Velita
Ricardo Pineda
Fuera del olor a encerrado y el polvo sobre las cosas, la casa conservaba todavía ese ambiente cálido sin importar la estación del año, mismo que alguna vez fuera insoportable. Mi hermano y yo estábamos de vuelta ahí para hacernos cargo de la propiedad, arreglarla y limpiarla para poderla vender. Todos nuestros recuerdos estaban ahí, toda la niñez contenida en una pequeña casa de interés social a la que no se le podía sacar mucho dinero; sólo había que hacerse cargo de ella antes de que alguien más la habitara o el estado la incautara.
Teníamos aproximadamente unos diez años sin visitarla, desde la partida de nuestros padres. Nos deshicimos prácticamente de todo, que estaba inservible: ropa, muebles, aparatos viejos, objetos sin mucho valor de mercado; puros símbolos que no estábamos dispuestos a conservar, nada de nostalgia para seguir viajando. Sólo nos llevó un par de días deshacernos de prácticamente toda una vida. Mi hermano y yo no platicábamos mucho al respecto de las cosas, sólo una mirada rápida a ciertos objetos que nos remitían a un momento específico de nuestras vidas. De a poco, la casa quedó prácticamente vacía y limpia, bien pintada y arreglada, lista para ponerle el letrero de Se Vende.
Mi hermano y yo nos dispusimos a llevar a cabo la tarea lo más rápido posible, casi en automático, para quitarnos el lastre que representaba visitar de nuevo el pasado, que luminoso o no, no era algo de lo que disfrutáramos precisamente. Recorrer los cuartos pequeños, los dos pasillos diminutos, la cocina, la zotehuela de lavado y el patio fue el ritual de partida previo a realizar el contrato de compra-venta. No obstante, yo no tenía prisa por regresar a mi casa y decidí quedarme un par de días más para hurgar en el recoveco que faltaba: la covacha, un diminuto cuarto, reducido en sus dimensiones, oscuro y frío, el único espacio helado de la casa, el cual nunca quedó terminado por completo y parte del piso y una pared quedaron en bruto, con pedazos de tierra húmeda, salitre y olor ha guardado. En ese pequeño espacio, al cual había que ingresar agachándose, había un par de herramientas, basura, pedazos de figuras de cerámica que ya conservaban moho, y un baúl, el cual contenía muchas cartas pertenecientes a todos los integrantes de la familia. Y un par de discos, acetatos viejos que ya estaban húmedos e inservibles.
Tras la despedida con mi hermano una mañana, pensé en ingresar en la covacha para dejar limpio el espacio, y visitar con una pequeña vela esos discos que otrora habían representado una historia especial en mi vida. Esa noche, después de pensarlo mucho, ingresé en el cuarto con una pequeña vela en mi mano. Abrí el baúl y tras el desagradable olor de bienvenida comencé a sacar poco a poco las cosas, y a leer aquellas líneas propias y ajenas, tejer recuerdos y divertirme con algunas misivas que nunca llegaron a su destino y otras tantas que atendían a una inocencia de la cual ya no tenía memoria.
Después del deceso de mi padre y la partida de mi madre, mi hermano se casó y tuvo hijos, y yo me quedé solo, nunca más estuve con nadie más, y hubo un momento de ruptura cuando me iba a cambiar por segunda vez de departamento. Recuerdo que fui a Chiapas a la boda de alguien muy especial en mi vida, luego regresé y me dediqué a escribir sin consuelo todas las noches, nunca más me casé, y al poco tiempo me salieron arrugas y comencé a experimentar la caída de mi cabello, la pérdida paulatina de mi memoria y el desinterés por la música. Pero en el baúl estaba un disco que recordaba de vez en cuando: el Pink Moon de Nick Drake, que al igual que yo, había fracasado en aquello que los demás consideran como una vida feliz y plena: hijos, compañía amorosa, casa propia, carro y perro ladrando, etc. Acerqué la vela diminuta a la portada sucia y casi imperceptible. En su interior se encontraban unas hojas escritas con mi puño y letra, que atendían a lo que yo consideraba el cierre de una etapa de mi vida. Respiré hondo, y con la pequeña vela al pie de las pálidas y húmedas hojas, comencé a leer cómo se dio mi último cambio de departamento y el fracaso de Nick Drake, cómo se dio esa especie de depuración.
La pasábamos muy bien los tres juntos. No había mayor complicación: pláticas, alcohol, fiestas, humo espeso en el aire, chistes sin sentido, y música, mucha música. El eje principal de nuestra amistad era la música, pasar horas y horas hasta que amaneciera escuchando platos en la tornamesa de Raquel, debatiendo sobre cómo el agrio carácter de Neil Young podía expulsar canciones tan conmovedoras, si lo que en el presente nos hacía sentir The The era equiparable a lo experimentado con el “Kind of Blue” de Miles. La melomanía era una forma muy especial de poder externar nuestros pensamientos y sensaciones sin ser obvios por completo.
Conocí a Raquel por Alan, y éste a su vez por Rodrigo, otro amigo que se borró del mapa en cuanto Alan, Raquel y yo formamos el trío dinámico en la escuela, la misma que decidimos abandonar para dedicarle al trabajo y vida en general. En poco tiempo generamos una dinámica muy especial, una en la que no bastaban florituras para pretextar la dependencia entre nosotros. Raquel se quedaba a dormir con frecuencia en mi departamento; la pasábamos muy a gusto, pero cuando Rodrigo se sumaba realmente sucedía el disfrute de la compañía en proporciones fantásticas. Hacíamos todo juntos: salir, ayudarnos mutuamente, llorar, quehaceres domésticos; era lo que hoy sigue siendo el estándar máximo personal de la amistad, o de la familia.
Pero como toda relación, llega un momento en el que las cosas se desgastan, se corrompen y mueren. Y nuestra relación, después de ocho años, un día sin avisar, se colapsó, y no hubo dramas ni conversaciones tortuosas de por medio, simplemente dejó de existir de tajo. Eso fue precisamente hace doce años, cuando Alan decidió que debía ser exitoso en Argentina y Raquel optó por casarse; ella que no creía en el matrimonio ni en el amor, ella que enfatizaba sus ganas enfurecidas por alcanzar las lindes del placer a costa de cualquier nimiedad sentimental. La gente crece, madura y cambia, supongo. Y es lo que yo también tuve que haber hecho.
Hace un par de días recibí la invitación para viajar a Chiapas por parte de Raquel, quien me convidaba a conocer a su primer retoño: una bella nena de nombre Ámbar. Vacilé mucho si quería ir o no, si eran más mis ganas de seguir sabiendo de ella después de todo lo vivido, de todo lo sentido, pero no sé. El sabor extraño de una fruta siempre tiene jugos que te hacen regresar a ella, a pesar de sí misma.
Antes de partir me decidí por fin a cambiar de todo; dejar las cosas bien preparadas para cuando regresara del viaje por fin me mudara de departamento, tomara la opción de cambio de trabajo recibida hace apenas unas semanas y emprender otro camino. Ahora a esta edad en la que la idea de éxito económico, laboral y sentimental ya no lucen tan atractivas. Justo en este momento, donde la nueva música ya no me propone y casi nadie de los que le sabe al asunto le apasiona quedarse despierto hasta otro día hablando de guitarras que descomponen, baterías poderosas, y vidas que no se logran sino a través de los sonidos.
Lo último que guardé en cajas fueron los platos negros de vinyl. Había muchos que no tocaba desde la época con Raquel y Alan; algunos son aún de ellos. Por ahí aparecieron los de Marvin Gaye e Isaac Hayes de Raquel, el rayado de Coltrane y el inconseguible de Harumi de Alan; ni siquiera tenía memoria de que estaban en mi departamento. Eran tantos. En la última tanda de discos polvosos me topé con algunos que removieron toda una vida en mí: Frank Zappa, Cecilia Toussaint, El Personal, Size, Fairport Convention, algunos mágicos de Spineta y Talking Heads. Y ese disco, el que nos llevó al árbol de las hojas amarillas: Five Leaves Left de Nick Drake. Los tres teníamos gustos bastante dispares que respetábamos y escuchábamos con atención, pero era con Nick Drake cuando el tiempo se detenía y se hacía uno solo, y nadie tenía nada que decir acerca de tema alguno, el silencio marcaba todo. Apenas las dos caras del disco terminaban, y la aguja regresaba a su sitio, Raquel siempre empezaba nuestro tema favorito, idealizando la vida y obra del cantante más triste de Inglaterra en la mejor época cultural de occidente.
“No sé por qué Nick Drake nunca la hizo, era la época adecuada, y no estaba tan alejado a su época. Tal vez nadie entendía su sensibilidad, era muy personal, hermético… que también su timidez y su depresión no le ayudaban, pero debió haber sido por lo menos más famoso que Grand Funk Railroad o grupitos de esos medianones que se hicieron memorables”.
Y Alan siempre se iba con el mismo argumento, pero desde un perfil diferente.
“Es que esos arreglitos que le hicieron para su segundo plato se escuchan un poco forzados, como que quiso gustar y entrar al mundo de los folks con calzador. Pero su encanto está en él solo y su guitarra, y las letras, ¡qué canciones!”.
Me gustaba mucho hablar de música con esos dos, pero mi corazón experimentaba cosas indescriptibles cuando discutíamos sobre Nick Drake, cuando llegábamos a la conclusión que era mejor que Donovan, Young e incluso Dylan. Que preferíamos que el tiempo le hubiera dado la razón de una forma tan sutil. Y ya con sueño, casi balbuceando, alguno de los tres remataba la sesión afirmando que hubiera sido bueno una mejor suerte para él y su obra.
Todo eso vino a mi mente en un instante cuando terminé por sellar las cajas de cartón para la próxima mudanza. Empaqué un poco de ropa, un par de música digital, un regalo especial, y me dirigí a la estación de autobuses; lo preferí al avión, me vendría bien calcinarme el trasero e ir leyendo en el camino.
El regalo especial en cuestión es una especie de bitácora que Alan dejó en mi departamento y del que no tenía conocimiento hasta ahora. Aún no sé si dárselo a Raquel o conservarlo, para mí o por si algún día vuelvo a ver a su dueño. Leo y hurgo en aquellos días según la sensibilidad de Alan, algunos pasajes son realmente entretenidos, otros resultan sencillamente incomprensibles para mí, pero justo ahora que estoy esperando a que llegue mi hora de partida, leo con más atención, porque el texto ha llegado a 1988, año que me interesa. Leo a saltos y no dejo de sonreír.
13-enero-1988
Hace un frío del carajo, y un sol que calienta una madre. La universidad revisitada no tiene gran encanto: la mayor parte del tiempo da flojera, la gente me parece desfasada, y las razones por las cuales seguir estudiando no son muy sólidas. Pero en medio de todo hay cosas buenas. Rodrigo me presentó a alguien que según le gustaba la misma música y literatura que a mi. Carlos se llama; uno de los nombres más formales, comunes y aburridos que existen en el español. Carlos resultó ser una revelación con el paso de los días, se ha convertido en poco tiempo en un gran amigo, que pocas veces puedo usar ese mote. Por lo mismo le he abierto las puertas de mi hogar, mis discos y mi amiga de toda la vida: Raquel. A Raquel le agrada mucho Carlos, pero juntos los tres creo que hemos formado una suerte de amistad muy bonita, antipendejos y sólida con la cual poder abortar al resto de la comunidad. Han sido buenos días en los que no pasa nada fuera de lo normal en cuanto a la escuela se refiere.
14-febrero-1988
Hoy pasó algo muy raro. Raquel, Carlos y yo aborrecemos el catorce de febrero, y decidimos evitarnos el numerito y no ir a la escuela. En su lugar fuimos al bosque de Tlalpan. Escudriñando novios ocasionales nos postramos debajo de un árbol de verdad grande, con una sombra increíble y de hojas amarillas, más bien doradas, bien doradas. Bebimos un poco de tinto que traía en la mochila y comimos unas aceitunas enlatadas que Raquel guardaba con cariño de su cumpleaños; dice que las aceitunas la hacen muy feliz, y que su familia no pierde la ocasión para regalarle un poco de vez en vez.
Por lo general Raquel era una chava muy alegre, pero hoy estaba rara, melancólica quizás. No me preocupa mucho porque los tres llevamos habitualmente ese estado de ánimo, sin pose ni nada, simplemente no perdemos la ocasión para sentir el corazón enrarecido por algo, no obstante nunca lo habíamos exteriorizado de forma tan clara como el día de hoy.
Platicamos debajo del árbol por unas tres horas cuando Raquel dijo que las aceitunas serían mejores si tuvieran otro color, un rosa ocre, como la luna de Drake. De ahí surgió todo. Nick Drake fue un cantante estupendo e incomprendido, aunque nadie dudó de su capacidad para decir cosas importantes en sus letras. La verborrea melómana se prolongó esas horas y de súbito, todos quedamos callados, viendo un rayo de sol que se filtraba entre las hojas frondosas del árbol. Ese rayito sutil pegaba justo en la comisura de los labios de Raquel, que estaban apretados, que dolían hermosamente tan solo de verlos. Quedamos callados porque el viento pegaba suave en nuestros rostros, porque Carlos y yo observamos el alma de Raquel, y porque Raquel tenía algo importante que callar, quizás nada, algo inasible. A los pocos minutos me percaté que los ojos de Carlos se humedecían, como los míos, como los de Raquel. Es asombrosa la manera en que la vida te toca un día, de súbito, y sientes el alma contenida al unísono con alguien más en tan poco tiempo. Tal vez lo que representa el día del amor y la amistad, fuera de las compras, no sea tan malo.
26-febrero-1988
¿Cuál de las estrellas vas a escoger? ¿Cuál de ellas tiene la respuesta? ¿Y si no es la mía? Yo he elegido dos estrellas que gustan, y parece que esas estrellas también me han elegido para quererlas, aunque en ocasiones siento cosas raras, porque Raquel es muy bella, y me coquetea a pesar de nuestra amistad, y yo le correspondería con mucho gusto salvo por el detalle que me confunde: creo que Carlos está subiendo la apuesta, y se está encariñando de una forma muy distinta de Raquel. Y es peligroso porque Raquel no cree en el amor, porque tampoco cree mucho en la amistad ni en las cosas perennes. A veces pasan mucho tiempo juntos, pero Carlos viene a decirme que no intenta nada, que es muy torpe y tímido. No lo dudo ni un segundo.
10-abril-1988
Lo que sucedió este día fue muy especial, logré darme cuenta que la carne es carne y los sentimientos mutan indiferentes a otra parte todo el tiempo. Carlos y Raquel fueron a beber a una exposición en el Centro; yo decidí quedarme en casa escuchando un par de discos nuevos, pero me aburrí pronto, y decidí llevarme mi walkman dentro de mi saco y caminar un poco por el parque que está justo en el camellón de la avenida próxima a mi casa.
Caminaba con paciencia, escuchando un par de canciones de Nick Drake para variar, pensando en que a veces la vida se niega a dejarte fluir de manera natural por los caminos de lo normal, de donde todo mundo se encuentra y te relega a lo sutil, a lo muy leve, donde no hay dinero, amigos ni sonrisas y sí, existen abismos contenidos en cada grano de arena o en una hoja rota de papel, un chicle pegado en el barandal de la vecindad o un poco de lágrimas apretadas, cautivas en los ojos de la madre que no quiso agriarle la tarde a sus hijos con el llanto inexplicable e inconsolable.
En esas estaba, paseando basura pálida y vieja, con la mirada gacha, cuando al querer buscar un lugar donde acomodarme para ver el atardecer me encontré a Raquel caminando en contraflujo hacia mí, con la cabeza gacha, paseando una basura de cigarros. Me extrañó encontrármela puesto que se iba a ver con Carlos, luego me explicó que no tenía ganas y que si no le invitaba un café en mi casa. El café fue el pretexto para que Raquel me explicara con cierto fastidio leve que Carlos estaba enamorado de ella, para reírnos juntos de lo absurdo del amor, del frío que hacía, de los nervios que se sienten al estar al lado de alguien al que no conoces del todo, de lo rico que es el aroma de ciertas personas. La carne es carne y ninguno experimentó nada más esa tarde, únicamente el placer de dos cuerpos saciándose, de la madurez que implica no mezclar la amistad con el negocio. Secretos son secretos, y Nick Drake dejó de ser el mismo a su vez.
15-abril-1988
Carlos está muy sacado de onda con Raquel, le gusta mucho y teme arruinar la amistad de los tres. Yo no sé qué decirle, si recomendarle que tenga sólo sexo con ella porque también es correspondido en el gusto carnal, o quedarme callado . Lo veo afectado emocionalmente y no creo que sea amor lo que siente, simplemente una obsesión desbordada, aunque eso sería juzgarlo demasiado. Opto por invitarle unos tragos, leer un poco, y escuchar más discos que de costumbre.
2-mayo-1988
No son celos precisamente y menos ahora que volví a tener sexo con Raquel, pero cuando me contó al terminar que también se acostó con Carlos y que sintió que le había hecho daño fue raro, un sentimiento de extrañeza, de sentirme ajeno, de no querer escuchar esas palabras. Raquel fue muy gráfica, y el desempeño de Carlos fue el de un niño, no tanto por lo infantil sino por lo aprehensivo. Creo que la chica le obsesiona lo suficiente como para arriesgar de esa manera la amistad. No sé, tengo un presentimiento malo al respecto.
8-enero-1989
Haciendo un recuento de lo ocurrido me sorprendo. Tantas cosas en sólo unos meses: Carlos ha hecho muy descarado su amor por Raquel, ella enfatiza que no quiere, que somos amigos, él se ha empeñado en “comportarse” sin lograrlo, nos cela, ha hecho escenas infantiles y pucheros por no tener el cariño de ella. Raquel llora últimamente con ciertos libros que prefiero se pierdan en la mala memoria, y los discos de Nick Drake ya no son tan disfrutables cuando los escuchamos los tres. Carlos fija la mirada en sus tenis y Raquel se come las uñas viéndome un lapso y regresando la mirada hacia los tenis de Carlos, hacia las manos de Carlos, hacia la tapa del disco. Creo que deberíamos descansar los tres un poco de cada uno, en lo que se calman las cosas. Hay una especie de trato raro, interno supongo, sólo lo supongo, en el que la amistad no se ve amenazada, pero el drama ahí está, la tensión sigue. Y el plato negro sigue dando vueltas.
15-febrero-1989
Ayer volvimos al árbol y platicamos los tres como el año pasado, pero sin dirigir las palabras a ninguno, como si se las dijéramos al árbol, que ya no me parece tenga las hojas tan doradas. Ahora las palabras de Raquel son graves y dispersas, no hablan de nada, y rompen el ambiente cuando dice que Nick Drake tenía problemas mentales severos, y su talento se fundamentaba en su soledad y patologías. Carlos en cambio, habla con amargura, como con desencanto, casi no bebe ni fuma, yo trato de romper el silencio con chistes bobos y preguntas superficiales sobre artistas y libros.
Fue un día bueno, porque los tres llegamos a una especie de cita declarada, sin ponernos de acuerdo, sin sorpresa de vernos, dirigiéndonos una mirada de complicidad. Un lugar para estar y que nada sucediera, era lo que supongo siempre buscamos los tres.
12-mayo-1989
Me queda claro que las cosas no son para siempre, las relaciones sobre todo. Hay un halo de oscuridad en mi relación con Raquel y Carlos, algo no está bien, tanta amistad, tanta dependencia. Raquel dice que ha pensado en andar con Carlos para que deje de estar así, por compasión. Nadie sabe lo que Raquel piensa o siente, pero intuyo que es algo muy pesado, algo añejo e indecible.
La mirada de Raquel siempre se encuentra perdida, aunque intente ocultarlo, como que todo el tiempo se encuentra soñando, cantando e imaginando cosas en su cabeza, me agrada verla, sentirla, pensarla, pero al lado de Carlos y de mi parece que se encuentra en otro tono, como si no le hiciera bien, pero a su vez necesitara ese no estar bien para poder respirar. Hay algo de patológico en nuestra relación quizás. Hoy he pensado seriamente en que un día todo esto tiene que acabar, y que Raquel será quien lo termine; es la única que habla menos (salvo cuando se trata de Nick Drake y sus tres discos), es la que más actúa mientras Carlos y yo sólo hablamos sobre lo que estaría bien hacer, él conformar una empresa donde los tres trabajemos, y yo escribir y escribir hasta que se me caiga la mano. Pero nunca llegamos a nada, sólo dibujamos el clima, sólo imprimimos unas postales lamentables sobre el momento.
Hay algo de raro en la relación con esos dos. No es una relación, no puede haber una relación, no debe. Ayer Carlos quitó el Pink Moon y Raquel sólo suspiró como fastidiada. Creo que andarán pronto.
28-julio-1989
Volar, es lo que deseo con ganas todos los días desde que Raquel anda con Carlos, parece que no me necesitan, pero me vienen a ver, actuando que se aman, al menos ella. Carlos también un poco porque dentro sabe que no es verdad lo que tiene, se aferra con ganas a algo que no existe. Vienen a contarme la última noche de Drake, y francamente ya me da mucha flojera el tema. El cantante se amargó por completo tras los fracasos de sus tres discos, la mala promoción, se tiró al alcohol y regresó a vivir con sus padres tras una travesía tortuosa. En esa época tomó muchos antidepresivos y somníferos que le medicaban, regresó a intentar hacer otro disco, pero la voz la tenía muy atrofiada ya por el alcohol, no obstante de un par de buenas tomas. Se quejaba todo el tiempo que si todo el mundo decía que era tan bueno por qué carajos no tenía lana, o una fama como Dylan o Young. Trabajo pensé para mis adentros; Nick Drake no lo logró porque se tenía lástima, porque estaba enamorado de su mundo interior y sus letras, porque se sentía lo suficientemente diferente como para necear a cerca de cómo debía hacerse un disco, por inconstante.
Aunque también estaba la teoría de que Drake sí lo logró, que hizo unos discos míticos que hoy son referencia para un millar de bandas y gente alrededor del mundo, a costa quizá de su bienestar externo.
La historia y las teorías me helaron por completo, no me llevan a nada y me dicen tantas cosas de mi y mis amigos. Probablemente sea momento de desprenderme, después de unos meses extraordinarios. Nick Drake deja de escucharse en esta casa.
13-marzo-1990
Es increíble lo rápido que pasa el tiempo, lo mucho que sucede de manera vertiginosa en un lapso de tiempo lacónico, un tris. Pensé que no volvería a escribir en este cuaderno, que tomo de vez en vez y que dejo sin cuidado alguno por los rincones del departamento de Carlos. Él sigue con Raquel, y ella siempre me dice que no lo ama, pero que disfruta mucho verlo así de contento, aunque últimamente no está tan contento. Nuestra amistad se ha ido difuminando y yo sólo hago acto de presencia cuando estoy aburrido y quiero escuchar mis discos que tengo en casa de Carlos, creo que ahí están mejor, porque si los tuviera en casa sería presa de ellos, los contemplaría todo el tiempo, leería detalles y perdería tiempo, como el que Raquel me dice estar perdiendo, como el que le hace perder a Carlos.
Ayer, después de mucho tiempo, volví a escuchar a Nick, y descubrí la magia de lo indecible, de una mota diminuta de polvo y un piano que apenas y puede seguir el ritmo, a sollozos, después de un tiempo que se escurre, que pesa. Un susurro me dice que pronto Raquel dejará a Carlos, y que eso servirá para ya no estar juntos los tres, para pasar de una hermosa relación llena de fantasías e ilusiones a un estado de rareza, de falsos adornos, de momentos elaborados, artificialmente para llegar finalmente a un ocaso inevitable, a un apoteótico final. Así de predecible es la vida. Pareciera que la gente es complicada, pero no es así, es tan corta la visión que uno cree haber visto demasiado. Patético.
12-octubre-1992
Ayer llegué a Guerrero a casa de mis abuelos y lo primero que hice fue ponerme a descansar en una hamaca que se encuentra debajo de un limonero. Había un par amarillos dentro de la hamaca y me puse a olerlos mientras el viento pegaba en mi rostro y me dejaba sedar por los efectos de la comida, el viaje y el calor, cayendo en un profundo sueño. Soñé que estaba en un río con Carlos y Raquel, que todo era como antes y que no había sido partícipe de su loco drama en el que todo acabó mal. Carlos abstrayéndose de todo y de todos, Raquel aborreciendo las tardes juntos y a Nick Drake, diciendo que había cambiado, llorando todo el tiempo, cambiando siempre, bebiendo a todas horas, y conmigo en una confusión total.
Por fin dejaron de andar, e intentaron que no pasara nada en nuestra relación, regresamos al árbol infructuosamente, ya no tenía las hojas doradas, y Raquel hablaba y hablaba acerca del amor y los días soleados. Fue desastrozo.
Hasta aquí llego, regresando de este viaje guardaré muy bien esta libreta entre los acetatos que Carlos ya no escucha, últimamente sólo compra compactos y le da flojera agarrar sus platos. Yo no quiero ser partícipe de nuestro pasado una vez más, seguro nos estaremos viendo intermitentemente, pero Nick Drake murió después de hacer tres discos fallidos y excepcionales, y por aferrado y enamoradizo, por la ambigüedad de querer curarse perdió lo poco que tenía.
Se me ha hecho un nudo en la garganta, creo que no debí haberme encontrado este diario. Muchas cosas las deduje en su momento, otras a destiempo, un par más fueron develadas con los años, no obstante a puesto en relieve todo lo que sentí en ese momento y que fue la semilla de este que ahora lee como un chamaco ofendido. El autobús aún no llega, y ya no sé si treparme o no para ver eso que no se puede ser.
El asiento es cómodo, y creo que después de todo el viaje me hará bien. Lo preferible es disfrutar, pensar en el regreso como un nuevo viaje, y que esta libreta quede hecha añicos. Volví a ver a Rodrigo muchas veces más con los años, y a Raquel sólo un par, en las que irremediablemente teníamos discusiones estériles. Hoy espero ver a una nueva fan de Nick Drake en ciernes. Ahora entiendo por qué Rodrigo detestaba tanto el folk inglés.
No hay mucho que vender, sólo esta vieja casa; seguro la vamos a malbaratar, uno nunca aprende nada, y la velita termina por extinguirse.
0 comments:
Post a Comment