Monday, June 06, 2011



Fichas de trabajo

Pero había un libro que no encontraba y hacía falta. Todos los demás estaban perfectamente ordenados por tema y alfabéticamente, algunos se encontraban completamente inservibles, llenos de polvo, sus hojas estaban carcomidas por la plaga, con las hojas pegadas. Pero estaba seguro de que en el antepenúltimo estante hacía falta un libro. Uno grande.

Trabajar en una biblioteca puede ser una delicia para muchos adeptos a la lectura, pero para mí era un suplicio; no había servicio que dar, la biblioteca del pueblo era pequeña y casi nadie acudía, salvo uno que otro niño de primaria al que de vez en cuando le solicitaban alguna tarea básica. Hacía mucho casi todos los días y yo sudaba como un trapo exprimiéndose. Pero el trabajo me daba lo justo para comer y me daba tiempo de leer. También me mantenía lejos de la ciudad y el alcohol. En el pueblo también había cantinas y vida nocturna, pero prefería no interactuar, me mantenía al margen.

Mantenerse incomunicado por ocho meses me habían sentado bien, pero de alguna manera sabía que tarde o temprano tenía que regresar a la capital para retomar mis actividades habituales, encontrar un trabajo y resolver los problemas. Pero la estancia en la biblioteca si bien me aburría demasiado, también me mantenía sosegado, me daba oportunidad para poder pensar cuestiones que antes ya no tenían cabida en mi mente, leía los pocos libros que valían la pena y, sobre todo, tenía la oportunidad de ver todos los días a través de una ventana, desde mi escritorio, a eso de las cinco de la tarde, cómo una fila de niños en huaraches, con los pies reventados, regresaban de trabajar en el huerto próximo. Eran aproximadamente siete u ocho pequeños, morenos, casi del mismo tamaño, conformaban una línea perfecta. Justo a un costado de la biblioteca, a unos diez metros de la ventana en el exterior, había un asta bandera. Los niños caminaban con la cabeza gacha y al llegar a la altura del asta, la hilera se convertía en una marcha en círculo alrededor del mastín de metal, entonces alzaban la cabeza, primero caminaban lento, a su ritmo, pero después el círculo se aceleraba, no entendía el juego; no reían, no se hablaban, no lo anunciaban, sólo lo hacían. El círculo daba unas ocho o nueve vueltas y luego se recomponía en la misma hilera de niños cansados, la cual desaparecía entre las casas de teja y barro del pueblo. Llegué a pensar que no era real el espectáculo. De lunes a viernes se repetía religiosamente, a la misma hora.

Un día, la misma hora se convirtió en el mismo momento, porque cuando conocía a Cassandra me percaté que el reloj de pared de la biblioteca había dejado de funcionar. Cassandra llevaba un par de minutos paseándose por los estantes y no me había dado cuenta cuando entró. Su voz y acento inmediatamente me espantaron, pensé que era alguien conocido, puesto que en la ciudad trabajé con muchos argentinos. “Supongo que debés tener algo del tiempo por acá, mirá que tener el reloj parado justo a las doce; ni un segundo más ni un segundo menos”. Su voz subió el tercer estante y recorrió toda la sala, retumbó en los cuatro muros, patinó por el techo de lámina caliente y acabó estampándose en mi cara, dejándomela roja. Me paré y me dirigí a su encuentro, ella salió al pasillo y caminó tres estantes más. Cuando estuvo frente a mí, me sonrió, su rostro también estaba muy enrojecido por el sol, pero le daba un toque muy especial a su piel un tanto pálida. “Precisamente ando buscando uno que se me perdió, es curioso que lo menciones”, le dije. “Es Borges”, me contestó. “Detesto a Borges, pero necesito el libro. Mi nombre es Cassandra Lange, ésta es mi tarjeta, atrás viene dibujado un mapa en mini que indica dónde vivo, es sencillo llegar, es atrás de la plaza de toros, la única casa de color verde con blanco. Si encontrás el libro me gustaría que me lo dieras, puedo pagar por él, no hay problema con la administración de la biblioteca, no lo notarán, además el libro es mío”. Se dio la vuelta y se fue caminando en dirección, efectivamente, de la plaza de toros, tapándose del sol con un folder amarillo que llevaba en su mano izquierda.

La presencia de Cassandra era doblemente desconcertante, por un lado en el pueblo no había visto a ningún extranjero, menos que fuera mujer, bella por cierto, que buscara justo el libro que tenía perdido. Algo me daba un mal presentimiento al respecto, pero también despertaba mi libido de una forma sin igual, pese a que noté en mí que tampoco tenía intención de hacer otra relación, que por eso había llegado al pueblo, no quería ver a nadie. Estaba en una especie de proceso de desintoxicación.

Recuerdo la última vez que vi el libro, fue hace un par de meses, cuando llevaba mi tercera semana en la biblioteca. Era uno de color azul, cuarteado en la portada y letras en blanco; tenía las hojas amarillas y olía a viejo, aunque a mi parecer no lo era tanto, no me pareció alguna edición especial ni mucho menos, databa de octubre de 1969. Recuerdo bien el libro porque tenía muchas anotaciones con pluma en tono de burla a ciertas frases del autor, algunas refutaciones a Nietzche y ciertas disertaciones sobre el tiempo; todas las hojas del texto estaban ralladas. Pero el libro resultó algo más que interesante y precisamente me preguntaba con frecuencia cómo había sido que ese libro terminara en una biblioteca como esa. Ahora, la presencia de Cassandra Lange lo explicaba todo, menos el motivo de la desaparición del libro. Algún robo o tal vez alguien lo tiró, ¿pero quién? El libro se encontraba guardado lo suficientemente alto para que un niño lo hubiera tomado, y prácticamente el único que atendía y estaba ahí era yo. Tampoco me había percatado que el reloj se había parado justo a las doce, “ni un segundo más…”.

Al día siguiente comencé a buscar el libro sin obtener resultados satisfactorios, cambié la pila del reloj de pared y limpié la biblioteca. Un señor vino a dejarme las fichas de trabajo que había solicitado desde hacía diez días, con las cuales comencé a sacar frases y apuntar notas para que no se me escaparan cosas que me podían servir para alguna investigación futura, o para salvar algo bueno de aquellos libros que nadie leería y que terminarían en la basura, pudriéndose en cajas, dejando que el tiempo hiciera lo que quisiera con ellos. Cuando leía a Hemingway me parecía absurda y a la vez fascinante, la idea de mi mismo en sus páginas, siendo un tipo ceñudo, un pescador, de textos y frases, porque no quiere hacer otra cosa más en la vida: El Viejo y el Mal. Mal de muchos, placer de pocos.

Dieron las cinco de la tarde y encendí un cigarro para ver una vez más la hilera de niños que se convierten en serpiente en torno al asta. Efectivamente pasaron, pero parecían menos que el día de ayer. Quizás debido a que ya era más consciente mi atención hacia el evento ahora lo notaba, pero tal vez era algo muy común, que a veces fuera uno o dos niños menos o más. Pero ahí estaban, justo cuando el sol promete por meterse y dejar de asolar pero aún recordando su presencia. Era increíble para mí, a veces lo sentía como un acontecimiento propio de la naturaleza, como la caída de las hojas o el ladrar de los perros; los niños pasaban de nuevo, rodeaban el asta oxidada sin bandera y daban algunas vueltas casi automáticamente, alzaban el rostro y reían, niños de entre once y trece años. Luego el círculo, la víbora, se erguía en una fila constante para seguir su trayecto y tal vez llegar a casa. Prendí el cigarro y seguí buscando Historia de la Eternidad, del argentino. La intriga comenzaba a apoderarse de mí. Me decidí ir a la casa de Cassandra.

Sabía que era yo desde que toqué. Desde afuera pude escuchar un: “ya tenés el libro. Uy, fenomenal, qué bueno; nos la vamos a pasar de lo lindo, ya verás”. La posibilidad del sexo volvió a hacer su aparición punitiva. No llevaba el libro; no lo había encontrado aún, entonces la probabilidad se reducía. O quizás el libro era un pretexto, esa posibilidad también existía, de hecho lo pensaba mucho ante al mar de coincidencias. La posible broma entre el director de la biblioteca y Cassandra (parar el reloj, ocultar un libro que de antemano lo ubicaba perfectamente sobre los demás, argentina, etc.), tampoco eso estaba descartado. Sentí que ya había vivido exactamente lo mismo en la ciudad; libros, sexo ocasional, el tiempo se detiene; tú te detienes. De algún modo huí de eso también. Y lo estaba repitiendo de algún modo bastante absurdo.

Abrió la puerta. Miró inmediatamente mis manos vacías y efectivamente se desencantó. “¿Cuál es el problema?, no lo encuentras, ¿cierto?”. Asentí con la cabeza y me dejó pasar, me invitó un agua de limón con pepino; hacía un calor insoportable y seco. Cuando me senté y vacié de un trago el vaso con agua, inmediatamente sentí cómo la tierra de mis dientes iba directo a mi estómago, y mitigaban el fuego que habitaba en todo mi organismo.

Sin más, Cassandra encendió un cigarrillo, tomó un sorbo de agua, y comenzó a hablar. “Ese libro es muy importante para mi, ¿sabés? Era de mi abuelo. Dice que le ashudó mucho durante su encierro, casi se lo aprende de memoria. Pero una es muy joven, y muy tonta, y me vine para acá, a este pueblo igual que tú, a evadir la vida loca, el pisar a fondo el motor, ¿víste? Traje el libro conmigo y comencé a leerlo, y de algún modo empezaron a pasar cosas rarísimas. Pero a la vez no pasaba absolutamente nada; no había ruidos, no había gente; era escabroso aquesho. Pero a la mañana siguiente sentía que vivía un ciclo repetitivo, espantoso”.

Aquella conversación me parecía absurda, pero a la vez tenía mucho sentido. El estado de hastío del que había huido provenía de conversaciones como ésas pero de forma más impostada, nunca se llegaba a nada, todo eran reuniones con gente que se tomaba muy en serio el ocio, pero no hacían nada con él. De algún modo escapé del estancamiento, de aquella horrible sensación que me producía el percibir que las cosas no avanzaban, que no hubiera tiempo. Irónicamente me fui a buscar el transcurrir de mi propio tiempo, en un lugar en el que de verdad no importaba si pasaba el tiempo o no. Debí estar absorto, ensimismado con mi “desintoxicación”, que no me percaté que efectivamente en ese pueblo no había tiempo. De repente dude si mi paranoia tal vez había construido estas coincidencias que ahora tenían sentido: todas las tardes lo mismo, a la misma hora, los niños; el clima no cambia. La única irrupción al ciclo, para avisarme de ello además, fue la visita de Cassandra, quien había regresado al pueblo, ¿por un libro de Borges?

Era absurdo, estúpido; sencillamente irrisorio. Pensaba en el culo de Cassandra. Salí de su habitación más confundido que ansioso. Una confusión, un hueco, un espacio. Emprendí rápido el viaje rumbo a la biblioteca, casi me tropiezo con un anciano borracho que tambaleaba por la calle.

Cuando llegué a la biblioteca, abrí la puerta principal, encendí las luces, miré el reloj de la pared. Se había parado a las doce en punto. Sentí un sudor frío. De pronto una manecilla avanzó. Era el segundero, y no había avanzado, sino retrocedido. Cerré la puerta y caminé lentamente por los pasillos, viendo los estantes, acariciando los libros, pensando en mi sudor frío, en que tal vez no sería mala idea regresar a retomar mis asuntos. El rostro de Cassandra Lange y su apellido: Lange. La triste sinceridad en los ojos de Cassandra Lange. Cassandra Lange y el tiempo detenido. Jorge Luis Borges invita a tomar el té a Cassandra Lange mientras las cosas se repiten para siempre. Dentro, en el fondo, siempre pasaba; había una certeza sin ojos.

Cuando llegué al estante de la K, lo supe todo. No lo recordaba, es decir, la sensación ahí estaba; algo despertó en mí para decirme que yo había perdido el libro, pero ahora no recordaba con certeza dónde lo había dejado. Pero el pasar por los estantes parecía que estaba ayudando a recordar; a tener pistas.

Caminaba y al mismo tiempo pensaba que todo aquello era absurdo, que tenía que regresar a seguir con mis asuntos más importantes; mis pendientes. Pero estaba ahí, detrás de una hilera, hasta abajo del estante de la K. Y la pasta azul o verde de un pálido característico brilló ante mis ojos. Ahí estaba. Cuando estiré la mano para tomarlo, tocaron la puerta. ¿Eran las seis de la mañana? Era Cassandra. Cuando tomé el libro me entró un calambre terrible, pero lo sujeté fuerte y me incorporé. Grité que bajaba en seguida.

Cuando le abrí la puerta ella entró violentamente cerrando tras de sí. Sabía que tenía el libro. Me lo arrebató y lo abrió con tristeza y rabia al mismo tiempo. “Lo sabía, lo sabía”, murmuró con desprecio. Entonces explotó: “Boludo de mierda, lo echaste todo a perder. ¿Lo leíste, verdad? Ve, ve, está todo leído, joder”. Cada vez tenía más preguntas, pero mis frases se veían limitadas por mi miedo y confusión, que iban en vertiginoso aumento. Ella siempre me interrumpía. Los ojos de Cassandra Lange se clavaron en mí para decirme que el tiempo es una presión horrorosa sobre el espacio, que es un sometimiento y un ardid para sentir que se avanza; ¡cuando en realidad nada está avanzando! Siempre. Toda.

Cassandra Lange salió de la biblioteca triste, inconsolable, llorando. Se había llevado el libro y desde la calle me gritó: “quizás aún tengas un poco de tiempo”. Me quedé sentado en el piso de la biblioteca. ¿Eran las diez de la mañana?

Soñé con una culebra de agua, como a las que les tenía miedo cuando mi padre me llevó de pequeño a Veracruz. Yo lo tomé fuertemente de los brazos, tenía diez años. El me soltó y me echó al agua. “No tienes tiempo”, me dijo. Después, el tiempo pasó y dejé de verlo pronto para siempre.

Cuando desperté eran casi las cinco de la tarde. Me levanté en automático, la ventana, y corrí en dirección de la imagen de siempre. Ahí venían, en hilera, caminando con la cabeza agachada, casi religiosamente. Salí corriendo de la biblioteca, tenía que romper con todo aquello si era lo que pensaba o lo que parecía que estaba pasando en realidad. No me importaba parecer un loco en averiguarlo. Después de todo, una realidad siempre es muy diferente de la otra, y a la vez no. Me paré a escasos metros del asta bandera. Comenzaron a girar e incrementar el paso. Les grité que se detuvieran. Me ignoraron. Tomé a uno por los hombros. Alguien me gritó del otro lado de la calle; era la mano agitada de Cassandra, y el corazón a medias de la Lange. Sólo un adiós.

El niño se me había escabullido; ya no había nadie en la calle. Era de noche. Desde entonces quiero regresar, y redacto todas las noches lo que voy viendo y recordando, mezclando fechas y situaciones conforme brotan en mi mente las imágenes. Luego las leo para no olvidar las cosas, es lo que me hace avanzar, son mis fichas de trabajo dentro de un tiempo circular.




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