Wednesday, November 16, 2011


Notas desde Naranjo 501. Hasta que el aliento se acabe

Ricardo Pineda

Siempre que escribo me gustaría comenzar como Cortázar en su grabación: “Yo no sé mira, llueve todo el tiempo allá afuera…”. En realidad a muchos nos agradaría escribir como lo hace el argentino, incluso algunos lo hacen. Yo no, trato de evitarlo lo más que puedo. ¿Hasta dónde nos lleva el proceso creativo que nos orilla a replicar nuestras influencias literarias más marcadas? No lo sé, quizás Jorge Volpi y su libro más reciente tenga la respuesta más sensata. También lo dudo un poco, soy joven e imberbe seguro por eso dudo demasiado de todo y de todos, incluso de mí. Lo cierto es que alguien con una capacidad limitada para crear universos e historias, alguien que de un tiempo acá casi no escribe, no debería construir juicios de valor como éstos.

Pero como esto no se trata de qué es lo que uno debería o no hacer, he aquí un post de ejercicio personal, que intenta soltar la tecla de nuevo y mostrarlo como viene, crudo de verdad.

Me viene mucho a la mente dos cosas: cuando el editor de John Fante le argumenta que la vida del escritor es así, hacer mucho con poco. Y la otra, el dicho popular que versa que la cultura es como la mermelada, que entre menos tiene uno más la expande.

En lo personal creo que he vivido una cantidad basta de momentos lo suficientemente atípicos como para escribir incluso una novela. Paul Auster decía que las cosas le suceden sólo a aquellos que pueden contarlas. Pero lo cierto también es que a todo el mundo le suceden cosas atípicas todo el tiempo, no creo que haya alguien enteramente convencional. Sobrevaloramos y subvaloramos muchas veces de igual manera la vida. La onda es darle forma a las cosas y ponerlas en un lugar donde pasen a mejor vida, envejezcan bien, muchos dicen que funcionen. Me genera escozor la palabra “funcionar”, ¿para qué? Quién sabe.

La verdad es que escribo para desaparecer, para irónicamente escapar de la idea de trabajo. El otro día Richard Hawley decía que le cagaban los tipos que tomaban la música como un trabajo, siendo que uno tocaba la guitarra para no trabajar. Muy cierto, sólo que algunas ideas dentro de la concepción de trabajo tienen una cabida mayúscula dentro del proceso creativo: hacer lo que a uno le apasiona de forma ordenada, constante y disciplinada. No se logra nada sólo con el talento, todo tiene una parte de trabajo duro y sacrificio, incluyendo el amor y el divertimento.

Pero sí hay objetivos y sueños; unos conciben que si uno mata toda esperanza de triunfo o logro vive mejor, se la lleva más relajado y honesto, si uno anula las consecuencias y las convierte en el hecho mismo de las cosas, lo demás llega solo. Paciencia para encontrar el punto de equilibrio. Repito, soy un escritor joven y seguro todo me genera duda, incluso estas líneas.

Hay veces que la musa no baja, y uno tiene que dejar la tecla sin remedio alguno para no forzar las cosas. Se dedica a vivir, cargar la pila y leer y leer hasta que un día, de a poco, las palabras regresan a uno, en una catarata de milagrosa posesión creativa.

No sé, creo que he escrito, ni mucho ni lo suficiente, de niños, de ouroborus, de cosas intangibles, remedos de imitación de Cortázar y Carver con atisbos de mediana ortografía. Y muy sufrido, desde los ocho años escribo de desamor, de dolor y cuestiones azotadas, no soy un escritor gracioso aunque me considero una persona con humor. Las musas no vienen muy seguido por la calle de Naranjo últimamente. Lo cierto es que las llamo, como las sirenas, de la mejor manera.

Todo esto no tiene eco, es una especie de grito en un cajón sin resonancia, a casi nadie le importa la vida y los conflictos de un escritor que no escribe, que no publica, que tiene dudas incluso de llamarse a sí mismo artista. Me alegro por tu cerebro pero dónde está la pasta. Y mejor que así sea, así uno se limita a lo que sabe y gusta: escribir. Lo demás viene en consecuencia, o no.

Dice también Leonard Cohen que debes tener muchos pantalones para venir a mostrar algo gracias a tu hambre de reconocimiento. Yo procuro la mayor parte del tiempo no arrojar una verborrea senil de palabras inconexas, no llenar el vacío con pendejadas, pero tampoco me puedo quedar callado, la voz es una cosa que no para, que no perdona ni se detiene, que considero necesario.

Muchas veces te cuestionas hasta dónde llevar tus ideas y anhelos, contemplas si tiras la toalla o continúas, cuál es tu verdadera profesión o si sólo estás por estar. No sé si exista una misión como tal. Lo cierto es que estas líneas comparten la incertidumbre que muchos de mis contemporáneos tienen, es la misma rabia y desazón de la época con la que uno se levanta todas las mañanas para ir a trabajar o a buscarse a uno mismo.

Siempre pensé que cuando me fuera a vivir solo escribiría a más no poder, y las historias se desarrollarían de mejor manera, casi solas. Les digo que uno es muy joven e inexperto en esto. Hace poco más de un mes cambié de vida y de trabajo, y casi todo ha sido parte de un reacomodo mayúsculo que no siempre tengo certeza que sea lo mejor. Pero cada vez más considero que eso es lo mejor que me ha pasado, el descubrir la nimiedad y el hueco de verdad, los vericuetos del desamor y la falta de comodidad.

La ambigüedad permea siempre las mañanas, y el reto de escribir se hace más grande conforme pasan los días, y por eso estoy aquí. Y por eso son estas líneas a mitad de la noche, que son urgentes y se contradicen en la forma y se desdicen en el contenido, que se diluyen en la noche y en el olvido de quien las lee.

No sé qué poeta dijo que escribe para sí, para su propia condena. Brindo por él, y a la vez brindo por mi olvido, por esas chicas que olvidé entre besos e historias de presunción, levanto el vaso vacío por todas las personas que escriben y leen con la ligereza de que lo olvidarán mañana. Brindo por ustedes y por mí, por el que este texto se detone con mi ayuda y la de ustedes. Confío en las bombas de tiempo que terminarán por derribar sus incertidumbres y las mías.

Brindo por mis amigos que decidieron irse y no regresar, por las hojas de Word vacías que anhelan ser llenadas sin pedirlo siquiera, por aquellos momentos de frenesí que ya no están y que ahora se han convertido en cuentas por pagar y en ropa por lavar. No es tu miseria colgada y arrugada, sólo es la ropa sucia que hay que lavar, hay que limitarse a usarla dice el canadiense misterioso.

Han sido días atípicos porque están llenos de certeza y monotonía, porque llega cada vez más rápido el hastío y la muerte conforme el reloj avanza, y aquí estaremos cuando el planeta colisione, cuando las piernas fallen y el aliento se acabe. Para eso estoy aquí, para narrarte tu propia condena a través de la mía. Ahora dale una calada a tu cigarro, acaba tu trago o tu café y vete a dormir, que mañana habrá una historia buena y nueva en tu escritorio, dispuesta a encontrarte. La historia nueva que es siempre la misma. Salud a todos.


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