Thursday, June 16, 2011



Bienvenida (otro recuerdo)

Recuerdo una clase de Teatro que tuve en el Centro de Lectura Xavier Villaurrutia. El profesor aseguraba que en la vida, por lo general, nos suceden sólo un par de momentos realmente grandes, que le dan un giro radical a nuestra existencia, no más, y que por ello la gente veía películas o acudía a ver una puesta en escena, porque sucedían cosas radicales en una unidad de tiempo “reducida”.

A veces, en algunos casos, no es así para todos; algunos vivimos situación extrema tras situación extrema, y en otros más, los menos supongo pero más de los que imagino, seguro, su vida se compone de eso, de vivir al borde, al filo. De ahí puede explicarse en parte, tal vez, la incomprensión existente entre una persona y otra; lo que para unos es una vida de dolor, para otros es la risa completa. Hace poco leí un texto poderoso de Leonard Cohen donde habla un poco al respecto, en el que dice algo así como “no nos vengas a hablar de amor y sufrimiento, cuando todos hemos visto reportajes de gente muriéndose en Asia (…), cuando hay miles que han sufrido y amado más intensamente que tú (…), cuando todos sabemos que comes las tres comidas al día y te pagan por estar ahí parado (…)”.

El asunto no me parece poca cosa porque entre el ser y el acompañarse de alguien se someten a prueba muchas caras de nuestro ser, implica también la correspondencia entre ese cúmulo de vivencias que provocan lo mismo dolor y alegría en medidas desproporcionadas; el diálogo entre ellas.

Qué bien que existe la memoria y la pérdida de ésta. La desproporción entre ambas juega un rol sumamente importante en nuestra existencia, prácticamente depende de cómo encaramos eso, cómo lo usamos a nuestro favor o en nuestra contra, o sólo los dejamos existir libremente: los recuerdos. Esa eterna dramatización del tiempo que implica vivir el presente. Este texto por ejemplo, que va desapareciendo mientras lo lees, durante el instante en el que notas la falta de coherencia o un error ortográfico, mientras te encuentras en una línea, tal vez. De pronto se convierte en imagen, en recuerdo. De pronto te asalta mientras te lavas los dientes y te ayuda a levantarte mientras despiertas, mientras te duelen los ojos, la espalda; o cuando te falta el aliento. De pronto es recuerdo.

Recuerdo demasiadas cosas, muchas de ellas en apariencia “inútiles”. Música, sobre todo. Pero también tengo vivencias archivadas, muertes cruentas de personas, personajes únicos, momentos conmovedores y aleccionadores; risas, miradas, manos, silencios. Las fotografías son incontables. Tú eres un recuerdo que está vivo también, por ejemplo, por algo llegaste hasta acá, aquí estás, eres tú, te reconozco. Y siempre te recuerdo.

Es extraño la manera en la que vives; siempre. Es increíble ver cómo muchas familias pueden vivir con imposibles, con indeterminantes. Con limitantes o trabas internas o “reales” y cómo éstas determinan tu paso por este siglo u otro. Me gusta pensar que todo está ahí. La idea del iCloud me remite mucho a eso: una nube donde todo flota, listo para que lo tomes a la hora que quieras para lo que quieras. Y de repente alguien agarrará algo tuyo sin darte cuenta siquiera. Se lo llevará a casa con o sin tu consentimiento, y tendrás que seguir caminando sin eso, tomando algo más que no es lo mismo pero vale igual, o a veces más, que lo que perdiste o dejaste ir. Y después, eso también se convertirá en recuerdo, en parte de la nube. Porque seguirás caminando, y la pila dará para seguir y seguir a veces hasta en contracorriente, como si no tuvieras otra cosa mejor que hacer que seguir y vivir y reír, y llorar y trabajar, y viajar y conocer, y morir, y volver a nacer y convertirse en recuerdo y suspenderse en el aire.

Mi madre no está por ahora, viaja, está buscando su hogar, junto con mi padre se están haciendo viejo, a distancia, separados, con el recuerdo de alguna vaga idea del amor. Y ahí está mi hermano, que vive vertiginosamente todo el tiempo, es un “chico adrenalina” que pronto va a ser papá, que me va a hacer tio y abuelos a mis padres. Que el tiempo pasa y que uno extraña un lugar de origen desde el origen mismo: la búsqueda del lugar natal invertido. Ir en contra del reloj y dejar de ver el reloj; caminar con él, ser parte de él. Extrañar algo que no se anhela o algo que no se tiene: desear al revés, soñar despierto, volverse loco de una sola vez. Un tatuaje en la piel y los sueños de partir, el ánimo por estar en el amor, la inmadurez vuelta fuerza referencial.

Un tío abuelo acaba de fallecer, y el corazón de muchos seres cercanos se estremece, porque algo cruje cuando te ausentas, como dijera el poeta. Y todas las tardes sin ti, que aún no logro verte, que te encontraste esto “en la nube” y decidiste llevártelo a casa, esa que estás buscando. A ti, que has llegado hasta acá, que de repente ha parado y volteado la mirada hacia acá: bienvenida.

3 comments:

Karina said...

No son lo mismo los momentos extremos, que los momentos grandes que le cambian a uno la vida.

rikardu said...

Ajá...la hiperprecisión tal vez valga, el contexto de este escrito tal vez te lo diga, no es rígido, ¿importa?, ¿has calificado momentos grandes que te cambian, como extremos? Yo sí.

IcaMar said...

Sí, la vida te cambia...algo cruje cuando estás ausente...