Steel
Ricardo Pineda
Los
golpes eran fuertes y repetidos, ¿cuánto tiempo habían estado sonando antes de
que Michelle se diera cuenta? Eran las tres de la madrugada y Norma no estaba
en la cama. Michelle salió de la habitación y bajó lentamente por las
escaleras, con miedo. Tal vez se habían metido a robar a la casa y Norma había
bajado a enfrentarlos. Las piernas de Michelle comenzaron a paralizarse de
miedo y frío, se llevó la palma de la mano a la boca para no dejar escapar su
llanto, dejó caer de golpe su cuerpo en un escalón; contempló por primera vez
la posibilidad de no ver nunca más a Norma, tal vez había muerto.
Se
habían ido a dormir enojadas, el último año y medio sólo fueron pleitos,
intrascendencias y celos. Norma no daba cabida a lo que Michelle le confesó esa
noche, todo se vino abajo.
Norma
Huazo y Michelle Tafolla se conocieron desde pequeñas, en el taller de
estructuras metálicas, en la escuela secundaria, a Norma le salían muy bien las
piezas sólidas y las soldaduras de gran potencia, realmente le gustaban los
metales y fierros. Michelle era más detallista, se le daban más los acabados
finos y las estructuras con estética. Desde el primer año hicieron buen equipo
hasta el tercer año, obtuvieron siempre los primeros lugares en los concursos
del taller, además fraguaron una amistad que siempre fue la envidia de todos.
Prácticamente hacían todo juntas, incluso ir al baño; los chistes sobre sus
preferencias sexuales siempre fue tema de mofa y conversación, especialmente
entre las familias de ambas. Pero Norma siempre tuvo un novio, Fernando, quien
era todo dulzura con ella desde segundo año, los tres salían a comer y al cine,
eran tiempos en los que sólo había radio y piezas metálicas. Eran felices.
Luego
vino el bachillerato, y para el segundo año Norma estaba un poco cansada de que
Michelle fuera a todos lados con ella y su novio, quien también alucinaba a
Michelle. Norma dejó las estructuras metálicas y descubrió el sexo con
Fernando, comenzó a mentirle a Michelle sobre sus salidas. Un día, Michelle
llegó a casa de Norma, quien le había dicho que saldría a Cuernavaca con su
familia. Efectivamente no estaba el carro de su papá y las luces estaban
apagadas. Michelle saltó la pequeña barda y fue a la parte trasera de la casa,
donde estaba la habitación de Norma. Como lo imaginaba, ahí estaba norma,
montada en Fernando, jadeaba con gran placer y soltaba pequeños gemidos a
intervalos, su hermosa y delgada espalda se arqueaba con gran ritmo y
flexibilidad. El espectáculo intrusivo comenzó a erotizar a Michelle, sintió un
calor indescriptible en sus mejillas y los senos le dolían un poco.
Esa
tarde Michelle salió corriendo rumbo a la biblioteca de la escuela, a leer y
hacer pequeñas fichas con apuntes, al día siguiente también fue, y al otro
también, los libros especializados se convirtieron en el refugio ideal, por
años.
Norma
dejó de ver a Michelle de a poco, de repente salían a comer, platicaban
intrascendencias, Norma seguía su relación con Fernando, y Michelle se
inventaba una vida llena de novios guapos y apuestos que eran lo contrario a lo
que Norma padecía de su pareja. Michelle se matriculó en la ingeniería metalúrgica
y en sus ratos libres tomaba cursos de teología o iba a la biblioteca a leer.
Cerca
del último semestre de la carrera, cerca de media noche, Michelle estaba
leyendo en su departamento, tenía examen final al día siguiente. El timbre sonó
abruptamente y en repetidas ocasiones, en intervalos cortos, Michelle se
levantó de golpe de la cama y tomó un mazo de metal que Norma le había regalado
cuando salieron de la secundaria. El mayor miedo de Norma era terminar con el
cuerpo inerte y ensangrentado entre las sábanas de su cama. Miró por el pequeño
orificio de la puerta, era Norma, estaba empapada y llorando. Sin bajar el mazo
le abrió la puerta a Michelle; se abrazaron y lloraron juntas, Michelle también
aunque aún no sabía qué le sucedía a su mejor amiga. Era la mentira, también
Norma había construido frente a Michelle una relación de ensueño que nada se
parecía con la realidad, su novio siempre había tenido otra pareja, a la que
amaba, argumentaba viajes y salidas durante su adolescencia, para después
revelarle la verdad sin dejarla ir. Fernando la amedrentaba psicológicamente
con frecuencia, le gritaba, la violentaba constantemente en la cama y pasaba
frente a ella con su novia sin que Norma pudiera hacer nada: tenía mucho miedo.
Esa noche, Fernando lloró por su novia en el pecho de Norma, quien no pudo más
y salió corriendo de la casa de él, no tenía más a dónde ir. El celular sonó
toda la noche.
Michelle
le preparó café a Norma, alistó el baño y le quitó el abrigo, volvió a abrazar
el frágil y tembloroso cuerpo de Norma, con sus brazos intentaba quitarle el
miedo que la estaba destruyendo de a poco. El celular seguía sonado. Lo
apagaron. Platicaron toda la noche de Fernando, Michelle escuchaba
pacientemente y hacía pequeños comentarios en apoyo a su amiga. Michelle le
dijo “tengo algo para ti, lo estuve guardando para una ocasión especial”. Era
un collar que ella había hecho en metal, de lejos parecía un cristal muy fino,
resplandecía, tenía un pequeño dije en forma de corazón con la palabra steel en
el centro. La mirada de Norma se concentró en la palabra, lo vio detenidamente
en silencio por cerca de media hora, era hermoso.
De
súbito, Norma tuvo una sensación extraña, tuvo el presentimiento de que algo
malo iba a sucederle, una especie de macabra premonición, sin embargo no dijo
nada, sólo comentó el origen de la palabra steel en su dije. Michelle le
explicó que steel era metal, lo que las unía de toda la vida, también era still
(todavía) y steal (robar). A Norma le conmovió mucho el regalo, se lo colgó en
el cuello inmediatamente, y aún con lágrimas en sus ojos le dijo a Michelle: “nunca
me lo voy a quitar”, y la besó con una intensidad de la cual Michelle no tenía
referente alguno.
Desde
esa noche las cosas cambiaron radicalmente en la vida de ambas. El amor, el
placer y los metales amarraron una relación de pasión que parecía
intensificarse con el paso de los meses, que luego se convirtieron en años, y
luego en una especie de amor muy atípica, que Norma expresaba de forma atípica.
Al
principio sus familias no aceptaron la relación, sus amigos las aceptaron enseguida
puesto que era algo que parecía que sólo Norma no había percatado. Vivieron un
simulacro de felicidad que duró años. Con el tiempo, Michelle perfeccionó sus
piezas de metal y comenzó a vender bisutería para tiendas exclusivas. Norma se
la pasaba en casa, viendo películas y haciendo comida deliciosa para Michelle,
Fernando dejó de buscarla con el paso de los meses tras aquella noche, y
entonces las cosas dejaron de suceder; Norma vivía enteramente en cuerpo y alma
a Michelle, nunca nadie había sido tan linda y generosa como ella hacia su
persona, se sentía contenta porque alguien la quería con intensidad, pero a
veces, cada noche, Norma sentía un miedo terrible, y veía el reflejo de su dije
en el espejo, seguía siendo hermoso, y con el paso de los años no había perdido
ni un ápice de su resplandor.
Hace
poco, ambas salieron de fiesta a un bar cerca de la Alameda, Norma bebió
demasiado. Michelle la abrazaba con fuerza para que Norma no cayera, Michelle
decidió marcharse para no seguir haciendo escenas ante sus amigos, le costó
mucho trabajo meter a Norma en el taxi, era su primera borrachera en más de
seis años, estaba muy impertinente y le gritaba e insultaba a Michelle, le
recriminaba que ella nunca había hecho nada por ella. A Michelle le estallaban
las venas de la cabeza sólo de escuchar a Norma, “¿a no?, ¿nó? Lo he hecho
todo, te he dado todo, no tienes ni idea. ¿Qué necesitas, qué quieres? Te lo
doy”, le dijo Michelle. “Llévame a casa de Fernando, lo necesito”.
Michelle
le dio instrucciones al taxista y le dijo a Norma: “ok, pero sólo de lejos”. El
taxi daba muchas vueltas, no era un sitio fácil para llegar, la cabeza de Norma
también daba muchas vueltas; había algo en la oscuridad de la noche que le
hacía sentir bien, tal vez era el aire que necesitaba, pero algo más estaba
fresco en su cuerpo esa noche, era su pecho, estaba frío y potente, duro como
una armadura, una estructura que podía con todo. Entonces esa solidez se vino
abajo, vio la luz encendida del estudio de Fernando, aún vivía ahí, el taxi se detuvo
y Michelle la abrazaba con fuerza y desesperación.
Norma
sintió un abismo terrible en la boca de su estómago, una sensación que le
acalambró el cuerpo y llegó hasta sus párpados, se concentró en su pecho y
derritió todo el metal existente; la estructura se derrumbó, y tuvo una
ensoñación hermosa, su cuerpo segregaba por dentro una especie de veneno que le
fascinaba, que le llenaba de miedo, disfruta cada gota que derramaba por sus
mejillas, recordaba en silencio con cariño y dulzura las caricias de Fernando,
pese al dolor y el metal, pese a Michelle y el resto de las cosas “importantes”
en su vida. “Una terrible tranquilidad”, pensó.
Michelle
soltó a Norma y se llevó los dedos de la mano izquierda a la boca, los mordió
con fuerza hasta que el índice sangró, le indicó al taxista el regreso a casa.
Entraron al departamento en silencio, como si alguien las fuera a escuchar.
Subieron por las escaleras una detrás de la otra, igualando los pasos. Entraron
en la habitación y se desvistieron de espaldas hacia la otra, de extremo a
extremo de la cama. De forma ritual, ambas se voltearon y al mismo tiempo
quitaron la cobija de la cama, voltearon en paralelo como si fueran máquinas;
primero la pierna izquierda de Norma y luego la derecha de Michelle, unieron
sus cuerpos, Michelle acercó la cintura de Norma. Norma le sonrió, “te amo, he
sido una pendeja hoy”, le dijo a Michelle, quien de inmediato cayó a Norma con
un beso lento y dulce, que de a poco se fue transformando en beso apasionado, y
luego en mordida violenta.
Norma
comenzó a sentir dolor y trató de quitarse el cuerpo de Michelle de encima.
Michelle la sujetó con violencia y montó el cuerpo de Norma, que temblaba de
terror. Michelle comenzó a lamer con fuerza y malicia el cuerpo de Norma, le
quitó la ropa íntima y le mordió sus senos con tosquedad hasta dibujarle un par
de moretones en cada uno, Michelle rugía, como una máquina, jadeaba como un
motor mientras le repetía a Norma al oído: “eres una pendeja, eso es lo que
eres”. Norma lloraba y le contestaba a Michelle: “te amo”. Aquello habrá durado
cerca de dos horas, que fueron eternas para Norma. Michelle cayó dormida sobre
el cuerpo de Norma, a quien le costaba respirar.
Michelle
estaba soñando que martillaba los ojos de Fernando, quien yacía con la cabeza
despedazada en el piso. Se despertó sudando, con un miedo espantoso en su
espalda, los golpes estaban ahí, se habían escapado de su sueño para hacerle
pasar una pesadilla de verdad, vio sangre en la cama, y el collar del dije
estaba en el suelo, roto. Michelle tuvo la peor de las premoniciones, pero se
quiso convencer de que alguien se había metido a robar al departamento.
Ahí
estaba de nuevo, sentada en un escalón, mordiéndose el dedo índice con fuerza
hasta sacarle sangre. El sabor salino en su paladar le gustaba, le hacía sentir
que aquello no estaba pasando en realidad, le llenaba, pero sabía que tarde o
temprano tenía que bajar para ver de dónde provenía ese martilleo metálico.
Michelle
se incorporó y bajó las escaleras, se dirigió a la cocina, de donde provenía
aquel molesto sonido. Era Norma, estaba de rodillas con la cabeza gacha, desnuda,
golpeaba con fuerza el dije que Michelle le había regalado; estaba ahí, hecho
una pequeña hoja de lata, el mármol del piso estaba destrozado y Norma golpeaba
en torpes direcciones sin atinar al corazón que ahora era una vulgar hoja de
lata. Michelle corrió para quitarle el martillo a Norma, Norma la empujó y
volteó su rostro en dirección a la respiración de Michelle. Michelle quedó
aterrada: Norma se había hecho daño en sus ojos, sangraban y no podía ver, Michelle
quedó petrificada, el silencio se hizo una eternidad y las dos jadeaban en
síncopa. Norma bajó el martillo, que hasta ahora había permanecido amenazante
en el aire, suspendido en la débil oscuridad de la cocina, cortando el aire.
Robando el aire. Una voz casi imperceptible destrozó el silencio: “Te amo, y
eso todavía lo tienes Michelle”. Se había acabado.
Muestralo a tus amiguitos en !!!|






