Pero al mismo tiempo quería matarte, sólo ahí, en el sueño vaya, es más ni ahí. Sólo me caías pésimo, y encima estabas morado que dabas miedo, y además con una actitud muy imponente, seguro y exacerbado de poder.
Sin embargo no pasaba nada, sólo subía las escaleras y tú me seguías ya sin mirarme, acusándome, interrogándome a cada fastidioso escalón. Y ahi acaba. Quizás no fue el sueño por sí solo lo que importa, sino lo que viví después del mismo: me levanté temprano, desayuné un café y un sándwich, me trasladé a una librería al sur de la ciudad, compré un par de libros, y enfilé rumbo al trabajo. Lamentablemente soy muy malo calculando el tiempo, y llegué con bastante antelación de dónde contar.
Me metí a una de las tiendas que tienen mesas, compré un café y me dispuse a leer. El relato que leía era muy bonito, y bastante sintético, en todos los aspectos. Una apreciación bastante influida por el sabor del café, peor que nunca. No sé si ese sea agua con sabor a café o sustituto de tal pero generó corto circuito en mi desabrida lectura. Levanté la mirada y tras la ventana de la tienda vi pasar a un Barney, tú sabes, una persona que trabaja de botarga, sin la cabeza del dino puesta, tomando un jugo de manzana. Se veía cansado, y la chica que iba tras de él con una maleta, donde supongo traían el producto a publicitar, se veía muy angustiada; casi lo correteaba. Una rencilla laboral más, tal vez.
Cuando pasaron 20 minutos muertos en los que un final predecible, y una mirada de mentada de madre al dependiente de la tienda, me metí a trabajar. Cuando entré al elevador caí en la cuenta que te había soñado la noche anterior justo del mismo color de la botarga. El proceso mediante el cual tu cerebro relaciona cosas que entran durante el sueño parecía invertirse. Coincidencias, ya sabes. El conspiracionismo es una religión.
Cualquier implicación metafísica o interpretación absurda fueron suprimidas al ponerme en contacto con el mundo laboral. Nada nuevo, mejor humor en el ambiente, fiestas recientes entre algunos de mis compañeros, en su mayoría mujeres maduras, e idilios amorosos entre algunos, hacen que el poco trabajo y buen ánimo reinen en el aire. Como su insoportable aromatizante con el que bautizan a todo el edificio.
Los días han estado nublados, tú los llegaste a ver , así que a eso de las seis de la tarde, las calles aledañas ya se ven seminocturnas, poca gente y perros paseando escaparates. Salí a esa hora a fumar un cigarro. Hacía un frío agradable, el tabaco estaba seco y tostadito, un espacio de aire húmedo, azul. Sé que no me vas a creer, pero a contraesquina, en el interior de la tienda donde había tomado mi café estaba un tipo igualito a mi, que no era yo, leyendo un libro y tomando un café, con la misma ropa que llevaba puesta. Sí era yo.
Ante el desconcierto de verme, sentí el frío más hondo, como que había cambiado de humor, y de espacio y tiempo. El terror tiene formas muy especiales de manifestarse.
El psicólogo habló de una especie de alucinaciones, y el doctor me recomendó pastillas naturistas y que adelantara mis vacaciones exclusivamente para descansar. Ni una ni otra, en esas estaba cuando te fuiste de una forma violenta. Ahorcado, morado. Muy morado, casi irreal. Pero no, te fuiste sin más. Desde entonces la policía me investigó y mi familia me ve con cara rara, ya casi nadie me habla.
Lo que sí es que todos se enteraron de tus movidas y aficiones; tuvimos que moderarnos también. Y vine porque te extraño, porque soñé anoche que estabas morado, pero que no era cierto, que sólo te dormías mal y te andabas ahorcando con el cable de los audífonos. Pero ya veo.











