Wednesday, September 14, 2011


A él le gusta la gasolina

Ricardo Pineda

En diciembre de 2000 mis padres se separaron. De esa época parece que la mayoría de los recuerdos mi mente los borró, pero lo que sí recuerdo muy claro fue el 1 de diciembre por la mañana. En mi nuevo cuarto había un poster que había pegado en la pared, con un grabado de Emiliano Zapata, había mucha luz en la habitación, y yo me había levantado muy fresco y con energías. Miré el poster y comencé a notar detalles en la imagen que antes no. El aspecto campesino en el rostro de Zapata me recordó a mi padre, de quien nos acabábamos de separar. Por primera vez me cuestioné en torno a cómo la estaría pasando, de qué manera estaba sorteando él su proceso.

Fui a visitarlo. Cuando entré en la que ahora era sólo su casa; estaba casi vacía, se notaba la ausencia clásica del lado matriarcal, había cosas tiradas y el polvo comenzaba a hacer mella sobre los pocos muebles que había. En el rostro de mi padre notaba tristeza pero también desconcierto. Con el tiempo llegó el divorcio y mi madre compró la parte de la casa que le correspondía (bienes mancomunados) y regresamos a ella, mi padre tuvo que cambiarse, ahora vive en una casa propia, y cuando lo llego a visitar parece que lo ha sorteado bien, se le nota cómodo viviendo solo pero algo hay en su rostro que intuyo no atiende al desmembramiento de su familia, ni a la falta de una mujer en su vida, sino a que en la casa donde habitó cerca de 18 años dejó algo de sí, trabajó años para liquidarla con mi madre, el famoso patrimonio que hoy resulta casi imposible o ridículo de ejecutar para algunos. Su ausencia de la casa durante tres años intermitentes, en los que se fue a Estados Unidos a trabajar de ilegal, implicó no sólo la distancia con su familia a su regreso, sino también el cambio de carácter de una persona temerosa y afable, a alguien muy introvertido y taciturno.

Con el pasar de los años, mi hermano también abandonó el nido para no volver, al menos de forma definitiva. No obstante que la posición y la tónica es otra con mi hermano, también hay algo sospechoso que ubico en sus ojos; de alguna forma nunca deja de extrañar la casa y a lo que en ella aún habita, siempre hay un suspiro cuando la visita termina. Con el tiempo ese semblante ha cambiado un poco, y lo noto más aún ahora que será padre de un niño, pero seguro algo dejó, es normal; todo mundo va dejando cosas que nunca más regresan, buenas y malas. Es la misma mirada que noto en Beck tras el Sea Change y la historia que hay detrás, es la misma expresión que he notado en mí cuando una relación importante fracasa.

Mi madre también se ha ido a Estados Unidos en dos ocasiones intermitentes, y si bien no puedo sino expresar mi alegría y admiración ante el hecho de que alguien como mi madre haga eso, que viva una aventura y lección sin parangón, a su regreso encontré esa expresión, aunque de un modo más sutil ahora que regresó.

Nunca fuimos una familia muégano, aunque sí, y alguien cercano a nosotros o un psicólogo podrá verlo con mayor nitidez, hay un tanto de apego y codependencia que seguro llega a tocar niveles no tan sanos y que se ha transportado a otras aristas de nuestra vida, principalmente en las relaciones afectivas, generando a su vez situaciones adversas y miedos, como el que hoy tal vez me lleva a teclear estas líneas.

Yo soy el único de los cuatro integrantes que no se ha ido del todo; he vivido solo derivado de las partidas de mi madre. He sido el que más tiempo ha pasado fuera de casa en cursos, viajes, conciertos, fiestas, veladas con amigos y el que más Lobo Estepario parecía de todos, vamos, no me considero alguien demasiado hogareño, a pesar de que con el tiempo me voy “domesticando” más, aún me considero más de calle.

La partida para mejores rumbos ha sido una constante en mi familia: el viaje de mi padre a Estados Unidos, los cambios de residencia de mi hermano, y los constantes actos de la wonder woman que es mi madre, sólo han dejado una impronta personal que comparte también el cantante de Eels, quien ha tenido una real y cruenta historia: las cosas se hacen abruptamente y bien. No soy el mejor ejemplo de esa máxima, pero siempre la tengo presente y puedo parlotear ejemplos de lo efectivo que son las decisiones importantes y definitivas con todo y el dolor y pérdidas que de ellas emanan. Pero ese curso Cornejo se los dejo para otra ocasión.

He pensado seriamente que tal vez padezca algún tipo de inconsistencia en mi psique, que invariablemente La Náusea (Sartré dixit) se hace presente en la mayoría de mis esferas habituales. Aunque sigue sin gustarme el asunto, y parte de eso se ha tratado con el cuidado de un alfarero. Pero lo cierto es que tampoco soy alguien que se procura en extremo; vivo acorde pienso y siento que es lo correcto y trato de asumir las consecuencias de ello sin gimotear demasiado, ahí va, aún soy joven, no se desesperen. Con el tiempo he estado más a gusto y contento con el que tengo enfrente del espejo y ya no me desconcierta la mirada sospechosa, porque sé que no sólo Mike Everet, mi madre, Beck, mi hermano o mi padre la tienen. Somos muchos, tal vez todos los que tengan dos piernas, un par de ojos y un corazón que medianamente funcione. Sonrisas torcidas para un corazón maltrecho.

Tal vez por eso sea que me da un poco de miedo y aprensión el partir de una vez por todas de mi casa, sobre todo ahora que el tiempo apremia y que sólo tengo un par de semanas para ejecutar la faena antes de que la nueva aventura laboral comience. Miedo al cambio, que le llaman. Imposibles no; difíciles, todos, es cierto. Han sido días extraños, llenos de epifanías y episodios agridulces, pero al mismo tiempo hay una pequeña sonrisilla siniestra dentro de mí que sabe que así tenía que ser, que siempre lo he sabido, que no puede ser de otro modo, entonces uno pisa el acelerador con mayor firmeza, quiero creer.

Hace poco hablaba con un amigo acerca de las cosas que me sucedían. Seguro la obviedad les resultará un poco insoportables, pero al yo pensar que esto es más normal de lo que parece (para no exacerbar mis sentimientos al respecto), mi amigo dijo “cada día estoy más convencido de que esas cosas sólo te pasan a ti…estás bien extraño”. El comentario, tomándolo de quien venía, no me pareció poca cosa, y pensé que probablemente ese señor que tiene las manos curtidas ha tenido una vida de verdad cruenta. Pensé también que el tipo arrogante que le acaba de decir pendeja a la chica del Starbuck de Polanco, seguro no ha vivido situaciones que la hagan revalorar su papel frente a un empleado de poca monta, y ninguno de los antes mencionados podría situarse en una escala moral mayor o menor, al menos no antes de conocer toda la historia completa.

Dije que han sido días extraños. No recuerdo algún momento de mi vida en el que en menos de dos meses haya vivido tantos cambios emocionales con tal intensidad, incluso en un solo día. Es devastador. Mi amigo en mención sentenció la verdad: ésa es tu gasolina. Puede ser masoquismo o una forma extraña de canalización, pero tiene razón. Mis líneas provienen de todo esto, pero no sólo de todo esto, sino de lo otro que también es esto.

Entonces, ésta sólo es una parte de la historia, ni siquiera la mitad, podría jurarles que apenas comienza, pero suelo tener mal karma con eso de las promesas, claro; como todos. Espero poder llegar con una perspectiva clara al próximo cuento que escriba, o tener la elocuencia necesaria para que no me corran. ¿Cómo les explico que mi vida se va en quererme dar a entender a mí mismo para escribir con la angustia suficiente? Sólo la suficiente. Deseo con todas mis tripas terminar algún día de leer esos libros chingones que por fin, después de años de deseo, he podido adquirir y que por indisciplina y tiempo no he podido iniciar. Espero también poder encontrar esa misma expresión de terrible desconcierto, en medio de las miradas llenas de amargura y de segundas intenciones.


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