
En esta casa se vende carne
Chicharrón Press (CHP).-Vengo llegando desde Santa Fe. El viaje es más que alucinante, dos horas a empellones, malas caras, muchísimo calor, pies cansados, náuseas, cada vez es más difícil; cada vez se soporta menos trasladarse de cualquier forma en esta ciudad. No obstante, en esos trayectos, te das cuenta de muchas cosas: cómo va cambiando la gente, cómo va creciendo su estrés, ves cómo ya no cabemos, caes en cuenta que llevas muchísimo tiempo dentro de la ciudad, que quieres salir, que también igual que todos quieres que muchas cosas cambien, que haces esos traslados precisamente para cambiar cosas en un entorno personal, que lo haces por ti y tal vez, de manera indirecta, también por el de al lado. Entonces todo vale la pena; llegas a casa y prendes ese cigarrillo, te bañas, te calmas, te estiras, escribes, lees, piensas, sueñas. Y de repente, de a poco, algo cambia. Y de repente también, abruptamente, algo revienta.
Estos días son de trabajo, arduo y duro. También de ver viejos amigos, de hacer más fuerte los lazos con ellos, en estos tiempos la familia no sanguínea rige. Un día estás con alguien y vez de otro color, comparte, y al otro ves las hojas del árbol moviéndose por el golpe del viento y lo sabes todo; sabes algo.
Un día estás al día de la música y los libros, y al otro te encuentras redescubriendo el silencio en medio de la oscuridad de tu cuarto, solo, sin nadie más que tu respiración, y la del ventilador; los ruidos de los papeles moviéndose se hacen más grandes, tus pensamientos cobran mayor volumen, y las voces de lo vivido interactúan con esos pensamientos, con esos sueños, se mezclan, hacen el amor libremente, se ven a los ojos. Entonces el trayecto ha valido la pena. Y puedes dormir tranquilamente.
Al día siguiente en la carnicería te volverán a decir: “en esta casa se vende carne, no hay tiempo para el amor”. Y te pondrás las botas y el traje, pero dentro de ti, en el fondo, sabes algo.
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