Sunday, December 05, 2010


Ladridos

Ricardo Pineda

Desde el cuarto de Gabriel vemos hacia abajo su pequeño patio trasero, desde donde ladra su perro nuevo que aún no tiene nombre. “Está muy bonito, ¿qué raza es?” Pregunta Eva desde el fondo de la habitación, acostada en la mesa de Gabriel. Nadie contesta, sólo lo vemos dar vueltas en círculo, desesperado, chillando; nadie habla de su encierro, que el animal no está cómodo en un espacio tan pequeño e inapropiado, que quiere salir, aunque todos lo observamos con compasión incluso Gabriel que sabe dentro de sí que no cuidara del animal, nadie se atreve a decir que la situación del perro es cruel ni siquiera yo, todos callamos. Todos menos Eva.

Hace días, casi un mes continuo ya, que no puedo dormir, lo cual me está provocando muchas complicaciones en el trabajo, cualquier día de éstos me corren. Eso estaría muy bien salvo porque tengo deudas que pagar y conseguir trabajo de forma inmediata no es lo que se dice precisamente mi espacialidad. Las ojeras debajo de mis ojos son cada vez más intensas, los ojos los tengo inyectados de sangre casi todo el tiempo y mi humor crece con asombrosa rapidez en irritabilidad.

Hace semanas también que no busco a mis amigos, al parecer ambos bandos se encuentran aburridos uno del otro. Lo mejor es darles un respiro a todos: Gabriel, Eva, Ángel, Román y los demás. Seguro otro día saldremos a ver una película o a una fiesta y como si nada, como siempre ha sucedido. Días de cargar la pila para algunos dice Román.

Me inscribí al gimnasio pero el ambiente de esos lugares me parece algo casi imposible de soportar. He tomado tés y pastillas, cambié el colchón e intenté con varios métodos y posiciones para dormir pero nada ha surtido efecto. El estrés va en aumento y mis vacaciones se ven a kilómetros de distancia.

La semana pasada me cité con Elena Ramos, quien fuera la última mujer en mi vida desde ahora ya hace muchos años. “Deberías buscarte otra mujer”, soltó como primer saludo, como escudo de persona nueva, segura y reluciente. Nos vimos porque tenía un par de libros que necesitaba y para pagarme un dinero que me debía, el cual me viene más que bien puesto que, encima de ser una cantidad considerable, no tenía contemplado que me lo devolviera y me ayuda bastante con mis cuentas por ahora.

La última vez que vi a Elena me aventó un trago en la camisa, dijo que era un imbécil y que no quería que la volviera a buscar. Esa noche, recuerdo, no dije nada sólo estuvimos sentados uno frente al otro, contemplando como sus escusas se convertían poco a poco en diatribas. Tenía mucho que decir, como siempre, mas me quedé callado, sólo, con la camisa que más detestaba ceñida a mi cuerpo, terminando el vodka que aún quedaba en mi vaso, viendo el servilletero de yeso pintado que estaba en la mesa.

Dejé de fumar y beber porque me cansaba mucho y no estaba ayudando a conciliar el sueño. Las crudas terminaron por aniquilar mi energía restante de la jornada laboral y matar el escaso tiempo libre que tenía los fines de semana. Lo nefasto en mí adquiría un brillo especial cuando me emborrachaba: yo, acostumbrado a hablar de forma copiosa e intensa, imprudente, lo hacía más tomado y comenzaba a ser más colérico. La última ocasión que me negué a beber con mis amigos fue un desastre. “Me latías más cuando andabas pedo” Dijo Eva. Todos soltaron la risa, que después se convirtió en silencio incómodo ante mi cabeza gacha, el cual fue interrumpido segundos después por los aullidos de su perro.

Sin embargo, tal vez me mentiría a mí mismo si dijera que no me la he pasado bien, si a alguien que por mera curiosidad me preguntara de repente que si no me he acostumbrado al insomnio y la soledad y me pusiera a largar sobre lo terrible de mi situación, y me pusiera en el papel del autoanalista para ver porqué me suceden las cosas. La verdad es que el andar solo tiene sus ventajas y las películas adquieren otro color y aumentan en número. De la desesperación uno salta a la indiferencia y tal vez de ahí a la resignación. Lo cierto es que llevo un par de días sin pensar en ello.

Este fin de semana que acaba de pasar Eva me marcó por teléfono, dijo que estarían en casa de Gabriel toda la noche, escuchando los discos nuevos que Gustavo había traído de Chile. “No sé qué chingados puede traer de allá y pagar tanto, tiene que ser algo bueno, mira que habiendo tanta madre que baja el tipo en internet, ha de valer algo la pena. Vamos”. Sonreí un poco recordando a Gustavo de pequeño, cuando nos decía que algún día viajaría por todo el mundo y traería viniles para expandir nuestros horizontes. Agarré mi chamarra y partí rumbo a la casa de Gabriel, que quedaba sólo a un par de colonias de la mía.

En el cuarto de Gabriel estaban todos y un par de rostros que ya no me eran familiares. Tomé una cerveza y comencé a beber. Detrás del bajo dulce y acompasado que provenía de los acetatos de Gabriel, se escuchaban los ladridos de su perro.” ¿Ya le pusiste nombre a ese pinche perro Gabriel?, quizás por eso ladra tanto” Soltó Eva provocando la risa de todos, menos de Gustavo, que se estaba tomando la sesión muy en serio. Entonces por fin pude hablar.

“¿No les ha pasado que llega a veces esa tarde de sopor? Hay un instante en que la mitad de las cosas se desvanece y no tienes el control total de tu cuerpo. Estás pensando en un montón de cosas dispersas, y de pronto ya llevas rato pensando en nada. Es como si fuera un sueño consciente”. Todos se me quedaron viendo con cara extraña, unos más parecían querer reírse o soltar un comentario que rompiera el silencio. Eva, Gustavo y Román movieron la cabeza negando la pregunta.

Esa noche por fin pude conciliar el sueño pese a lo incómodo y reducido de la habitación y el pedazo de suelo que me tocó para dormir. El arrullo fueron las voces de Gustavo y Gabriel acerca de música y los viajes del primero. Y los ladridos del perro, que cada vez parecían más fuertes y graves, sus chillidos parecían con los días más desesperados, pareciera que el animal comenzaría a hablar español en cualquier momento.

También tuve un sueño. En el sueño también estaba dormido en el cuarto de Gabriel, y sus ladridos habían hecho que me levantara del piso. Todos dormían; desde la penumbra del cuadro podía verse la ventana que daba a la parte trasera de la habitación, se veía el cielo iluminado y un ruido lejano de una fiesta, mas los ladridos del perro de Gabriel eran incesantes. Me levanté y brinqué los cuerpos dormidos, me dirigí hacia la ventana, desde ahí miré hacia abajo donde estaba el perro. El animal me veía desde la oscuridad, parecía que lo hacía desde el fondo de un pozo muy profundo, apenas se lograba observar el brillo de sus ojos desesperados. Un pozo ciego, desde el abismo. Eso era, me di cuenta de que estaba soñando, sin embargo mis ganas de ayudar al animal eran cada vez más fuertes, los ladridos le resultaban insoportables a mis nervios pero al mismo tiempo me llamaban a la compasión. Moví con cuidado el mueble donde estaba el tocadiscos de Gabriel, subí una pierna en el borde de la ventana, me sujeté del marco de metal y con la otra pierna me impulsé para quedar en el filo en cuclillas. Abajo sólo oscuridad, distancia y frío. Me sentía muy pesado, el llegar a la ventana había sido una labor titánica, que seguro en una circunstancia real hubiera sido lo más sencillo del mundo.

Ahí, en el filo de la ventana, a punto de saltar, pensé en el sueño, que era eso y que tal vez no sería una idea descabellada llevarlo a cabo en la realidad. De pronto acaricié el aire y sentí el viento, estaba espeso, tenía textura, de tela, el aire estaba acolchonado, y entonces me dejé ir hacia el vacío, abrazando el aire, en cuclillas, suspendido de a poco en el ambiente, el perro ladraba cada vez más asustado, respiraba aceleradamente. “Oye ¿qué haces?, no seas marrano”. Era Eva, que me despertaba, quitando mis brazos de su cuerpo, estaba apenado, y Eva furiosa porque pensaba que estaba haciéndole al loco, me soltó dos golpes en la cabeza y luego me sonrió: “estás bien malito chavo”.

Desde que regresé a mi casa esa mañana sólo he pensado en el sueño, que me sentía muy bien saltando al vacío, tampoco los ladridos del perro han salido de mi mente, pareciera que me quieren decir algo, ¿sólo yo los escucharé? ¿A mí nada más me alteran? Desde entonces me he concentrado en eso, pero tampoco he vuelto a conciliar el sueño. Pero la tarde de hoy, durante el trabajo; todo fue distinto.

La cabeza me dolía y mi café se había enfriado. Estaba redactando un reporte mensual para mi jefe, sentía ardor en el ojo derecho. Frente al monitor sólo había dos párrafos, me habían telefoneado un par de veces para presionarme, y aún no se me ocurría nada, estaba muy disperso. “Es importante verificar el flujo operativo para optimizar recursos y evitar sucesos inesperados…”. Hasta ahí iba el reporte; tras la palabra “inesperados” una pequeña línea negra parpadeaba, presionándome como mi jefe para que escribiera más, como si disparara hacia mi cabeza para jalar las ideas. No me percaté que llevaba minutos viendo la línea sin pensar en nada, en el vacío.

Ahí estaba, en el borde de la ventana, con los brazos extendidos, juntos, como si me dispusiera a lanzarme un clavado. Me dejé caer, rodando en 360 grados, con los brazos extendidos a mis lados, ahora separados, cayendo lentamente hacia el lejano fondo de la sotehuela de Gabriel. Caía sobre el viento espeso y frió, rodando; el perro ladraba cada vez más fuerte y rápido, estaba absorto y concentrado en caer, tal vez no sería mala idea intentar caer siempre, estar en ese estado de agradable sopor interminable. Hubo un momento en el que sentí llegar al fondo, mas no tengo el recuerdo muy claro, probablemente estaría mintiendo al aseverar tal cosa, pero pude haber llegado al fondo, acolchonado, y los ladridos del animal tal vez desaparecieron, no creo que hayan cesado, pero sin más, abruptamente, cuando llegué al patio dejaron de sonar. Quizás también ahí, desde el patio, voltee a ver hacia arriba, para calcular visualmente la distancia de la que me había lanzado. Recuerdo un pinto lejano y con luz un tanto pobre, como una estrella a punto de caer.

Esta noche Gabriel ha llegado a su casa y ha descubierto que no hay luz, abriéndose paso entre la penumbra con su encendedor ha podido llegar hasta la cocina, al fondo de su casa, ha abierto la puerta que conduce a su sotehuela. Le extraña que los ladridos del perro no respondan ante los ruidos de su llegada, siente un poco de miedo ante tanto silencio y tiniebla, como cuando era pequeño. No puede ver nada, todo es oscuridad allá atrás, prende un cigarro, la luz que emite el encendedor ilumina tenuemente el reducido espacio, sólo puede ver una porción de suelo, donde sus pies se reflejan, expulsa la primera bocanada de humo; hace frío. El perro ya no está.


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