Monday, March 07, 2011


Nata

Ricardo Pineda

Caminaba detrás de ella, poniendo un pie sobre cada una de las huellas que iba dejando. De repente se volteaba para verme; clavaba sus ojos de forma inquisitiva y a la vez inocente sobre mí. Sólo un par de segundos, luego apartaba su mirada. Era extraño ese aire por demás familiar, ese trato como si apenas nos acabaramos de ver el día anterior, pese a todo el tiempo transcurrido. Llegamos por fin al borde de la alberca, estaba toda llena de basura y hojas secas que caían de un árbol enorme. Lo primero que vino a mi mente fue la primera vez que me llevó a una alberca.

A mis veinte años yo no sabía nadar. Además no me gustaban las albercas. También acababa de leer el poema de Gonzalo Rojas, que pudo haber influido notablemente; esos pedazos de cemento insoportables. También estaban muy presentes la orina, los cuerpos y mucosas. Un caldo tibio y espeso de fluidos corporales.


Pero el gusto fue más grande y no sólo aprendí a nadar, sino que también comenzó a gustarme el frecuentar albercas techadas. Jugábamos como niños a zambullirnos juntos, para después emprender la carrera hacia el otro extremo de la alberca, aguantábamos el aire el mayor tiempo posible. Gases emergían a la superficie sin piedad, era ése y no otro el momento en el que deseaba estar.

Y más pronto de lo que imaginé, las cosas empezaron a suceder, como una torre de dominó cuando ya no puede conservar por mucho el equilibrio. De alguna forma lo sabes; se escribe solo antes de suceder, es irremediable, tu mano; con la ficha en la mano tienes conciencia plena, tus dedos los saben antes que tú; la torre caerá. Desde que pones la primera ficha sobre la superficie sabes que esa torre caerá. Quizás más pronto de lo que tenías pronosticado.

Estábamos sentados uno frente al otro en un café. Ambos habíamos pedido un chocolate caliente que apenas y habíamos tocado. La pregunta no se hizo esperar. Y el silencio tampoco. Incómodo, sofocante; vacío.

Lo que importa es lo de adentro según entendí, lo superficial siempre acaba por añejarse y, eventualmente, se remueve. La nata era espesa, ya no se movía, era una escultura de una tasa de chocolate, bien pintada. El silencio había sido roto por una cuchara plateada, fría y firme; su cuerpo metálico se sumergía de un clavado dentro de la alberca. La carrera comenzaba, yo nadaba rápido viendo un montón de burbujas a través de mis gogles. Cuando salía a la superficie, la alberca ya casi estaba vacía. Sólo se escuchaban las risas lejanas de unos niños jugando, y el sonido del agua golpear los muros de su contenedor. Silencio, ruido sordo. Muros callados con agua. Los restos yacían en la superficie.

Veía hacia el cielo de cabeza. Las nubes eran pequeñas montañas de cobijas peludas desacomodadas, en el centro de éstas había un agujero; un abismo, un hoyo negro en el mar. Veía al mar dentro de un cuarto de cemento, con la cara hacia arriba, inmerso en mis cobijas, soñando. Soñando que llevaba años parloteando y escribiendo sin llegar a ningún lugar. Pensando en el aceite que flota sobre una alberca. Soy el aceite que flota sobre una cama que mira al cielo que se parece al mar. Dentro de un abismo. Sueño en el abismo, llevo días escribiendo y hablando para una publicación, y Luján es el primero que se pone a contar la historia.

Dice que necesita nicotina para dar rienda suelta a la letra. Ayer quería café, ya le subimos el sueldo. ¿Qué más quiere? Necesita inspiración dice su amiga. Unos cocos para que se ponga a escribir el huevón, por ahí le contaron.

La verdad es que no quería, pero le daba miedo confesar. Todos habían apostado por él, otros más valientes tenían su futuro prácticamente comprometido. Además, ¿a qué se iba a dedicar?, ¿a vender sus libros en la calle? No tenía nada, ni la escritura era suya; la tenía comprometida. La rentaba, textos por encargo.

Levaba días así. Todos comenzamos a preocuparnos. No quería hacer nada: no hablaba, no se rasuraba, ya ni siquiera iba a nadar. Estaba todo el día echado, escuchando discos, cd´s, ¿te acuerdas de los cd´s? Pero ante todo, no escribía, entrecerraba los ojos como si un ruido le cercenara por dentro cuando le mostrabas la libreta o la computadora. Díganles que esos textos los puede hacer Almaraz –gritó desde el fondo-. Y cerraste la puerta otra vez.

Decidimos que sería bueno para todos tomar un pequeño descanso, sólo un fin de semana fuera de la ciudad para despejar. Lo mejor fue un fin completo más dos días. Morelos. Casa prestada de alguien, jardín y alberca. Comida, música, libros…tal vez una pluma por ahí descuidada.

Todos accedimos a emprender la salida, pero lo mejor era que algunos no lo hicieran, sentíamos que no le estaban ayudando mucho. Pero no podíamos culparlos; estaban desesperados y al parecer las cosas no estaban yendo del todo bien. ¿Pero cómo no hacer algo por él, si nos había marcado la pauta?

Tal vez muchos no se acuerdan, como tú, pero ese encuentro marcó la vida de todos. En ese entonces las fiestas se hacían en un departamento por Reforma. Más pegado a la San Rafael. Último piso. El departamento era enorme, viejo, con techos altos, y siempre estaba vacío. Siempre había fiestas distintas en cada uno de los cuatro cuartos. En los dos baños también. Prácticamente todos nos conocíamos, en promedio siempre íbamos los mismos ocho, más treinta o cuarenta más que rotaban. Recuerdo que él estaba solo, leyendo. Qué mamón, está solo el wey ahí en un cuarto vacío, leyendo, ¿entonces a qué chingados vino a la fiesta? –Protestó Ana. Yo sugerí que entráramos, así como si fuera nuestra fiesta. El tipo alzo una botella de cerveza y brindó en señal de saludo. Todos levantamos nuestros tragos y nos sentamos en el suelo, formando un círculo. Él lo cerró, y nos enseñó la teoría de leer al nadar.

Entonces, El Joey empezó a hablar del enfriamiento de las relaciones humanas gracias al avance tecnológico y la mejora del nivel de vida de ciertos sectores sociales. Todos empezamos a bromear al respecto, nadie se quería clavar en discusiones “serias”. Ana le preguntó que qué estaba leyendo. Él estiró el libro. Era gordo, de pastas duras, rojas. “The Deepest Sea”, se llamaba el texto. No tenía autor. Tampoco texto. Las hojas tenían el borde color azul marino. Todos guardamos silencio. Él hizo una mueca y entonces soltó la palabra mágica: ¿quieren?

Se posicionó en flor de loto, comenzó a pegarse en los muslos, marcando un ritmo. Otro pinche fumón, dijo Fabián. Pero luego Ana le siguió con unos sonidos dulces y largos con la “m”. Hasta Fabián, que toca el bajo, se le ocurrieron cosas con su garganta, y yo también me golpeé el pecho. Sin darnos cuenta estábamos en un transe sonoro que no se cortaba. Incluso cerraron la puerta.

Entonces sucedió. Besó a Ana, mientras ella no dejaba de hacer sus emes sonoras. Fue un beso lento y largo, se veía muy tierno. Todos guardamos silencio, apreciamos la escena los minutos que duró. Después de retirar su rostro de Ana, cogió “The Deepest Sea”, y lo abrió a unas veinte o treinta hojas de empezado el libro. Comenzó a garabatear signos, algunas cosas eran números, otras, letras al revés. La música seguía mientras veíamos como escribía aprisa. La música subía de intensidad, y el escribía con más euforia, pareciera que le dábamos cuerda. Escribía y escribía, hoja tras hoja; nos tenía hipnotizado con su performance. El acto mismo de escribir. Después de casi una hora de escritura, cerró el libro, terminó su cerveza, se levantó, y haciéndose el muy místico se despidió como soldado. No lo volvimos a ver hasta dos semanas después en el museo.

Creo que habían pasado apenas cuatro días de la noche de escritura, que por cierto nadie comentó. Pero en nuestros rostros veíamos que pese a lo ridículo de la escena, algo había sucedido. Quizás buena química con el absurdo, nada más. Pensé. Estaba estudiando a las dos de la mañana, tenía examen final. Ana me marcó llorando; la habían aceptado en la academia de baile. Estaba feliz. A los pocos días decidimos ir al mueso y de ahí ir a un bar para despedir a Ana. Ahí lo volvimos a encontrar, en el museo, leyendo su no libro. Tal vez sus garabatos de la otra noche, pero cuando nos acercamos vimos que no. Estaba “leyendo páginas vacías”. Lo invitamos al bar y se jaló con nosotros. Joey empezó a hablar de Wim Mertens y su relación con la melancolía. Pese a que el discurso era gastado, Joey sustentaba bien y a todos nos agradaba su elocuencia al hablar. Él le tiró una sonrisa, asintiendo con la cabeza. Entonces Joey se calló y se le quedó mirando a sus ojos, serio. Prendió un cigarrillo y se lo pasó. El tomó el tabaco, dándole dos caladas profundas al instante. Entonces Joey continuó con su discurso, y él empezó a escribir como la vez pasada. Ahora parecía que el ruido de las botellas y la intensidad en el parlamento de Joey modulaban la intensidad y rapidez de la escritura. Veíamos a Joey y A él ahí, abstraídos. Abandonados. Joey interrumpió su propio monólogo para decirle: y le pintas ahí una playa bien grandota. Todos estallamos en carcajadas. Él también, al momento que guardaba el libro.

A la semana siguiente fuimos al aeropuerto a despedir a Ana. Él también iba, ahí estaba, leyendo su libro, haciéndole anotaciones. Yo me estaba comiendo una dona, mientras estaba atento de las extranjeras que pasaban. Ana estaba practicando duración de giros sobre un pie a 360 grados. LA hora había llegado. Ana partía, no la volveríamos a ver en un buen par de años. Mientras estaban los abrazos y las lágrimas, los últimos chistes, yo me le acerqué para preguntarle si no escribía. Entonces se me quedó viendo, me penetraba con sus ojos firmes, seguros. Sentí miedo pero a la vez también empatía. Entonces fue que lo comprendí todo. Todos acabaríamos inmersos.

Con el tiempo, todos íbamos con él y las sesiones de escritura también nos acompañaban constantemente. Joey comenzó a tener relativo éxito con su grupo. Yo conseguí trabajo en una revista. Posteriormente lo invité a trabajar, y sus textos volvieron loco a todos en la redacción. Pero todo el libro lo gastaba en libros, siempre pagaba la comida pero la bebida corría por nuestra cuenta. Bebía mucho. A mí me fue mejor, ya toda la revista también gozó de una prolongada prosperidad económica y mediática.

Pero poco a poco la calidad de sus textos comenzaron a demeritarse, y El Joey encontró su libro por error. Al parecer los garabatos eran patrones de dibujos, en apariencia incomprensibles, pero con coordenadas para hacer dibujos, muy técnicos de planos de albercas. Albercas redondas, cuadras, en forma de “hígado”, separadas, juntas. Entonces Joey nos planteó la descabellada idea de los dibujos, que tenían los nombres de todos ya cada uno de nosotros. Fue entonces que lo trajimos aquí, a la alberca. Tal parece que da resultado, se ha metido al agua, está nadando. Justo en este momento está aguantando la respiración debajo del agua. Tiene pulmones grandes, aguanta bastante. Todos miran preocupados, parece que va a emerger.

Yo también veo las hojas e insectos que flotan inermes sobre el agua, la grasa y la basura que recubre el agua de la alberca. Esa nata, junto con el agua protege el recipiente vacío, lo procuran que, ante el desuso la pintura de los muros se cuartee y las tuberías se resequen. Mantiene hidratado el ambiente, siempre con mosquitos alrededor, que bailan su danza silenciosa e invasiva; siempre al asecho. Entonces ella voltea a verme y rompe el silencio: ¿te acuerdas que hace muchos años nadábamos juntos?


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