Wednesday, June 29, 2011


Estoy en casa trabajando (ayer)


Estoy en casa, necesito trabajar, tengo un par de pendientes, y no hay Internet. Es horrible, me siento como en muchos capítulos Simpson del ridículo. ¿Qué sucede que hay días en los que parece que todo conspira para que no lo logres? Llueve, te mojas, el metro viene hasta su madre de lleno, la gente toda hostil igual que tú, la computadora no funciona, el celular no tiene señal, te falta un requisito, te piden cosas en tus trabajos que ni al caso. Total, tras varios años de vivir historias similares, si bien nunca te acostumbras (y qué bueno que así sea), sí aprendes a encararlo mejor, lo ves sólo como “uno de esos días”, lo sigues intentando hasta que las cosas suceden, y listo, a continuar con tu vida. ¿Suena fácil, no?

La vida sin tecnología ya es un horror, si con tecnología lo es, ahora imagínense que nos bajan el switch y de repente, ¡pum!, quedas inmovilizado de tus actividades. ¿Paranoia? Sí, sí, seguro; primero te hacen adicto y luego te cobran la rehabilitación. Nos han llevado a comenzar a dejar de ver tv, y personalizarte todo vía mundo virtual. El otro día quedé asombrado cuando vi que podías comprar rollos para tu i-phone con diferentes ASA, cual tienda fotográfica. Adiós envases amiguitos, todo se remata a la practicidad de lo intangible: los discos, las películas, las obras de arte; el i-cloud es una prueba de ello, y seguro hay una crisis de rupturas generacionales o panaceas tecnológicas a las que nos cuesta entrar, pero lo cierto es que hay una nostalgia absurda, por lo físico, por tocar y tener nuestro cuerpo “en contacto” con las cosas, y siempre lo habrá, sólo que se está transformando de una manera en la que pierdes o sustituyes cosas de ti mismo; se avanza, se dice adiós completamente a un momento de nuestras vidas que ya no regresará.

Adiós a todo: a los genuinos sabelotodo de los medios y la cultura; todos se han vuelto expertos en muchas cosas, lo cual también acarrea inútiles e irresponsables en masa, hay que estar más despiertos. Y uno volverá a decir: y qué bueno que así sea, ¿cuándo no ha costado sudor y sangre el avance y el progreso?, ¿hasta dónde puede uno librarse de las “horribles ataduras” que nos atrapan?

Los más radicales se recluirán en su castillo de la pureza. De alguna manera el día de hoy es una lección, una perspectiva del mantra eterno de buscar en el interior: esta tarde llevé el trabajo literario de un año a concursar de nueva cuenta para una beca. Desee con todas mis fuerzas quedarme en ella, llovió y me ha costado mucho haber llegado de nuevo hasta este punto. “No les cuentes tu dolor de parto, muéstrales al niño”, reza el adagio del deber ser. Pero a veces uno se queja frecuentemente del presente, y extraña en mayor o menor medida el pasado; tememos al futuro, renegamos de él, y él, y volvemos a casa deseando otra cosa. “Cuidado con lo que pides, que puede hacerse realidad”, versa la contraparte de no saber desear, de no tener la suficiente paciencia y aprendizaje interno como para afrontar incluso las cosas positivas en nuestra vida.

¿Qué pasaría si de la noche a la mañana te vuelves millonario?, ¿o famoso?, ¿o más guapo o más acertado en tus apreciaciones? Eso que habías deseado con tanta fuerza se te presenta de un solo golpe, sin etiquetas ni “ataduras”, ¿qué haces?, ¿qué quieres?, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar?, ¿qué nos satisface de verdad?

Interludios, intermedios, desprendimiento del lenguaje, la vida pura, así en abstracto, ¿cómo le va a tu rostro? Tal vez sea un nubarrón sobre esta época, una masa pesada que le impide “recibir la señal” adecuadamente. Y entonces, sólo entonces, tras el silencio que impera sobre las ruinas de los centros comerciales, entre los tecleos de la gente, comenzarás a hablar tu solo; a cantar. Te escucharás, y sabrás que sigues avanzando hacia el final, que no puedes parar; eres un inevitable.


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