Sunday, July 31, 2011


Convención semestral

Un paisaje empañado y gris claro, la ciudad sucia y estancada, paralizando todos los autos que por sus calles transitan. Allá fuera, el invierno impreciso, engañoso; la lluvia helada y un viento que golpea por leves momentos. Un vidrio empañado, que divide y en algún punto, salva, mantiene la esperanza, aunque ésta perfila como la moneda de menor valor. Un dedo que quiere salir, la punta de su nariz dibujando un “te extraño” ilegible y doloroso, para poder ver un poco de ese engaño climático en su paisaje.

Karen sabía muy bien que uno extraña siempre la casa, y que ésta se encontraba donde el corazón albergaba sus momentos más felices y dolorosos, sin importar la geografía y el tiempo. Es por eso que regresó, y por eso mismo que volvió a partir, ahora sí para siempre.

Nos volvimos a ver después de ocho años de ausencia, cambiados, con más volumen en mi estómago y más cansancio en sus ojos; el tiempo había dejado de acariciar con su efímera gracia. Nos habíamos quedado de ver después de una conferencia semestral que tenía que cubrir, en un café que estaba en el segundo edificio antiguo sobre la avenida.

Karen sonreía a ratos y soltaba una pequeña mueca de discreta simpatía cada que yo disparaba alguna imagen que le sonaba familiar. Hablamos poco, o mejor dicho, como en los años anteriores, ella habló poco, asentía o hacía comentarios al margen. Me di cuenta que yo era el que largaba sin cesar, apreciando detenidamente cómo sorbía su soda italiana y cómo el sol resplandeciente de la primavera se reflejaba en su vaso de plástico color verde.

Y entonces callé, y ocho años pesaron inevitablemente en nuestras manos, que ya no se movían al hablar, que se habían desconectado de las palabras; ya no expresaban. Karen platicó un par de anécdotas en el otro lado: trabajos, inviernos como infiernos, pedazos de papel llenos de tinta, cansancio y muchas personas en el camino.

La última vez que nos vimos había luz negra en el lugar, todos íbamos disfrazados y acompañados, reímos mucho y bailamos, vino inmediatamente el primer invierno y congeló el tiempo de tajo, la pajilla de su trago tenía una diminuta sombrilla sobre un palillo de dientes. Karen la levantó y me la regaló.

Con la soda italiana acompañaba un sándwich de pollo que devoró casi al instante. El silencio provocó que las miradas se desviaran; yo buscaba al mesero para pedirle la cuenta, y ella veía desde el balcón a un perro que se escapaba de la cadena de su dueño; la cadena era de su dueño. De pronto vi sus manos apretar el vaso vacío, como si éste fuera de esponja. Por fuera, el vaso estaba sudado por los hielos; un hueco en esa escarcha se extendía con sus dedos, sólo tres y el pulgar que presionaban el vaso, lentamente pero de una forma nerviosa.

Luego vino la cuenta, y las estaciones del año ya no respetaron el guión; dejaron de ser. Luego vinieron sus labios, se quitó los restos de alimento con un palillo de dientes, y otra vez nos dejamos de ver.





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