Tuesday, September 07, 2010


Desencuentros afortunados

Ricardo Pineda

Vamos a aferrarnos a decir las mismas cosas, de vuelta al play, la misma canción una y otra vez hasta que el disco se raye. Él la espera todas las tardes en el parabús escuchando su i-pod con Patti Smith, Kings of Convenience y Wilco como compañía, ella no siempre llega ni sabe quién es Wilco, él se ha acostumbrado un poco, sólo un poco. Se hablan en tercera persona para evitar fricciones o malentendidos, quizás porque ambos saben que sus circunstancias son ajenas, que esta vida tal vez es prestada y todo alrededor desaparece cuando están uno frente al otro, lo cual los vuelve externos, invisibles, otros.

Ella es una tumba, una verdad escondida detrás de una banca abandonada o los restos de comida tras una charla que arrebata palabras y colma de silencio. Ella es invisible para sí misma y no comprende cómo es que tiene las zapatillas llenas de lodo, cómo el barro ha subido sin darse cuenta hasta las comisuras de sus jeans. Un tiempo pasado, de infancia tal vez, un mal recuerdo traído a colación por equipajes añejos. Una sonrisa que cuesta media vida poderla esbozar, un dibujo que se hace a la contra, sin voluntad, casi por inercia.

Él es una mentira descubierta de niño, cuando los demás se aferraban por tratar de ser, un indefenso que siempre se sintió otra cosa, un vulnerable poderoso, un perdedor hermoso como muchos otros, sin un ápice de excentricidad, de interés, una revista fea y arrugada que nunca se pudo editar, arrumbada en un baúl sin recuerdos.

Ninguno de los dos piensa lo mismo, siente lo mismo o encuentra punto de convergencia, eso es lo que los hace tan invisibles, tan únicos, tan sólidos: nada, y nada de repente intenta mover un brazo para que ella no lo tome y no caminen y no conversen, entonces todo puede pasar. Él la espera todas las tardes aunque llueva y a sabiendas de que lo más seguro es que ella no llegue. No quiere acostumbrarse, aunque sea un poco. Pero lo hace, se rinde ante lo improbable de la tarde.

Pero a veces ella llega, y es un desbarajuste, arroz y frijoles con salsa, fríos y deliciosos. A veces ella lo ve a los ojos y le habla en tercera persona en un mensaje indescifrable, ni siquiera ambiguo, inentendible, hipnótico y repetitivo. Entonces cuando tiene toda su atención, de repente, ella calla sin más, dejan de verse, perfilan su mirada hacia otro lado, desapareciendo el uno del otro, volviéndose nada. En ese momento sucede, y él habla sin cesar, se pone neurótico, ansioso, habla sin respirar si quiera, es una víbora indefensa sobre el agua haciendo eses, corriendo intempestuosamente sobre sí misma, en círculos, danzando furtivamente, huyendo de sus pensamientos y arrepintiéndose de sus palabras, feliz de actuar, palabras, imágenes, demasiadas ocurrencias y lugares comunes, verborrea precoz y senil, innecesaria y vacía, vomito lingüístico, chorro mental, y llenado del silencio con frases absurdas e imprudentes, de mal gusto, grosero, pelado, impropio, poco elegante, bla bla bla bla bla. Entonces deja de suceder, se acaba la magia, y sucede, es entonces cuando sucede, sólo dura medio segundo, estrictamente medio segundo ni más ni menos.

Ella por fin vuelve a verlo con recelo, con desconcierto y desasosiego, como quien ve un perro amenazante con la pata izquierda herida, y se pregunta lentamente como quien deja una figurilla de cristal sobre la mesa de centro sin fondo en qué momento fue que todo se salió de control, en que momento se le torció la boca, ¿fue antes? ¿Ahora? ¿Después? En qué puto momento se le torció la boca convirtiéndose en sonrisa, tornándose en silencio ensordecedor, una astilla en el alma.

No existen los días, no existe el tiempo, no son el uno para el otro, tampoco son ni lo uno ni lo otro, son la nada, la nada que va y viene, que se respira, que viaja en taxi, en metro, en combi, en metrobús, la nada que espera, la nada que no espera nada, el absurdo que se anda libre en el aire contaminado de la ciudad, que viaja hasta la playa y regresa a los desiertos de otro país que jamás visitarán, la nada dentro de la nada, el instante entre instantes, el interludio entre sus verdades, la mentira entre tanta verdad, la cursilería sin pena, el bochorno contenido dentro de lo lógico, el oxímoron por antonomasia, el desencuentro afortunado que ninguno de los dos esperaba y fue dado.

Ella camina, sale del edificio y dobla la esquina, llega al parabús y no ve a nadie. Entonces sucede.



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