Wednesday, February 10, 2010


El Fantasma

Ricardo Pineda

“El perro ya está viejo, se llama Chacho; también está enfermo y gordo, no lo molesten”. Eso fue lo que les dijo a los niños, fue lo último de hecho. Después guardó las revistas viejas de su mesita y se fue a dormir. Ya nunca más volvió a despertar.

Y es que sus últimos días los había pasado en el anonimato total, como un fantasma, sin hablar con nadie o que otra persona se dirigiera hacia él incluso para comprarle alguna revista. No le preocupaba mucho el no vender nada, tenía un dinero guardado que le ayudaba para lo básico: luz y comida, era todo lo que necesitaba. De cualquier manera, casi no le daba hambre.

Tenía aproximadamente cinco meses de muerto cuando se dio cuenta realmente que esa vida no le satisfacía. Pese a que se aburría con frecuencia, el tiempo parecía ir a pasos agigantados, muy veloces. Contempló la posibilidad de ser alguien que se estaba negando a su realidad, que estaba rebasado ya. No creía que fuera tan viejo, que estuviera tan enfermo realmente, o que tuviera que retirarse. Como sea murió, se murió y se negó a los hechos. Después de días de pensárselo mucho decidió ir a la casa de ella.

La casa, aunque no tuviera mucho tiempo de haberla dejado, se veía diferente, más cuidada quizás. Hacía un frío que calaba todo su “cuerpo”, una especie de miedo que le advertía que no era correcto llegar así, tan de repente, pero ¿qué iba a hacer? ¿Anunciar con platillos su llegada? Sabía que no sería bien recibido. En general nunca lo fue, pero el asunto era tan privado que ni a él le importaba el hecho.

Entró en la sala, vio con detenimiento cada rincón en la oscuridad: los juguetes en el librero, la barrita de la cocina donde rió muchas noches en compañía del mejor café que haya probado en su vida, la mesita de centro donde ponían las tarjetas con mensajes de cariño y reconciliación. Todo le era ajeno ya, esos recuerdos volvían confusa su mente, llegaban en un torrente de colores, recuerdos que pese a que eran agradables no le hacían muy feliz el repasarlos. Pero era inevitable.

Y vio también las escaleras, donde discutieron por última vez y terminaron por acordar la solución. Las mismas escaleras que conducían a su recamara, donde muy probablemente se encontraba ella, durmiendo el más profundo de los sueños. Tras el primer escalón, el siguiente se presentaba como pésima opción al anterior, sin embargo ahí estaba, subiendo y quebrando los escalones con cautela, le dio pena no percibirse, quizás debido la excesiva oscuridad, en el espejo del pasillo que conducía a su habitación. El silencio era distinto al de otras noches en casa, como cuando no podía dormir, que de un tiempo a la fecha se habían convertido en incontables, pero esta noche en particular el silencio era sumamente sepulcral, hostil, pesado.

El picaporte parecía la barrera más infranqueable y prepotente del mundo, un insulto contra cualquier buena intención. No obstante se atrevió a girarlo, o algo así, para poder entrar a la habitación, como quien abre una bóveda secreta y difícil él abrió esa puerta, especie de sarcófago, y entró tratando de hacer el mínimo ruido posible. Estaba dentro. Cerró.

La habitación ahora parecía sumamente pequeña, ordenada incluso. Observó cada rincón con detenimiento, robando el instante en su mente, conservándolo por una eternidad que lo trascendiera, evadiendo cada borde que acercara el cuerpo de ella en su campo de visión. Sin embargo no tardó en dar con su cuerpo tendido sobre la cama, de lado, apacible, vulnerable, con la cobija cubriendo la mitad de su cuerpo, arrugada, delgada, y en apariencia, suave.

Ahí estaba, parado al pie de la cama, paralizado, sin intenciones de moverse para no hacer ruido, contemplando su cuerpo. Lamentó por completo el ya no estar, le dieron ganas de despertarla y platicar, llorar, quizás hacerle el amor y reír por nada toda la noche. Pero una vez más no pudo. De pronto todo fue confusión, los recuerdos se volvieron insoportables, inasibles, tomaron forma real, eran una masa amorfa y enorme que en conjunto se transformó en una gota, una lágrima tal vez, espesa y pesada como aceite.

La gota es más que un sueño, es un cuerpo, el propio, convertido en un líquido con forma pero sin bordes, de color azul rey, que cae sobre un fondo morado tenue de a poco, casi sin querer. Una atmósfera densa en el aire hostiga el cuerpo, lo va haciendo insoportable, cotidiano, lo quebranta haciendo pequeños orificios por donde se desperdiga el interior, el contenido, la sangre.

La sangre es una espina de color más amable, azul turquesa, de la espiga se forma una gota, otra lágrima de mil recuerdos, de dos memorias, más espesa y dura que la anterior, que sigue cayendo, ahora más rápido. El aire es ambiente y el ambiente son días en desaceleración. La gota se rompe, cae sobre el piso, rompiéndose en mil pedazos, en un millón de gotas suaves y delicadas, de todos los colores, vivos, muertos, intermedios. Quizás en ese momento el tuvo otro reconocimiento, el más trascendente de todos, al saberse gotas que se desparraman y vuelven a caer lentamente, ahora hacia arriba, de nuevo hacia abajo, amasando el ciclo que lo reviente una y otra vez.

Sus ojos registraron lo más que pudieron, acarició el cuerpo, cada rincón, cada talle, sólo con la vista, llegó con ella más allá donde su “cuerpo” se lo impidió. Guardó algo que parecía una sonrisa y la conservó, esperando que ésta no se deteriorara nunca. Salió del cuarto con prisa, casi elevándose sobre el nivel del piso, sabiendo que nunca más volvería a esa casa.

Los días que siguieron decidió invertir su tiempo en algo productivo para no sentir que estaba muerto. Intentó platicar con la gente, tener amigos, pero no tuvo éxito alguno. Con el paso abrupto del tiempo, se dedicó a vagar solo. Un día descubrió que había un perro que llevaba días siguiéndolo, más bien parecía un oso, era enorme, estaba sucio y seguramente tenía alguna enfermedad grave puesto que no se le veía un andar normal, tenía que hacer muchos esfuerzos para seguirlo, y se la pasaba echado la mayor parte del tiempo, respirando con dificultad. Entonces decidió ceder ante la voluntad y ritmo del animal. Puso un puesto de revistas viejas, que iba recolectando de las oficinas y fábricas que tiraban muchas de éstas a granel.

El puesto se encontraba en una esquina, sobre la banqueta, justo enfrente de una especie de parque, extensión de una pequeña iglesia. Casi nadie se pasaba por ahí, la colonia era peligrosa y por lo visto la gente estaba muy ocupada como para sentarse un día en las bancas del parque o para comprarle alguna revista. Los días seguían sucediéndose y él encontraba las cosas cada vez más imperceptibles.

Un día, el perro estaba muy agitado, respirando con prisa, viéndolo tranquilamente contrastando tétricamente con el resto de su enorme y peludo cuerpo. Él lo vio con preocupación, sabiendo que no había mucho que hacer ya. Unos niños se acercaron a burlarse del perro, a quererle hacer travesuras. Él les dijo que lo dejaran en paz. Los niños lo vieron a los ojos con espanto, pálidos de repente, como si hubieran visto un fantasma.



Muestralo a tus amiguitos en !!!|

1 comment:

Anonymous said...

Me gusta lo que escribes y la manera en la que mejoras. Ahora yo te felicito. Cuídate mucho y sigue escribiendo.
Cecilia R.