Thursday, February 17, 2011


Orlando

Ricardo Pineda

Sentado en el borde de un pretil, Orlando observa sus manos. Guarda silencio; contiene toda su verborrea que otrora fuera su sello personal.

Hace un verdadero esfuerzo por no arrojar una frase arrebatada,

por lograr que no se le olviden las palabras en algún sitio equivocado.

Orlando se mira las manos y piensa en su sosiego; sus palmas abiertas abrazan la insonoridad.

La distancia entre sus ojos y las manos son lo no dicho;

Orlando es el silencio.

“Este mutismo, mis ojos, mis manos, estas manos cortadas; estas palabras ahogadas.

Me duelen.

Estas palabras son el pensamiento que me contuve aquella tarde en la que te fuiste,

son esos comentarios tontos y necesarios que me ahorré durante la clase pasada;

el intervalo entre palabra y palabra.

Una frase, un verbo; un disparo.

Soy el verbo no fecundado que provoca que te escriba,

el viento salvaje que esquivó tu rostro.

Tu rostro perdido en la buhardilla de mi cabeza;

el aire sofocado entre tu frente y mis labios.

O tal vez soy yo el espacio que existe entre mi bota y el suelo; algún sitio.

La primera imagen que aparece cuando tus ojos se cierran; ningún lugar.

Soy intervalo, no soy intersticio.

Ayer una señora mordía un chicharrón crujiente bañado de salsa, rompía el silencio y empapaba el ambiente con su insoportable aroma a vinagre.

Lo mordía como si fuera el último manjar sobre esta tierra.

Un niño, tal vez su hijo, se acercó para decirle algo muy despacio al oído,

ella se inclinó para escuchar al pequeño.

El suave chillido de la mujer fue tal vez de ternura o quizás de olvido.

Una frase, un verbo; un disparo.

La distancia que existe entre mi última palabra y la frase primera,

entre el primigenio sonido de la infancia y el último aullido de mis vejez;

el alarido sordo de mis dedos, mi boca y mis manos.

Soy la frase, el verbo, la palabra; una letra mayúscula que antecede a la otra,

la “S” antes de la “I” y la “L”, la enorme y diezmilésima distancia entre la “L” y la “E”.

Una “N” partida por la mitad; incompleto.

Luego soy una “A” incompleta y una “V” mal escrita; mal dicha.

No soy una letra que seguir al pie.

Una frase, un disparo; unos ojos se abren.

Mañana Moisés abrirá el cielo gris de esta ciudad y lo inundará con fuego.

Mañana a todos esos niños gritones se les atorarán las palabras en la garganta;

se les habrá olvidado el discurso y quedarán sin empleo.

Mañana, la locura se apoderó de los animales y los políticos se atragantaron con su discurso,

hasta que murieron asfixiados por la falta de aire.

Mañana, la falta de aire reinará la bolsa de valores y tú dispararás silencios en los momentos de mayor oído.

Una frase, un oído; el disparo.

El disparo, la diáspora; un imán de mercurio callado que se dispersa violentamente en mil partículas, en las comisuras de mis labios, los bordes de mi boca están en la punta de la lengua.

Un hueso atorado en mi garganta, el ácido en la boca de mi estómago,

un gas angustioso atrapado, enclaustrado entre el pretil y la boca del ano”.

Una frase, un disparo; una diáspora.

Orlando contiene palabras, atrapa disparos con las yemas de sus dedos índice y pulgar;

imagina que su mutismo es un arma, que el silencio está contenido en sus manos abiertas.

Orlando empuña una mano; la otra es un verbo callado.


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