Sunday, September 19, 2010





Leche caliente y miel

Ricardo Pineda

Apenas se escuchan ruidos en la calle vacía, sólo uno que otro carro que pasa a la distancia, la vista a la media noche sobre las azoteas del barrio pinta un paisaje tranquilo y sobrio; cables para tender la ropa y tinacos lucen apacibles. Todo está callado y sereno, una que otra luz continúa encendida en algunas casas. Las sombras de la oscuridad son más imperceptibles aún, salvo una que anda por ahí, que se mueve cautelosamente, pertenece a algo o alguien que parece acechar furtivamente, si no fuera por la elegancia y tranquilidad que proyecta.

Es Chacho, el gato de nadie, del barrio, que tiene nombre de perro y es pinto y regordete. Llega tras una semana de fiesta gatuna en otro vecindario, sortea con pericia y tranquilidad los tabiques y vidrios postrados en las partes altas de las casas. Brinca de la azotea de un hogar a otro sin mayor problema, con ligereza envidiable, huele alguna envoltura de comida perdida y detiene a ratos su trayecto para cerrar los ojos mientras siente el viento que golpea suave pero con suficiente temperatura como para encogerse. Continúa su caminata.

Justo en la casa 23 B de la calle solitaria y oscura, Chacho se detiene, encandilado por una luz que le llama la atención; es la casa de enfrente, el 32 A. Es la luz que proyecta el foco de una habitación con un gran ventanal, en su interior hay una mujer de edad avanzada, casi de 70 años, sola, sentada correctamente en un comedor, con la espalda firme pese a lo encogido de su cuerpo, está viendo hacia la pared que tiene enfrente, más allá de la tasa blanca y humeante que está sobre el comedor.

Chacho la mira con curiosidad, entornando sus ojos, la ve ahí, desconcertada. Redirecciona su posición de caminante sesgado para postrarse frente a la otra casa, descansa sus patas traseras con suma lentitud, sin perder de vista la imagen deslumbrante de la mujer. Ahora las delanteras, con cuidado, Chacho levanta un poco la cabeza en señal de alerta, cree que alguien lo ha visto, pero se tranquiliza al ver que sólo es la anciana que toma con sus dos manos la tasa y da un sorbo pequeño, y al parecer reconfortante. A Chacho se le antoja el contenido, ya que con su vista, desde lejos puede adivinar que es leche. Continúa observando con curiosidad la ventana, el cuadro que tiene enfrente, acurruca su cabeza sobre sus patas delanteras, el sueño lo quiere vencer pero el frío no deja que descanse a plenitud. Inclina la cabeza para ver con mayor detenimiento.

Alguna vez, en un momento de su vida, Victoria tuvo un gato al que llamó Azabache, como la canción, la piedra y el famoso caballo; era negro, flaco y elegante. A Victoria le gustaban mucho los gatos pero no podía tener ninguno debido a su alergia y los reclamos de la familia, encima de que era consciente del diminuto espacio y las condiciones en las que vivía en ese entonces.

Azabache era su mascota y solía perderse días enteros, por lo que aprendió a acostumbrarse, a darle la comida y compañía necesaria, "gato de un rato" se decía a sí misma para que la imagen y el apego no le pesaran en sus días.

Victoria, como Azabache, alguna vez se sintió sola estando entre cientos de personas que la querían, y le propinaban su afecto, fue entonces que encontró a Luna, el chico que la acompañó por cigarros, que la besó una noche y luego regresó en forma de amigo. Luna y Victoria compartían intereses y solían verse seguido para ir al cine, platicar de sus amoríos o de música, o simplemente echarse en el pasto sin producir palabra alguna. Ni de lejos Luna era su mejor amigo, un pretendiente o alguien muy especial, sólo era un tipo que tenía la virtud de contestar lo justo y desaparecer cuando era necesario sin pedírselo. Tuvo un nombre y seguro Victoria lo recuerda, pero su apellido era más común y divertido para ella, formal para él; sentían que le daba un tonto aire de seriedad.

“Un hombre serio siempre te va a dar seguridad” decía Luna con cierta sorna cada que no había más qué decir, que sentía que debía llenar el vacío con estupideces. Victoria se reía un poco ya que sabía que era parte de del ritual, de una práctica común y frecuente entre ambos.

Un día Victoria llegó a casa de Luna, pensando previamente en el camión que la llevaba a su casa, en qué pasaría si Luna le gustara, le gustaba; si lo quisiera mucho, lo quería, si le declarase su amor. Entró a la unidad donde vivía Luna, subió los escalones poco a poco hasta llegar al piso 7, con cautela, como si fuera una ladrona profesional, como por azar descubrió que la puerta del departamento estaba abierta, lo cual hizo más especial su papel de invasora silenciosa. Abrió la puerta con detenimiento, caminó unos cuantos pasos, no vio a nadie, siguió su camino por el pasillo; del lado derecho la primera puerta era de los padres, la de, el baño. El cuarto de él estaba al fondo hasta la izquierda, la puerta esta entrabierta también, ahí se encontraba Luna, poniendo gestos ante un pedazo de papel en el que garabateaba o escribía algo; ella lo vio con la intención de que nos e diera cuenta de sy presencia, no lo quería sorprender, por un instante que le pareció muy largo, se dio el tiempo de poderlo contemplar sin pensar en nada más, encandilada. Idiotizada.

Estudió con la vista todos y cada uno de sus detalles: el rostro primero, sus cejas muy pobladas, su nariz de bola y los labios delgados, de niña, sus lunares en los brazos y su apariencia corporal de chamaco enojado, de señor inmaduro, distinta a la de la demás gente, sin idealizarlo; era feo pero a ella le gustaba, le brindaba seguridad verle los vellos de sus brazos, saber que no era su rostro, su cuerpo o su forma de ser. Eran sólo unos pelitos de color rojizo adheridos a unos brazos gordos y a la vez enclenques. Seguridad de no ser amigos, de no ser pareja, sino de ser en él: egoísmo. Ser él.

Contuvo el aliento para que Luna no sintiera su presencia, lo vio más tiempo, lo retuvo con la mirada, registrándolo para siempre en su memoria, capturándolo como eterno. Luego salió del departamento sin hacer ruido, ceró la puerta y tocó el timbre. Luna llegó y, como siempre, tomaron juntos té de naranja, que a ella la hacía sentirse más tranquila puesto que solía ser muy nerviosa. Tras esa tarde en el departamento de Luna, Victoria fue asaltada en el camión de regreso a su casa de manera violenta, fue despojada de lo poco que llevaba: un monedero con cosas valiosas, dinero y un collar de plata que le había regalado una amiga; lo que más le dolió fueron los discman que llevaba, ya nunca se compró otros y viajó en silencio, con miedo, el cual nunca pudo escparse del todo.

No quiso comentar el asalto a nadie para no alarmar, la procuraban mucho, pero tampoco supo cómo quitarse el miedo que la acompañó desde que nació: miedo a que le pasara algo, a quedarse sola, a casarse con alguien al que le tuviera miedo como su madre, a abrazar el miedo. Amar el temor al miedo mismo, miedo después del asalto, a que las cosas no funcionaran, miedo a tener conciencia de las cosas.

Con el tiempo Luna desapareció, como era de esperarse; una relación anómala de aproximadamente un año de duración en la juventud los convirtió en una estación de paso el uno para el otro, mas ella aún tiene el recuerdo vívido de aquél entonces. Nunca se buscaron ni hicieron esfuerzo alguno por mantener la relación.

Victoria, por su parte recorrió varios países durante 24 ó 26 años de su vida debido a su trabajo y escuela, becas y demás eventualidades, llegó a enamorarse pero fue siempre fue efímero y con dejo amargo, sólo un par de meses a lo más. Siempre disfrutó más el caminar sola por las calles, conocer en silencio las ciudades y andar despacio pese a sus padecimientos de nervios, paranoias y demás temores infundados. Escribía mucho, sobre todo durante el día ya que, salvo lo necesario, detestaba salir al exterior. Nunca más tuvo mascotas o gente a su alrededor inmediato, sólo lo justo e indispensable según ella. A veces la vida sucede así, sin contratiempos ni altibajos muy notables.

Un día, ya en edad avanzada, Victoria entró a su casa tras una cena con algunos viejos compañeros de escuela, había bebido un par de copas. Encendió el Estéreo y puso una melodía lenta y tímbrica que entonces transmitían por la radio. El volumen estaba alto y con gis; una concha de mar que estaba sobre el librero cayó debido a la vibración de las bocinas, rompiéndose escandalosamente sobre el piso. Victoria se sobresaltó, pero inmediato cayó en cuenta de lo ocurrido.

Al agacharse para recoger los pedazos de la concha, tomó un fragmento de ésta y la miró con detenimiento, con cansancio y extrañeza, sus ojos entornaron el borde astillado del pedazo de concha, sintió de pronto que escuchaba el mar en su cabeza, se imaginó caminando paso a paso en un anochecer sobre alguna playa del país, la que fuera. Suspiró. Recordó que esa conchita la usaba años atrás como cenicero, antes de que dejara el tabaco, cómo se le antojaba un cigarro a esas horas de la noche, pero el doctor había sido muy tajante sobre lo que podía causar una recaída. Sus cigarros rojos de cada tercer día, las charlas interminables, el humo que no se cortaba, Luna y su frialdad, los brazos de Luna, las palabras no escritas de Luna, sus vellos rojizos y su eterna fotografía movible en su cabeza, de alguien que bien pudo haber sido un fantasma, un descuartizador o el amante perfecto que no traficaba con nimiedades.

Cuando regresó del mar y de la juventud, Victoria recogió los restos de la concha y se dirigió a la cocina para tirarlos al bote de basura y prepararse algo de tomar. Encendió la luz de la sala, luego la de la cocina y al final la del comedor, iluminando la casa casi en su totalidad.

No encontraba los cerillos para encender la parrilla de la estufa, los buscó por los lugares obvios y recurrentes sin éxito alguno, no recordaba dónde los había dejado, recargó su brazo derecho en el refrigerador, como mareada sintió náuseas, pero siguió empecinada en su intento por recordar a bien dónde había dejado la caja de cerillos. De pronto, como un choque súbito de autos, se le vino a la memoria de nuevo: Luna, Luna estudiante de derecho, Luna queriendo hacer una tesis sobre reformas en materia de seguridad, Luna poniéndose nervioso ante los silencios nerviosos de ella, Luna encendiendo un cigarrillo con el encendedor recargable de Victoria. Eso era, el encendedor; fue despacio a su cuarto y de una cajita de madera que olía pino extrajo el encendedor que aún estaba cargado, regresó a la cocina, encendió la estufa y calentó un vaso de leche caliente endulzada con miel, le gustaba mucho.

Pero esa noche continuó sintiéndose cada vez peor, se sentó con la tasa humeante en el comedor, colocó un portavasos y dejó caer, temblorosa en sus manos, la tasa blanca de leche con miel. Comenzó a registrar en su memoria alguna pauta que explicase de manera médica sus malestares, comenzó a espantarse, pero no hizo nada, seguía impasible, sentada frente al comedor como en una pintura. En ese momento sintió que alguien la estaba viendo, que ella estaba segura de odiar la leche con miel, que ya estaba vieja y que iba a morir sola, todo eso a la vez, o al menos de manera estrepitosa. Sintió la grasa de su rostro, los bellos de su bigote, Azabache, lo débil de sus huesos, estaba segura de que alguien la miraba, sabía que alguien la estaba observando, se dijo a sí misma “Luna me está viendo”, y se preguntaba después, de forma casi automática, como una especie de mantra “¿Y si Luna me hubiera visto? Luna se sabía visto”.

Se perdió en la pared de la sala que tenía enfrente, clavó su mirada en la mancha de salitre que se filtraba desde la pared contigua, en la pintura a punto de inflarse y descarapelarse, el hueco insoportable que dejaría, la capa de pintura que habría que volver a poner, la pintura del mismo tono que iba a tener que comprar, la pasta que tendría que preparar para resanar previamente. Alguien la estaba viendo, ahí en su casa, era un hecho, un “algo” la observaba y se burlaba en silencio de ella, de cómo estaba con su vestido de noche, serena, perdiendo la cordura de la manera más elegante posible. Alguien la veía de forma hipnotizada.

Tomó sobre sus dos manos la tasa caliente y bebió un sorbo de leche con miel, se calmó, o al menos trató de calmarse, olfateó el dulce del humo lácteo, cerró los ojos, regresó la tasa a la mesa, y volteó hacia el exterior de la ventana. Aguzó la vista. Abrió los ojos con sorpresa. Entonces sonrió.


1 comments:

Furtiva said...

"Amar el temor al miedo mismo, miedo después del asalto, a que las cosas no funcionaran, miedo a tener conciencia de las cosas."

Un beso, me encantó la historia de Victoria y el gato. Quizás porque también a mí se me han ido años sin poder vencer el miedo...