Monday, May 17, 2010



LUNES DE MUECAS

El lunes de la semana pasada la parada del autobús estaba vacía, bueno, casi. Hoy se encuentra cercada con lazos que impiden el paso y obligan a los peatones a bajarse de la banqueta, hay cuatro o cinco personas pintándola, cambiando los anuncios viejos por nuevos, haciendo con detalles mínimos un paisaje nuevo. El lunes de la semana pasada me pareció haberte visto por última vez, o quizás fue la primera, ya no lo recuerdo bien, sólo hiciste una mueca horrenda y te fuiste sin más.

El lunes anterior a ese se cayó todo el teatro, lo supiste todo, y en la parada me encontraba yo, cubriéndome de la lluvia y esperando a que sucediera algo, escondiéndome tras el frío y el miedo, temblando porque no tenía otra cosa mejor que hacer, deletreando palabras complicadas en la mente; matando el tiempo. Ese lunes tú pasaste y me miraste, ya un poco entre convencida y enojada, te paraste para conversar, o sólo hablaste tú, no recuerdo bien. Dijiste que las caricias te asfixiaban y que detestabas esas miradas, que estrangulaban el buen tiempo que hacía, y que tarde o temprano acabarías por mandar todo al carajo, que tus sueños profesionales no eran más que una tontería en comparación con los demás sueños, que no querías terminar amargada, con tics en la cara, tensa de responsabilidades, estrés y trabajo. Dijiste también que no querías acabar ensuciándote todas las tardes y fines de semana adentro de un vagón de metro, derritiéndote de calor, que le tenías pavor a que la ciudad te hiciera vieja, a que desaparecieras ahí, donde todos se encontraban.

Y el lunes anterior a ése no pasé por la parada del autobús, viajé en colectivo y al lado de mí iban tres niños, de entre diez y doce años de edad, acompañados de un adulto, el cual los venía instruyendo acerca de los peligros que hay en la ciudad, de cómo debían de cuidarse ante una emergencia. Dos de esos niños miraban al adulto con la boca abierta, absortos ante las revelaciones del maestro. El otro niño miraba al señor con desconfianza, como si lo que dijera fuera una mentira, con una mueca de lo más hermosa, la misma mueca que pones todos los lunes, la mueca de la inconformidad de quien se sabe en un lugar que no le agrada. Esa misma mueca fue la que puso Alberto el día que recibió su premio, o tú misma, cuando me contaste que todos en la oficina reían por algo que te pareció de lo más burdo. Esa mueca es única, y desaparece cuando se muere el día. Efímeros.

Con trabajos logro recordar los lunes, son unos días muy feos, pesados, saber lo horrible que resultaría saberse eterno. Unos los sortean de la mejor manera, y le entran con ganas y humor, otros entran a la verdad de lleno, y lo enfrentan con toda la parsimonia que pueden, que les queda rezagada del fin de semana. La derrota pinta como la mejor opción para enfrentar un lunes; pasa más leve. Pero poco a poco se dibujan ciertos trazos de aquellos lunes, los que fueron diferentes, los que tuvieron coincidencias en el chocolate, los que tuvieron encuentros de miradas furtivas y detalles invisibles, de tantas y tantas muecas, enormes y retorcidas. Los lunes son de muecas, y tu presencia es una enorme, tu ausencia es la mueca mayor.

Hoy es el primer lunes, o en realidad el último, no lo sé a bien, parece que te conocí un lunes, y cuando te hablé lo primero que hiciste fue retorcer tu boca, esa que nunca toqué porque estaba chueca, tenía una mueca enorme que denostaba inconformidad, que cortaba los cables por completo.



Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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