VIEJO EN UN SILLÓN
Son diez y algo por la mañana. Es un día cualquiera entre semana. La Biblioteca central; todo tranquilo y silencioso, uno que otro lector, un par de estudiantes, una pareja de ancianos compartiendo el Proceso, un tipo crudo durmiendo. Y yo.
Justo frente a mí hay un señor de dad avanzada, se ve un tanto viejo, con un gorro de tela, se parece mucho a David Sylvian, quizás de joven se pareciera más a Ian Brown, cara afilada y barba de dos días clara, pero hoy parece sólo un tipo tranquilo que viene a leer a la biblioteca por la mañana, para hacer tiempo tal vez, o no sé, a lo mejor prefiere venir a leer todas las mañanas que correr por el parque ya que le resulta ridículo hacer ejercicio, quién sabe.
Lo supuse desde que vi su mirar cansino: ha dejado de leer, o mejor dicho; la lectura le ha provocado mucho sueño. Su cuerpo se relaja cada vez más en cuestión de segundos, los minutos comienzan a suceder pesados, lentos. Está entrando en un sueño profundo y delicioso, ronca lentamente, a punto de soñar; está soñando, está entrando a una biblioteca, como el desesperado hereje que entra a una iglesia para encontrar un poco de consuelo, refugiándose ante la presencia del invisible, para esconderse; fugarse.
Un rincón solitario al final del pasillo, un sillón que se presume cómodo, un libro. Los pensamientos son constante obsesión, lo atosigan; vienen en bandada. Son diminutas pirañas de goma que nadan entre sus vasos sanguíneos, lo atacan directamente en la yugular sin concesión alguna, se agazapan en las paredes de su cráneo, las grietas de su cráneo. Son las grietas de su cráneo, las cicatrices de sus pasos; los moretones inexplicables en su piel.
Un niño se encuentra sentado justo frente a mí. Si sigue comiendo seguro recentará. Escribe en una libreta negra con un ridículo listón anaranjado. No deja de mirarme con curiosidad, como si me juzgara incluso. No me simpatiza. Yo alguna vez fui niño y actuaba como si me sintiera mayor; un experto. Comenzaba a escribir de lo que fuera, diarrea semiótica, vómito escritural. Un genuino bodrio literario.
Yo alguna vez fui joven, y en ese entonces significaba todo, pero eso no representaba realmente nada, ya que no tenía consciencia de ello, sólo del hecho de que quería ser mayor. Deseaba con todas mis fuerzas ser grande. De verdad muy grande.
Escribía creyendo ser mayor, un grande. Desarrollé un estilo que sólo los grandes tienen, fui un gran escritor, publiqué muchos libros que hablaban sobre enormes temas, acentué la palabra odio y amor con énfasis y rencor. Derribé enormes muros de todo aquello que significaba ser un gran escritor.
Polvo, neblina, escombros; años pasaron para que pudiera volverse a edificar una nueva ciudad, cortina de humo y una gran decepción.
Cuando todo estuvo claro y el viento entró en acción, me encontré conmigo, del tamaño de un alfiler, sólo que sin el filo ni el brillo de éste. Entonces, por fin, entendí el ser grande: aprendí a ser menor.
Frente a frente, tú y yo. Cuestionas lo que ya sabes y respondes a lo que no se te preguntó. Un verbo atravesado y un viejo sentado en un sillón. El tipo despierta, se levanta y se aleja silbando una irreconocible canción.
2 comments:
Me gusta mucho.
Aprender a ser menor, incluso abandonar tu nombre, caminar por la banqueta, dormitar sin que te detenga molestar con tus ronquidos, adquirir la conciencia de que lo importante es simple, momentáneo y fugaz.
Oye no tengo twitter , pero se que vendes 2 boletucos para el Indie...
me interesa comprarlos
Mi correo es danielhuerta50@gmail.com
o dame tu correo y yo me pongo en contacto contigo
Post a Comment