Como una runfla de chamacos encabronados
Para Argel, Israel, Chucho, Tio, Búbu, Fabo, Rumango, Tisha, Emmanuel, Pau, Itzel, Mao y toda la peña de mocosos.
Relativity report press. Vivimos en el reino de la relatividad, todo suele atender a intereses particulares y muy muy personales. Reza el sobado adagio que lo que es bueno para unos suele ser adverso para los demás. Es con este tipo de ideas, a base de prueba y error y la imitación, que uno se va abriendo brecha ante los embates de la vida. Y de repente es así, a fuerza de pequeñas tareas que se van sumando a lo largo de los años, que uno se convierte en un ser maduro.
Madurez, ¿qué significa realmente? Por lo general es una palabra que a la mayoría le viene incómoda y la mueca no se hace esperar entre persona y persona. Hay veces que la palabra tiene tintes muy precisos y agradables para mis entendederas: un buen vino maduro, madurar una idea, un trabajo maduro, sinónimo de solidez y consistencia.
No obstante la madurez también es muy relativa; me han dicho que soy como un niño: indisciplinado, vulgar, dubitativo, etc. Por otro lado me han tildado de muy maduro, de ser una persona centrada y ubicua que todo se lo piensa y razona. Hoy en día, a mi escasa y relativa edad, puedo decir que una cosa no necesariamente tiene que ver con la otra. La inmadurez permeará por los siglos de los siglos hasta la extinción del ser humano, y qué bueno que así sea.
El ser responsable, ubicuo y serio son conceptos muy aburridos que en la práctica suelen tener connotaciones positivas. Y que, insisto, nada tienen que ver con la madurez o inmadurez. No me seduce la idea de un eterno Peter Pan (como dicen las maestras de orientación vocacional), pero tampoco la de un ser gris que cree que su felicidad se encuentra en las cosas materiales y la familia feliz de monografía. Hay mucho más que eso; el mundo es tan diverso que uno no abarca en toda su vida ni la diezmilésima parte.
No soy un contreras que se cree revolucionario ni que busque divertirse de la misma manera que hace diez años; el cuerpo cobra factura y uno suele complicarse la vida cada vez más. Pero hay pequeñas cosas, pequeños e insignificantes manchas, que hacen de esta vida el mejor de los sitios para vivir y no otros pasados ni futuros.
Este texto, por ejemplo, se escribe desde las manos de un señor de 49 años, al ritmo de una rola simple de los Ramones, desde la palestra de un asalariado que terminará tal vez con una hipoteca por pagar, bocas que alimentar, un pantalón de vestir que le aprieta. Este texto lo redacta, mal, un asalariado que espera el viernes y los días de quincena con vehemencia, pero que fuera de todo, logra salir avante (eso cree, déjenlo es inmaduro), gracias a esas pequeñas cosas que hacen la diferencia.
Ese lujo que se da uno de partirse la crisma reiteradamente, intentado el amor completo, el chiste más picudo; que se sigue sorprendiendo ante cosas tan sencillas como la lluvia, una mancha en el vestido o un solo de guitarra mugrosa, sencillamente no tiene precio.
El darle la importancia de un tratado de guerra a una canción o a un grupo de rock, o el volverse obsesivo con una escena obsesiva en un filme absurdo son cosas que nunca cambiarán, lo he corroborado. Tal vez los normales y maduros no lo entiendan, pero el ser serio con asuntos serios los vuelve más inmaduros, los hace verse ridículos. Uno acumula conocimientos en pos de la mejor charla de café, de un auto o una buena posición en el ranking social. Tampoco es que me seduzca la imagen del artista jodido o del tipo que mantiene vivo todo el tiempo a su “niño interior”, pero la inmadurez en ciertas cosas tiene mucho de emocionante y aleccionador, demasiado bueno, libera prejuicios y mantiene el genio creativo bien aceitadito. Aunque duela, pese al ardor, un buen madrazo es en ocasiones el mejor bálsamo ante la rutina y la parsimonia del ser exitoso.
No intento idealizar tampoco las actitudes infantiloides que acompañan a muchos adultos, pero la solemnidad a toda hora suele ser, en la mayoría de los casos, la máscara del genuino timorato, del inseguro y bajo de autoestima.
Coleccionadores de afiches, doctos en comics, gigs de petatiux, pachecos irredentos, sabios de datos inútiles, imberbes de la cultura, eternos arrogantes juveniles, inconscientes de su salud y de la preocupación de los padres; todos ellos merecen mis palmas, porque de ellos maman los que no se atreven a regarla, a la burla. Huevos, le dicen. Arrojarse sin esperar, arrebatarse por nada e inmutarse ante lo serio. Uno hace berrinche y patalea por pendejadas porque de ahí deviene lo verdaderamente importante. Madura ya, deja de soñar, sigue soñando, nunca dejes de ser tonto; principito.
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