La Otra Voz
Ricardo Pineda
Decía William S. Burroughs que el escritor, el artista, no era ni de lejos un genio, jamás sería un genio, pero lo que sí podía ser es una antena que percibía ondas, imágenes y todo tipo de cosas para plasmarlas en el papel (ahora la pantalla). El papi de la generación beat argumentaba que en el mejor de los casos el artista estaba poseído por el genio, éste le dicta al escritor qué es lo que tiene que plasmar.
Es un lugar común, lo reconozco, una chava escritora en una borrachera de departamento se mofó de la frase diciendo cual escritor con trayectoria “ay, cuántas veces he escuchado eso, me da risa”. Yo iba en ese tren, ya que también lo he escuchado y visto varias veces en todas las aristas del arte, con fuerza traté de quitarme de ese casarse con un cliché: Silverio por ejemplo es un personaje bien creado y respetado por Julián Lede en la música, el poeta portugués Pessoa se creo no uno ni dos heterónimos con cualidades específicas cada uno, los raperos a veces suelen llamarle flow aunque la idea está un poco alejada de ese “otro”.
Fue en la universidad en Teoría del Arte (Teoría de la Comunicación II) que leí el libro La Otra Voz, y el releerlo este año, que recobré esa perspectiva de la otra voz que habita en el poeta, artista o escritor, creador como quieran llamarlo. Paz sostiene en ese ensayo de buena factura (que dicho sea de paso hizo que me reconciliara con la literatura del Nobel), entre otras cosas como la poesía y la posmodernidad, que a través del poeta habla una voz, una tradición, una especie de aliento característico que es lo que le da color a nuestro trabajo, lo que lo define, su esencia, su personalidad. No había creído en tal cosa hasta hace un par de años cuando hacía ejercicios de escritura automática que me di cuenta de que había cosas en común, cosas que en mi trabajo, de 2005 a 2007 seguían sin gustarme, con el tiempo eso se mantuvo, habitó en mi cerebro como un feto en gestación hasta que un día lo abracé como mío esencial, eso se percibe más en mis escritos recientes, sobre todo literarios, pero también se asoma en mis ensayos y trabajos periodísticos.
La obra de arte ha solido ser la enfermedad misma, el vomito de las entrañas, nuestro ser, según Freud la esquizofrenia en ciernes, la neurosis para ser más específicos, las manías, nuestros traumas, que siendo arte nos regresan un poco al mundo, nos ayudan a partir de otra realidad quizás a entrar de manera distinta a ésta. Algunas son una postura directa y clara, divertimento otras tantas, pericia técnica para saber contar o expresar algo, la técnica siempre ha sido esencial y los atajos nunca están de más, pero lo cierto es que hay un aliento que me temo hay que seguir, con la consciencia plena de que somos nosotros (tampoco nos engañemos), somos quienes acertamos y erramos.
En cierto momento postnoventero, Graham Coxon, ex guitarrista (o aún ahora con eso de los reencuentros) de Blur decía que había una vocecilla que no le dejaba de repetir que tenía que hacer lo suyo. Lo hizo, no pegó como su bandota britpop pero sí se hizo de una voz, maduró y se ve que está contento con ese crecimiento que tuvo como músico, artista y persona.
Hace un par de días vi una película que seguro entra en mis cinco mejores películas del año, Cainsbourg, Vida Heroica; una biopic del controvertido, elegante y chingonsísimo artista francés Serge Gainsbourg, en la que narra también un personaje, el Dr. Phillipus, que era un ser repugnante, elegante y gañán que atraía, amaban odiarlo. Desde su niñez se fue gestando este personaje, a la par pero con otra forma, creció junto con él, de ahí que suelen decir trabajo de largo aliento (sobre todo en la extensión) o de voz madura. Un artista, por sencillo que sea, debería, para mí, ser muy riguroso con lo que muestra, una curaduría de lo mejor de sí, fruto de un trabajo muy dedicado, añejadito, se siente cuando somos jóvenes.
A través de la idea de espíritu y voz se pueden encontrar intertextualmente generaciones o puntos de comunión, la originalidad, decía el maestro de fotografía de un amigo, a veces es falta de bibliografía, llevamos muchos años en el planeta y muchas cosas ya se han dicho y de la mejor manera posible. Pero faltamos nosotros. Lo que leo en Chevers, Carver, Pinter y Auster, en ocasiones es lo mismo, es un invisible que rompe, es una nada que cambia, contención y abstracción de todo lenguaje y mensaje a partir de éste.
No importa si somos nosotros mismos, si es otra voz, si es un alma colectiva, un espíritu de algo que habla y grita en silencio la misma canción. No tiene mayor relevancia si le dices el caché, el mojoe, el flow, lo importantes es que a eso es a lo que hay que atender sea cual sea la cosa a la que te dediques, por muy jodido (a) que estés o por muy dura que esté tu situación. No hablo de arte, estoy tratando de decir que a veces los clichés nos ayudan a llegar a cosas trascendentales de nosotros mismos, que no sabíamos a bien que existían. No quiero sonar a cursi y optimista, aunque tras leer este texto me doy cuenta que una vez más, invariablemente lo volví a hacer. No importa, le echo la culpa a mi voz, no a la mía, si no a la otra. Buena noche, buen día. Enjooooooy!
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