Tuesday, February 15, 2011


Con una caguama en la mano

La gente poco a poco comenzó a irse de la fiesta, dejando todo el piso chicloso. Carmen se estaba quedando dormida, recargada en el hombro de Joel que igual tambaleaba su cabeza con una caguama en la mano; el último suspiro embotellado antes de dormir.

Yo estaba sentado frente a Marco, el amigo de Gabriela que a su vez era novio de una de sus primas. Marco y yo fuimos los aferrados a la charla de borrachos. Todo había ido como una fiesta más: las palabras subidas de volumen, mujeres, arreglar esta sociedad. Algo olvidable. Me levanté a cambiar la canción y prepararme otro trago, marco ultimó su vaso y fue al baño.

Cuando terminé de servirme el trago, me senté en una de las sillas próxima a la mesa de las botanas. Marco estaba demorando, probablemente se había quedado dormido o vomitado. Fui al baño para ver. Marco estaba parado justo en frente de Gabriela y Joel, que estaban más que dormidos, desparramados en el sofá.

Marco veía detenidamente el envase de caguama que había quedado en la mano de Joel. ¿Quieres chela?- interrumpí su clavadez. Despertó de su hipnotismo y negó con la cabeza. Nos dirigimos a nuestros lugares para continuar la charla. Entonces Marcó se arrancó.

“Fue allá en Tijuas, hacía un chingo de calor, estábamos como en cuarenta y dos a la sombra, yo iba en tercero de secundaria y no aguantaba el clima, sólo estábamos un año de paso ahí por una chamba de mi papá. Entonces yo me juntaba con Jaime y Rufino, siempre andábamos de desmadrosos: le poníamos polvitos pica pica a las morras en la tasa de los baños, le desatornillábamos la silla al profe, le poníamos basura de sacapuntas a las tortas de los morrillos de otro salón, chupábamos en clase.

“Yo ya me había ido de pinta varias veces con Jaime y Rufino, pero ese día de verdad hacía un calor de la chingada, y luego que yo sudaba un buen. Nos saltamos la barda y cuando pusimos un pie en la calle, lo primero que les dije fue “vamos por unas chelas bien frías”. Rufino me preguntó que dónde nos las tomaríamos. La tira anda recia y por acá trabaja mi jefe, siempre anda en la calle. Sentenció.

“Les dije que en el terreno donde estaban construyendo la nueva plaza comercial se podía. Hacía unos días muchos trabajadores de esa obra habían sido secuestrados y ejecutados por narcotraficantes. Los restantes, muchos ya no quisieron trabajar en la obra y otros tantos rompieron por conflictos económicos por la empresa, derivado de problemas legales con las familias de los obreros. Entonces la obra estaba abandonada y podíamos beber sin preocupación, además a la sombra del calor que me estaba haciendo reventar en un grito de desesperación. La cerveza me calmaría.

“Compramos un six para cada uno y una cajetilla de cigarros. Ya dentro de la obra empezamos a beber desde temprano, poco antes de medio día, la euforia de la cerveza se hizo evidente a la mitad de la segunda cerveza. Rufino ya llevaba cuatro y Jaime apenas iba a terminar la segunda. Yo igual. Jaime y Rufino me aventaban pequeñas piedras mientras les platicaba que le vi los senos a la maestra de educación física. Ellos se reían y seguían aventándome piedritas, cada vez con más frecuencia y fuerza.

“Estaba como encabronado, mi papá me dijo que era un pendejo frente a la maestra y mis compañeros, todos se partieron de risa. Tenía mucho calor, la camiseta estaba empapada de sudor. Las piedritas estaban aumentando en tamaño e intensidad de proyección. Habían afinado su puntería a mi zona pélvica mientras seguían escuchando mi relato y riéndose entrecortadamente.

“Oigan cabrones ya estuvo, pinches piedritas duelen. Les dije. Ya párenle, añadí. Vi el rostro de Rufino, estaba enojado, lanzaba con perversidad, divirtiéndose con la idea de pegarme un rocaso en los testículos. Caminé en dirección a Rufino, cuando un pedazo de grava más bien mediano proveniente del brazo de beisbolista de Jaime atinó justo en la cresta del blanquillo derecho. Me noqueó, y caí al instante en el piso.

“Estaba dispuesto a pararme para rajarle el físico a Rufino, y de paso descargar mi calor y enojo en él. Cuando pude incorporarme, con mi dolor, mi semblante cambió, ahí estaba: una botella a la mitad de Jack Daniel´s. Enseguida Jaime volteó la vista para ver lo que mi rostro había delatado y tomó el alcohol, que estaba más próximo a su mano. El odio por Rufino había desaparecido, y nuestras caras de cabreados desapareció y al instante comenzamos ha prepararnos “cubas” de cerveza con whiskey. Bebimos como dos horas más.

“Los humores se caldearon y el calor iba en aumento. Rufino se había quitado la camisa. De pronto una voz, proveniente del fondo del terreno, que ya casi estaba en penumbra. Aunque es una estupidez decir que se me bajó el alcohol cuando escuche el rasposo y oscuro “¿Quién anda ahí cabrones?” Me puse pálido. Jaime y Rufino también mostraron temor. Más Jaime, que se puso muy nervioso.

“Me acerqué al fondo de la obra. Ahí yacía un señor, un vagabundo lo más probable porque estaba muy sucio y olía agrio. Estaba muy borracho, la botella era de él, sostenía una botella grande de cerveza, estaba a la mitad. El tipo lucía enfermo, su cuerpo no se articulaba del todo bien. Ya se chuparon mi botella cabrones. Páguenmela. Nos inyectó más miedo.

“Rufino comenzó a reírse nerviosamente. Jaime dijo vámonos. El viejo interrumpió. Vámonos, vámonos. Pinche puto te voy a reventar tu madre.

“Jaime le puso su bota de minero en la boca, con fuerza y rabia. Cállese viejo pendejo. Le espetó al momento que lo escupía justo en la cara. El anciano intentaba incorporarse pero el punto de fuerza de Jaime era superior. Además que parecía que el viejo era inválido. Una muleta se asomaba debajo de su cuerpo. Incluso la tomó para defenderse de nosotros pero Rufino no lo dejó. Puso su pie derecho en el brazo del hombre, dejándolo indefenso.

“Rufino dijo: miralo al wey, tiene la otra mano libre pero no suelta su caguama el wey. Se rió a carcajadas, que sonaban cada vez más sádicas. Ha de ser el último que le queda al pendejo este. Se burló Rufino.

“Jaime quiso quitarle la caguama al viejo, pero la sostenía con fuerza. Se movía como una serpiente atrapada. De pronto sacó fuerzas para quitarse el pie de Rufino, que era gordo, y derribarlo. Jaime logró quitarle la caguama. Acto seguido se la reventó en la cabeza al viejo al tiempo que quitaba su bota. El viejo soltó un alarido que me heló por completo. Rufino se incorporó con un tabique entre sus manos, que descargó en la cabeza empapada del vagabundo.

“La sonrisa se les había borrado. No se mueve. Les solté. Recogimos nuestras mochilas y ropa y salimos corriendo de la construcción.

“Esa tarde, cada quien partió rumbo a sus casas. Al día siguiente ninguno de nosotros tocó el tema. Mandaron llamar a nuestros padres por la falta a clases. Todo quedó en regaño y castigos de una semana. La escuela terminó y yo regresé a la ciudad para seguir estudiando. Dejé de ver a esos camaradas. Hace unos meses Rufino me topó en el Facebook. Jaime se casaba.

“Ahora vivía en Sonora. El viaje lo ameritaba, siempre tuve “aquel” vínculo. Ese recuerdo que se oculta. La fiesta pasó como una borrachera más, pero de traje y dimensiones mastodónticas. Todos bebimos a lo bruto. Como ahora contigo. En un momento de la noche fui al baño. En los migitorios extremos estaban orinando dos adultos Rufino y Jaime. Completé la fila. Parecía que estaban diciendo algo de una mujer porque se veían con lascivia y reían entrecortadamente, bajito. En eso entró el padre de Jaime; puso sus manos en los hombros de Jaime y los míos. Soltó una carcajada.

“¿Y qué? ¿A qué chingados se metieron ese día al terreno de la plaza? Soltó en seco. La orina y su música cesó. Nos miraba con malicia, y su sonrisa se extendía sobre su rostro malévolamente y de a poco. Yo sé lo que hicieron pinches precositos. Jaime y yo lo retamos con la mirada y el seño fruncido. Él nos la sostuvo. El ruco estaba pedísimo y no sabíamos qué hacer o decir. El papá de Jaime murió días después. Siempre lo recuerdo con su camisa del Chivas y su caguama helada en la mano”.


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