, y “Beginners” version para contemporáneos. Comedia romántica, aquí el feelling creo que la salva Ewan McGregor y su actuación de pre-dón sólida. Himno para dejados, el amor del que no está, del que se fue. De la muerte de un ser querido y la llegada de alguien especial. Y los constantes desencuentros. Complaciente, tal vez, pero tiene onda. La soledad siempre la tiene. Conocer a alguien también. Principiantes en el cine, en el amor, en la repetición de fórmulas. No hay mayor pretensión, a veces la vida es así de dolorosa, sencilla y frágil.

2.- Senna.- Una película promedio que se cuela por el personaje. Hacía mucho no discutía tanto una película. Filmes como éstos me reafirman porqué me gusta tanto el cine, la subjetividad del arte es apasionante.



Funciona a varios niveles, sobre todo si no eres fan de las carreras o no conocías del todo al piloto brasileño Ayrton Senna. Su personaje da tela de dónde cortar y no lo aprovecha la dirección. Digamos que tienes el pase dado y no empujas la pelota. El tipo que dirige tiene buen material y termina por ser tibio en la construcción de la narrativa.

Creo que es en esta estética de lo escueto y descuidado donde uno puede asomarse a la historia y al personaje desde otra perspectiva. Y eso es genial porque bajo esa premisa uno vuelve a ver el documental y le funciona distinto, complejo. Es como si Senna retoma para ayudarle al director y hacer su filme mediano algo digno de recordarse.

La tragedia, personalidad y altibajos en la carrera de uno de los íconos más grandes del deporte en Brasil son suficientes para hacer una película con cuerpo y forma. Me parece que no abusa y no lo torna hacia lo melodramático, aunque esto por su naturaleza misma lo es. Sin embargo creo que el personaje tiene varias lecturas, es real y nos dice varias cosas al mismo tiempo. El diseño de audio me parece una cosa muy bien lograda, así como la ausencia de imágenes ex professo para el documental. Me parece un homenaje digno para un atleta tan memorable como lo fue Senna.

1.- Melancolía.- Guardadas las proporciones creo que Lars Von Trier ocupa el lugar que otrora tuviera David Lynch; es un artista que cuesta y recompensa, crípticos y anticlimáticos.

Cuando iba en la universidad, mi maestro de Guionismo hablaba acerca de preceptos básicos para una “buena historia”. Uno de ellos era el conflicto. Siempre tiene que haber, si no ¿para qué hacer una película? Pero luego viene Reygadas y demuestra que el conflicto es que no hay tal. El conflicto es de quien pagó el boleto y sale con la sensación de haber sido timado, por no “entender” nada del filme. No es para todos, y tampoco significa que los más listos o los más sensibles sean los que comprenden a cabalidad “qué quiso decir el director”.

En la última película de Lars Von Trier no pude sino quedar asombrado de cómo los años han hecho de Lars uno de mis directores favoritos. En cierto modo creo que se hace más accesible, pero no lo regala fácil ni a la primera de cambios, sobre todo en estas últimas dos películas que nos muestra unas sinfonías, suites cinematográficas, con epílogos y prólogos muy dramatizados, surreales incluso,  presentadas con una fotografía que emula la pintura, o una pintura que emula muy bien la realidad.

Y la temática regresa a uno de los mayores conflictos del ser humano: el ser contra la naturaleza. Y a su vez, contra su inminencia, entonces se piensa en la muerte, y en su lento acercamiento, entonces se piensa en sí mismo. Y el final es la pregunta principal.

Las tomas prolongadas son una belleza, muy románticas, barrocas incluso; Charlotte Gainsbourg se aplica y se convierte  con esta producción en el nuevo juguete del director danés. Lo que me gusta de Von Trier es que sí pone a trabajar a sus actores y los reta a hacer cosas extremas de una manera abierta, no siempre libre.

Kirsten Dunst no es la rubia tarolas que hace como que no sabe que El Araña es Pedro Parque, siempre me ha parecido una actriz de buena a regular, pero con cierta consistencia atípica. A Brad Pitt le vi algo así, y son buenos actores de perfil discreto. Pero creo que en Melancolía, Kirsten muestra un lado que le costó y no le sale nada mal. Aquí menos es más. Gainsbourg lo tiene dominado en un ejercicio de contención, pero en Dunst es el trabajo del rostro, pura expresión constante, abandono. Actuar al revés.

El filme tiene demasiados elementos que recordarán a su antecesora, Anticristo, pero que de alguna manera están ejecutados con mayor precisión y poesía que ésta.  Aquí hay un poco más de luminosidad pese a que irónicamente la temática termina siendo más sombría. Y la estética es majestuosa, mantiene un juego de iluminación muy seductor.

Ésta bien podría ser una película de esas gringas con temática apocalíptica, pero la forma en la que se presenta nos plantea la pregunta del millón de una forma que en lo particular estimo como apoteótica y conmovedora. La soledad, la muerte y el sentido de la existencia humana así, sin más, en tu cara diciéndote que ha llegado el fin del ciclo. La analogía del título de la película con el color del personaje de Dunst, con el contenido y la forma, hacen de la última película de Lars Von Trier una obra memorable.





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