Thursday, October 01, 2009


El mejor enemigo

Rikishy.

Entonces cuando apareció en mí la idea de matarlo no me pareció tan graciosa. Pero tenía que hacerlo, iba mi vida de por medio, aunque la conciencia de por sí ya no me dejara. Era sólo un bichito con escamas, diminuto, amable, inofensivo. Era la verdad en mi cabeza. Ahora lo puedo contar, pero no es algo que me dé mucho orgullo precisamente.

Simón, así lo llamó Ana Laura el día que se quedaron todos a dormir. Lo compré como recomendación de un amigo que daba masajes en un Spa para “señores”, según esto, para auxiliar al manejo de mi stress y no tener demasiadas fijaciones perjudiciales en mis ratos de ocio. No tenía nombre porque había comprado siete más (la pecera tenía espacio suficiente), y todos eran iguales; bueno, casi.

Y no se como Ana Laura siempre que venía, sabía que era él; es el más mamón, decía ¡huevos, pinche pez mamón!, pero también le agradaba, como a mi, porque comencé a observar más a mis mascotas, y no tenían contratiempos de nada, se divertían, salvo Simón. Así pasaron un par de semanas, hasta que un martes por la mañana, limpiando la pecera, descubrí que dos de mis charales habían fallecido. Esas cosas pasan muy a menudo, según me habían dicho: comen mucho, se intoxican, se pelean, muerte por las condiciones de la pecera, etc. No le di mucha importancia, hasta que una noche de marzo, jueves , me levanté con una tensión insoportable en la nunca. Hacía un calor que se sentía en el suelo de la habitación en la que dormía. Cuando bajé por un poco de agua o hielos, vi con horror que todos mis peces estaban muertos, todos salvo uno. No fue noticia, pero lo que sí pasó fue que esa noche no pude dormir hasta las nueve de la mañana.

Ahí estaba, como retador, de frente a mí, viéndome, mi animal relajador, mi juguete cruel, reclamándome algo, juro que no sabía qué. Sentí miedo, me arrepentí de hacerle caso a los holísticos. Con el paso de los días me calmé y pensé que el muchacho sólo era inquieto, y que si iba a morir, tendría que ser vía natural, azarosa y acuática. Compré tres compañeros más, para probar. No hubo mucho que probar. Decidí que Simón le gustaba la vida en silencio. Simón, El Pez Estepario.

La segunda alarma me llegó un día que estaba viendo la televisión, un sábado, durante la noche, era mayo. Veía con cierta hueva una película de robots matones cuando escuche que el agua de la pecera se agitaba, como si la estuvieran sacando con la mano. Volteé inmediatamente, y el sobresalto me cogió de la parte más fina de la piel, los nervios se me estropearon cuando observé cómo Simón intentaba desesperadamente salirse de la pecera. El problema del pez no eran sus compañeros, ni su forma de ser, era yo. La idea de una tendencia suicida quedaba descartada. El tipo es un viajero, y al agua debe regresar. Pero en cuanto se lo conté a Ana Laura, vino inmediatamente a mi casa, junto con su novio, que era profesor de Yoga; y psicólogo de animales. Me convencieron de que lo mejor sería que me relajara, y que platicáramos “los cuatro” juntos para ver si podíamos llegar a un acuerdo, además me convencieron con el argumento de que Simón había llegado a mi vida a cumplir una misión, y que desde que lo tenía me veían mejor. Ya no estaba ansioso era cierto. La idea de dejar un rato a solas a Franco, el ecologísimo novio de Anaconda, su nuevo apodo de cariño. Además lo decía con e “Ana-quenda”, arrastrando la “e” aspirándola de forma lasciva.

Tres horas. Una película de amor que acaba en desastres múltiples, palomitas y cerveza, cigarros. Franco salió pálido, estaba temblando. Primero pensé que era una mala actuación para quedar bien con la chica, pero el tipo parecía realmente consternado; Ana Laura le dio té. Franco dijo que Simón estaba devastado porque había matado a sus compañeros, y desde entonces había estado intentado escapar, porque temía ser él el próximo. Además había algo terrible dentro de mi casa, ¡De mi casa! El profe de Yoga sugirió que me saliera un tiempo de mi hogar, a lo cual contesté con una risa estruendosa y de muy mala leche, para acabar corriendo a la pareja Greenpeace.

En venganza decidí meter a Simón en una pecera más pequeña y taparla con libros. Sin embargo el stress regresó, y el insomnio también. Y no venían solos; pesadillas, cansancio, dolores corporales, temblores en las piernas. Una madrugada de julio desperté, era lunes. Escuché voces muy tétricas, pero descubrí con horror que eran dentro de mí, de forma involuntaria. Estaba desvariando por completo.

Ana Laura y, sobre todo, el pelmazo de su ahora prometido, dejaban incesantes mensajes en la contestadora; primero fueron en tono conciliador, posteriormente pasaron al enojo, y por último me amenazaron abiertamente de que debía dejar hablar al shaman con el corazón de Simón. Decidí desconectar el teléfono y el timbre de la casa. No obstante tuve que salir por comida y artículos de aseo personal, realmente me estaba descuidando, y la idea de tirar al bicho nació entonces. Pero había una fuerza extraña que me impedía hacerlo, maldita aprehensión, era desagradable, porque no era compasión ni consideración por el animal, era miedo. En mi visita al centro comercial compre varias cosas, entre ellas sosa para limpiar la estufa; sosa, eso era, se me caería un poco en la pecera para hacerme idiota a mi mismo con el pretexto de que era comida. Sabía que era absurdo, pero me pareció tentador. Cuando regresé, el cerrojo de la puerta estaba violado. Fueron ellos, Simón no estaba, sólo había una nota que decía “lo sabemos todo”.

Por eso es que vengo aquí, porque quiero hacer las paces con él, porque ya no puedo más con la cabeza. Es por ese motivo que me escapé tantas veces, porque la verdad me carcome, porque yo lo hice, la quería mucho, pero no pude soportar que se fuera de mi vida así sin más, como un pez libre.

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