Monday, December 26, 2011




2011. Libros, bicicletas y la muerte

Ricardo Pineda

Lo interesante del fin de año es que la mayoría, consciente o inconscientemente, hace una revisión de lo vivido, un repaso aparte de los que ya se hicieron a lo largo de éste. Se llegan a vivir demasiados instantes en un solo día, y a veces pasan semanas en constante monotonía y reflexión.

Platicas con amigos, vas a conciertos, lloraste, la partida de otros, murieron familiares, creces, dejas de divertirte igual, y mi amiga Mara me cuenta de la crisis de los treinta.

En lo personal cada año ha sido más bizarro al anterior, la cantidad de cosas que suceden sólo me pueden dar cuenta de la fragilidad de nuestra existencia y cómo conceptos como el amor, la originalidad, lo material y el trabajo pueden llegar a ser totalmente relativos frente a una eventualidad del tiempo o la probabilidad de los sucesos.

De pronto esta lógica de entablar relación con personas que otrora fueran ajenas a nosotros es fantástico, y muy triste cuando se van. Este año se fueron muchos con los que tenía algún vínculo y el mantra es el mismo: mantenerse en el camino, continuar la vida.

Este año me cambié de casa con uno de mis mejores amigos, y la experiencia es muy reconfortante: casi todas las noches platicamos, el videoclub está a tope, hay discusiones musicales, libros, muchos libros;, Celine, Tournier, Yeihya, Gonzalo Rojas, Carver, siempre Carver.

Hay arte y amor por todo el departamento, también una desazón y un constante aprendizaje. Nadie dijo que sería fácil. La Tisha y Rumango partieron a la playa a ser felices; lo son, Viri se ganó un premio de periodismo, y Aldo, Beto y toda la banda de Ecatepec sigue en lo suyo. Me da gusto.

Hace un par de meses murió un tío, un amigo “se quedó”, alguien especial emprendió la partida, herí, me hirieron, cambié de trabajo, fui a muchos conciertos, me desvele, leí textos, escribí otro tantos, economía, periodismo; música, siempre la música. Se movió demasiado, y George Harrison me dio una lección de vida a través de Scorsese.

Iba a verme con César para nuestro tradicional intercambio de libros, era de noche. Nos citamos en aquella pizzería a la que fuimos muchas veces cuando trabajábamos juntos en el DOF, el Mezzo Mezzo, la cuenta de ambos yo la calculo en más de 50 visitas, fácil, las pizzas siguen estando decentes. Recomiendo la fungi acompañada de una Duvel o un Sprite.

La conversación con César, como la mayoría de las veces, estuvo amena, inteligente y divertida. Emotiva y confidencial. Hablé acerca del documental de Harrison y de los planes, de la espiritualidad y de mi primer cuestionamiento serio en dejar de escribir. El broche vino con un cambio de perspectiva, un reacomodo de ideas y sentimientos, y la sorpresa de habernos regalado el mismo libro, y lo cagado de la expresión del dueño de la pizzería.

De regreso a mi casa, cerca de las dos de la madrugada, un auto se me cerró y me sacó de equilibrio, yo iba a toda velocidad y el choque con un carro estacionado fue inevitable. Me llevé con el rostro el retrovisor y caí de cadera, estrellas o flashazos es lo que se ve, y de regreso piensas en lo que pudo haber pasado y dejado de suceder. Le bajas, tienes que disminuir la velocidad. Una de las noches más raras de mi vida: mi cuerpo, pasada la media noche embarrado cerca de Eje 1, y la ciudad dormida. Mao curaba con cuidado y mi boca estaba partida e inflamada; moretones, cicatrices, dolor de cabeza, antibióticos, desinfectantes, gasas, desinflamatorios, llamadas por teléfono, visitas, pláticas, buenos deseos, apoyo; una ola de protección grande e invisible que me protege. La vida así de delgada, se siente enorme seguir vivo y se dejan un par de kilos en la recuperación.

Por lo demás, el trabajo augura más nervio y expectativa, pronto saldrá un podcast de recomendaciones musicales de quien esto escribe. Mi hermano será padre, yo tío y mis padres abuelos por primera vez, todo cambió, me alegra eso, pienso en el documental de Senna y en el de Harrison, tal vez haya que vivir lo más que se pueda, que el camino no se ve muy largo.

Estos días he terminado de leer un libro, de economía, estoy con uno de tecnocultura, comí ensalada griega  y el frío, la conversación y las aceitunas dijeron que el fin del año estaba a la vuelta, y que se vale renovar los ciclos, que diario es un constante movimiento y que hay cosas que de verdad ya no vuelven, incluyéndote, inside and out. Cierras el libro y abres otro. Las obsesiones son pensamientos viciados, recurrentes, circulares, se autodeboran. Un ciclo se rompe cuando viene el cambio, uno es el detonador de esa ruptura, escribimos para nuestra propia condena como dijera el escritor. Y yo ya tuve de 2011, y sin embargo se mueve. Adiós. Hola 2012. Lo que me gusta de los principios de año es…


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Bolsos y zapatos
Ricardo Pineda
Esta vez estábamos todos reunidos en una mesa, con un silencio incómodo y maravilloso, viéndonos el rostro a ratos para después desviar la mirada al podio, donde Corona haría su aparición triunfal y demostraría a todos que tenía la razón, una vez más. Las premiaciones de fin de año eran insoportables, pero al parecer era la única manera de reunirnos.

Yo no sabía realmente qué hacía ahí, no deseaba ver a nadie, la corbata me apretaba y las menciones de buenos reportajes políticos me aburrían demasiado, sobre todo cuando no estaba yo en la lista. Pero Corona era un amigo entrañable y ahora estaba en el pináculo de su carrera. Como alguna vez lo estuve yo en la mía, o al menos eso parecía hace casi ya diez años, cuando decidí incluir el carmesí y el rojo terracota en mis pinturas; todo mundo se volvió loco, o el color se puso de moda y comenzaron a encargarme cuadros indiscriminadamente. Después vino la debacle: me endeudé, la gente dejó de comprar y me retiré de la pintura.

Pero ahora estaba en lo de Corona, era su momento, y me alegraba al mismo tiempo que me moría de la envidia, no por el premio sino por el dinero y tal vez el hambre de reconocimiento, que voltearan a ver y dijeran “mira, es el tipo que se hizo famoso con los cuadros rojos”.

Una oleada de aplausos me despertó del letargo, todos se levantaron de su lugar para ovacionar a Corona, que ahora subía al podio, erguido, orgullosos, lleno de sí, con un texto en sus manos dispuesto a hablar casi una hora acerca de la alternancia y los valores democráticos en una sociedad. Entonces alguien me notó, Claudia me preguntó “¿qué te pasa?”. Y yo voltee a verla y estaba a punto de contestarle cuando vi una silueta pasar rápido detrás de ella. No pude verle el rostro, pero sabía que era ella, había llegado tarde, rápido y a hurtadillas para que nadie la viera, pero su silueta y la combinación de sus zapatos con su bolsa de mano era inconfundible. Era ella. Y alguna vez también fui yo. Nadie pensaría que apenas hacía una semana nos habíamos vuelto a ver, y a pesar de que habían transcurrido sólo nueve días, sentía que nos veíamos más viejos, más que los años que habíamos dejado de vernos.

Hace nueve días. Habíamos quedado de vernos en el restaurante que solíamos frecuentar cuando todavía podíamos llamarnos jóvenes, en la glorieta que estaba frente a la palma. No era un terreno muy tranquilo, era una glorieta muy concurrida, llena de autos. Todavía lo es. Tampoco era terreno neutro; ahí servían su platillo favorito y yo conocí el lugar por ella. Pero eso fue hace mucho tiempo. No había reparado en el tiempo que había dejado de saber de ella, ahora era otra: su ropa se veía más nueva y cara, tenía mucho estilo. Se veía muy cambiada aunque no me sorprendió, sólo era la proyección final de lo que siempre quiso ser; se veía muy bien, con un cuerpo más torneado, el rostro más maduro, el tipo de mujer que sale en revista de sociales cualquier martes por la tarde, arreglada de gala; su cabello ahora era negro y más largo de lo habitual, rebasaba sus hombros. No sabía siquiera por qué nos habíamos citado. Un intento forzado de nostalgia tal vez, o quizás esas reuniones de perdón y reconocimiento.

Mientras la esperaba tomaba un insípido café. Recordé lo bien y lo mal que la pasamos por igual, cómo renuncié a mi carrera de pintor por ella, por el análisis político que en ese entonces daba de comer a los entusiastas hambrientos de nuevos términos sociales, lo estúpido que fui al vender mi casa, libros y cuadros, cómo partí de un momento a otro a Morelia con ella sin despedirme siquiera de mi familia y mis amigos. Fueron buenos años después de todo, una raya más al tigre siempre dice Alberto cuando está ebrio. Ahora habíamos regresado a la ciudad y tenía cerca de diez años que no nos veíamos, yo me la pasaba de trabajo en trabajo en empresas de mediana talla. Ella ahora ya no trabajaba, y sus asesorías ahora costaban una fortuna, porque elegía sólo una al año como pasatiempo. Ahora era madre de una niña muy hermosa y se la pasaba de reunión en reunión para socializar y contribuir a la imagen de su esposo, un reputado político que en un par de años iría por la grande. Ahora que la veo descubro que ha pasado más tiempo del que pensaba, perdí un poco la noción; éramos muy jóvenes cuando partimos a Morelia.

Cuando la conocí fue en un tianguis de arte, ella llevaba un bolso rojo y unos zapatos muy sensuales del mismo color. Bajo el influjo de un par de tragos me acerqué y le elogié su buen gusto para vestir, ella se sonrojó un poco pero guardó la compostura, dio media vuelta y desapareció entre la gente. Al final del tianguis la encontré de nuevo, le regalé un cuadro y quedamos de vernos un día para comer. Ella me citó justo en este mismo restaurante en el que ahora estoy, en ese entonces vendían el mismo café horrendo, que ahora termino a largos sorbos.

Ella vivía con su tía y primas y yo no tenía estudio, seguía pintando en los talleres de la escuela a escondidas.
No hubo química inmediata ni una historia de casualidades hermosas, hablábamos de cosas distintas, a destiempo, discrepábamos en casi todo y nos interrumpíamos con frecuencia, me pareció una persona arrogante y con problemas. Pero era demasiado atractiva, sólo podía pensar en una cosa aparte de sus zapatos y su bolso, que ahora eran negros con vivos blancos de charol. Pregunté si nos podíamos ver de nueva cuenta, ella se negó rotundamente y me regresó el cuadró que le regalé, me dijo que no le gustaba y que le parecía un pésimo detalle de mi parte el obsequiarle una obra sin apenas conocerla, que demeritaba mi trabajo al regalarlo. No me dejó terminar, pagó la cuenta y se marchó.
Esa tarde regresé a la escuela a pintar, miraba con detenimiento el cuadro que me había regresado. Ahora me parecía feo y deslucido, con errores de perspectiva y con una idea insulsa en su interior. Pero no lo tiré, pensé que el cuadro podría mejorarse o servir de ejemplo para trabajos posteriores. En ese momento entró Guillermo, quien me ayudaba a esconder mis cuadros y buscar horarios en los que podía ir a pintar sin problema con las autoridades de la escuela. Dijo que el cuadro estaba bien así, que no le hiciera nada. Pero no lo escuché y terminé haciendo otra cosa.
En ese entonces ella no era famosa, pero sí altamente localizable en Internet, y la fui a buscar a la salida de su trabajo. Cuando me vio ella era otra, tenía una sonrisa maravillosa, unos labios pequeños y discretamente rojos, sensuales, que hacían juego con su bolso de cuero. “¿Me vas a invitar un café o te vas a quedar ahí parado?”, me dijo. Yo inmediatamente la saludé y le mostré el camino hacia la cafetería de la esquina. Ahora todo era distinto, reía y me miraba a los ojos, me contaba cosas y ambos fingíamos interés en la vida del otro, y a ratos volteábamos a ver furtivamente la calle, para luego retomar la conversación y sonreír discretamente. Ella se despidió abruptamente, un auto azul y grande se había estacionado justo frente a su oficina, me levanté para despedirme. Ella se acercó lentamente hacia mí, volteaba en dirección al auto, nerviosa, acercó su pecho frente al mío, con sus dos manos tomó mi rostro y me besó con intensidad, me vio y levantó la mano para mostrarme el anillo que había en su dedo. Luego rió y desapareció del café. Cuando terminé el café noté un leve color rojo en mi taza, no era la marca del lápiz labial de ella, sino un poco de sangre de mi labio. Me había mordido, y yo sonreía como el niño que era por haber obtenido el premio de su lacónica insistencia.
Esa noche llegué a casa de Odiseo, quien me dejaba pintar en el pequeño cuarto de al lado cuando no tenía a quien rentarle. Pinté mucho, me sentía eufórico, abandonado al cuadro, creo que nunca había estado tan concentrado. A la mañana siguiente Odiseo entró en el cuarto y gritó preguntando por mí, como buscándome con premura, me pareció extraño puesto que el cuarto era pequeño y mi cuerpo dormido yacía sobre el piso. Le contesté con un quejido de sueño. “Ah, ahí estás. Oye ya me voy, pones el seguro al salir por favor. Qué feos cuadros, ese estilo nuevo tuyo creo que no te viene, siento que no eres tú”. Por lo general las apreciaciones de Odiseo las tomaba en cuenta puesto que las sentía muy objetivas, pero esta vez el comentario lo tomé como una buena señal.
Dejé pasar un par de días más y la fui a buscar a su trabajo. El auto azul estaba ahí. Ella bajó rápido las escaleras y me vio de lejos, traía unos zapatos de tacón azules que hacían juego con su vestido y su enorme bolso con aros dorados. Se metió en el auto y se fue. No sabía realmente qué hacía persiguiendo a una casada. Sólo sabía que debía pintar más.
Regresé a la escuela a pintar, alguien había dejado mucha pintura carmesí en un salón, lo robé y comencé a trazar bolsos y zapatos de tacón, sin ningún otro color, no podía pensar en otra cosa, me estaba convirtiendo en un fetichista convencional. Guillermo entró y me pidió que abandonara el aula ya que la iban a ocupar. Soltó una cruel carcajada, me dijo que cada vez pintaba peor pero que seguro esos cuadros le encantarían a Phillipe, el galerista francés. Más hambriento que interesado fui a verlo. Efectivamente Phillipe elogió mis cuadros y me compró dos de gran formato y uno mediano. Podría comer por lo menos tres semanas sabiendo medir mis gastos.
Caí en la cuenta que no debía buscarla más. Pero aún tenía una pequeña cicatriz en mis labios. Fui a comer al restaurante de la glorieta, y sabía que mi saboteo mental había funcionado: ahí estaba, comiendo un pequeño pedazo de carne con papas gratinadas al lado de un bolso de cebra. Me sonrió e invitó a que me sentara. Quise preguntar muchas cosas entorno a nuestros atípicos encuentros, ella resoplaba mientras daba un bocado a su carne mostrando incomodidad. Dejé de preguntar y me limité  pedir un café. Estaba horrendo, como de costumbre. Cuando terminó su carne me dijo que podía verme esa noche un par de horas, pero a cambio tenía que ayudarle con la corrección de un texto de política de su trabajo. El trato me pareció injusto, pero al final lo hice. Esa noche hicimos el amor en un hotel, no dejaba de mirar sus zapatos y su bolso tirados en el piso. Le pregunté si tenía muchos, ya que era lo que siempre resaltaba de su atuendo, me dijo que no tenía tantos como pensaba y que de hecho los odiaba, que sólo los usaba para trabajar. Dejó en claro que nos volveríamos a ver cuando ella pudiera, el teléfono celular sonaría cada vez que necesitara un texto.
Las ausencias prolongadas comenzaron a sucederse con mayor frecuencia, y los encuentros eran esporádicos. Comencé a encontrarle más sentido a los textos políticos y Phillipe me pedía más cuadros carmesí con texturas de piel. Renté un cuarto y pude comer con regularidad y bien, me compré ropa. Nuestros encuentros se limitaban a sexo en el hotel, textos de política y conversaciones sobre lo mal que la pasaba en el trabajo, las dudas que tenía respecto a casarse y el sueño de poner una consultoría política en Michoacán. Tras casi un año de encuentros esporádicos le propuse el escape, la consultoría y un pequeño estudio. Ella no titubeó un segundo para decirme que la idea era pésima y que bajo ningún escenario podía hacer eso que le proponía. Comenzaba a padecer, estaba embriagado.
Una tarde no pude más y le conté a Odiseo mi situación, después de soltar mi letanía, Odiseo se disculpó por no haberme puesto atención, sólo dijo que mis cuadros no le gustaban nada y que cada vez estaba cediendo más al mercado, que Phillipe era un mercenario, pero que había conseguido una entrevista para una revista española de artistas emergentes.
Salí en las últimas páginas del mes de noviembre, mis cuadros comenzaron a venderse con relativa frecuencia y las visitas comenzaron a ser menos frecuentes. En cambio los bolsos y los zapatos aumentaron en cantidad. Un reputado político regía mi dosis de compañía y placer. Dejé un mensaje en su correo electrónico y partí rumbo a Morelia, la situación comenzaba a asfixiarme.
En Morelia el clima era insoportable, sudaba a litros y la vida era algo más que aburrida. Tras un lapso de poco más de un año me había instalado y mis bolsos y zapatos seguían vendiéndose, ahora me los pedían por encargo y hablaban de mí en las galerías que alguna vez odié. Creo que lo había logrado. Me mantuve al margen de cualquier evento social o entrevista. Un día tocaron a mi puerta, era ella, con unas chanclas viejas y un bolso de manta sencillo.
De pronto todo fue política en mi casa. Casi no tenía tiempo para pintar. Las mañanas de abrazos y pan con mantequilla y mermelada de fresa eran inversamente proporcionales a los cuadros que pintaban. Ya no había anillo en su dedo. Comencé a soltar más la pluma y a publicar sobre política junto con ella en una pequeña revista michoacana. Corregía sus textos, y a veces se los escribía, a cambio recibía quejas sobre el clima, la falta de dinero y sonrisas cada vez más esporádicas. Pensé en Corona y en lo bien que comenzaba a irle con sus análisis, también pensé en mis amigos y en mi familia, cómo me había marchado sin siquiera avisarles ni contestado sus mensajes con buenos deseos. Los echaba de menos. Me estaba convirtiendo en el fantasma de los zapatos y bolsos rojos. A ella le molestaba que pintara y poco a poco Phillipe dejó de pedirme cuadros. Una vez alguien escribió un artículo entorno a mi carrera, burlándose de mis cuadros y mis escritos. Ella trató de animarme diciendo que era una gran oportunidad para convertirme en politólogo.
Conforme los años se fueron sucediendo las cosas cambiaron: ella visitaba con mayor frecuencia la ciudad, su actitud había cambiado y las mañanas con mermelada se extinguieron por completo. Con sus cada vez mayores ausencias comencé a pintar de nuevo, pero ya no podía pintar, los bolsos y zapatos ya no se vendían ni salían igual, tampoco mi viejo estilo regresó. Alguna vez recibí una carta de Odiseo diciéndome que dejara de pintar lo más pronto posible antes de que mi carrera como artista terminara por completo.
La última vez que estuvimos juntos estábamos en el estudio de Morelia, tenía un mes tratando de localizarla pero su celular me mandaba al buzón de voz. Regresó una madrugada, se veía diferente, guapa, espectacular, llevaba puestos unos zapatos de charol rojos preciosos, sensuales, casi convencionales. El bolso era carmesí y de marca, los portaba con orgullo; llegó llena de bolsos y zapatos. No pregunté nada más y encendí un cigarrillo, ella, que no fumaba, me lo arrebató dando una larga calada y lo apagó en el cenicero, me dijo que le irritaba el tabaco.
La consultoría fue todo un éxito, y el dinero inundó la casa, también los textos de análisis político y mi debacle como columnista, me tacharon de derechista y me cerraron los espacios. Ella se marchó sin dar una explicación. La señal para dejar de verla fue una foto en el periódico local: se casaba con el próximo candidato a la gubernatura de Michoacán. Estaba claro, debía regresar a la ciudad. El viaje fue largo y atropellado.
Pero las cosas se habían complicado un poco: mi familia ahora vivía en el norte y quienes antes fueran mis amigos ahora trataban de tener contacto laboral alguno conmigo. Estaba marcado. Intenté pintar o escribir de lo que fuera, pero sólo conseguí trabajos esporádicos. Un día la localicé y nos quedamos de ver en el restaurante de la glorieta. Ella sólo me vio a los ojos, soltó un largo soplido, se agarró el cabello y miró hacia la calle. Dijo que había aprendido a desaparecer, que sería buena idea que yo hiciera lo mismo.
Hace poco recibí una carta de invitación para la entrega del premio de Corona. Me vestí elegante para la ocasión y fui a encontrarme con Corona y con la vieja comitiva del arte y del periodismo. Tras los aplausos y el discurso emotivo de mi amigo, alguien soltó un chiste sobre la mesa: “¿ya se saben el del pintor que quería ser politólogo?”. Todos rieron, y yo partí rumbo al restaurante de la glorieta, al menos ahí tenía la certeza de que el café siempre sería horrendo.

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Tuesday, December 20, 2011





Tiene que haber conflicto. 7 filmes de 2011

Ricardo Pineda
Para César Enrique Pérez

LA subjetividad de las listas. Lo absurdo de las listas, lo divertido de ellas. Sí, son un ejercicio de gusto personal e interpretaciones que dividen, depende lo que uno ve en cuanto a cantidad y contenido. Y al igual que con los libros, como dice Carlos Fuentes, ni se tienen todos los que se quiere ni se leen todos los que se tiene, al igual a mí se me fueron muchas películas de este año pero vi muchas más de otros años.

Y dicho esto para justificar la lista que recomiendo, escasa por cierto. Creo firmemente que 2011 fue un año dominado por la basura del refrito, las franquicias de superhéroes y adaptaciones de muy bajo perfil. Se les acaba el ingenio tanto al indie como al mainstream.

Ni el Avispón Verde, Thor, Linterna Verde, Kick Ass 2, Wolverine, Pitufos, Transformers 3, Misión Imposible, o Warrior iban a presentar algo trascendente. De hueva Alvin y las Ardillas, Crepúsculo, The Muppets, Un Mundo Feliz, Don Gato, o Kung Fu Panda. Ok, ¿el gato con botas?

Este año para comedias tarolas sin sentido, Your Highness con Danny McBride es mi opción. Y algo onda Señor de los Anillos con Humor inglés sexual y políticamente incorrecto nunca viene mal en pequeñas dosis. Ésta es mi número 8. Natalie Portman y Zoe Deschanel cumplen las fantasías medievales de ñoños hambrientos. Pasa pero llega un punto en el que aceptas que estás viendo una broma-fórmula, ahí le hablan a Kick Ass y a Scott Pilgrim.


Está de bajo perfil pero con momentos muy memorables. Un wey vicioso chacal en una película así tiende a ser la delicia, te llegas a identificar, pero en la vida real esto es completamente reprobable. Eso está padre del cine pendejo bien planeado, incluso American Pie o Hang Over no son otra cosa que el perfeccionamiento de un cine ramplón y completamente inmaduro. Pero para eso hay que tener gusto y mano. Tener tacto, e ingenio.  
7.- Patti Smith. Dreaming of life.  Lo pongo en el 7 porque en realidad lo vi en 2010 y sin subtítulos, acababa de salir, pero llegó a la pantalla grande este año y con dentro de un festival. En sentido estricto es del año pasado, pero es una maravilla y creo que es muy didáctico, es poético, hermoso, tiene fuerza. Pero el personaje siempre gana. Patti Smith siempre gana. Alma frágil y carácter firme. Una mujer. Al igual que Leonard Cohen, Bob Dylan, Nick Drake o Neil Young, Patti entra en los vericuetos del lenguaje, de texto, la poesía y la narrativa. De mis documentales favoritos de todos los tiempos. Balanceado: biografía, fotografía, ritmo, duración, narrativa, edición. Material de buena factura desde “New York, men. Sixteen pay off…”.

6.- Confesiones en el diván. Película complicada: dura mucho, tiene un ritmo aletargado, se basa mucho en el lenguaje de la época y se centra en el diálogo.

Mahler visita a Freud y éste nos tiene guardada una sorpresa en torno a la relación amorosa del primero. A momentos tiene atisbos de comedia y exageración como elementos de color dentro de la historia, pero creo que en algunas escenas esto no se define bien y  hacen pesado el desarrollo de la misma. El final vale mucho la pena, no sorprende si se tiene tantito contexto incluso comenzada la historia y sin conocer nada de los personajes. Un poco intelectual-pop contempo. Vale la pena echarle un vistazo.


5.- Rango. La idea pinta fórmula para nostálgicos: Proust llevado a una animación, con voz de Johnny Deep y personaje inspirado en Hunter S. Thompson, ya suena las ganas. Afortunadamente el filme es agradable, tan profundo como lo quieras ver, y sencillo, simple. Como el desierto y la sequía en la que vive el personaje cotorrón, con dos que tres chistes para pachecos, que si bien predecibles e inocuos se agradece que sean presentados con gusto y criterio. Y uno lo agradece y disfruta sin complicación alguna. Esta sí puedo decir que es una película “bonita”.

4.- Midnight in Paris. Sí, una más de Woody Allen. Cuando no esperas ya nada de las cosas, éstas, caprichosamente, suceden. Muchos se identifican con el personaje looser que le hubiera gustado tanto vivir en otra época con sus artistas favoritos, que prefiere desligarse de la realidad y su fastidioso compromiso.
Estilo Woody, no hay nada nuevo, pero sigue teniendo elementos que la hacen entretenida e inteligente a la vez. Manual de pareja con sketches bien ejecutados por Owen Wilson, y una sarta de chistes clichés intelectualososos que uno no tiene mayor solución que ver con malicia a los que no nos reímos a la primera.

3.- Beginners.- “Todas las Canciones Hablan de Mí”, “High Fidellity”, “500 Days of Summer”, “Singles”, y “Beginners” version para contemporáneos. Comedia romántica, aquí el feelling creo que la salva Ewan McGregor y su actuación de pre-dón sólida. Himno para dejados, el amor del que no está, del que se fue. De la muerte de un ser querido y la llegada de alguien especial. Y los constantes desencuentros. Complaciente, tal vez, pero tiene onda. La soledad siempre la tiene. Conocer a alguien también. Principiantes en el cine, en el amor, en la repetición de fórmulas. No hay mayor pretensión, a veces la vida es así de dolorosa, sencilla y frágil.

2.- Senna.- Una película promedio que se cuela por el personaje. Hacía mucho no discutía tanto una película. Filmes como éstos me reafirman porqué me gusta tanto el cine, la subjetividad del arte es apasionante.



Funciona a varios niveles, sobre todo si no eres fan de las carreras o no conocías del todo al piloto brasileño Ayrton Senna. Su personaje da tela de dónde cortar y no lo aprovecha la dirección. Digamos que tienes el pase dado y no empujas la pelota. El tipo que dirige tiene buen material y termina por ser tibio en la construcción de la narrativa.

Creo que es en esta estética de lo escueto y descuidado donde uno puede asomarse a la historia y al personaje desde otra perspectiva. Y eso es genial porque bajo esa premisa uno vuelve a ver el documental y le funciona distinto, complejo. Es como si Senna retoma para ayudarle al director y hacer su filme mediano algo digno de recordarse.

La tragedia, personalidad y altibajos en la carrera de uno de los íconos más grandes del deporte en Brasil son suficientes para hacer una película con cuerpo y forma. Me parece que no abusa y no lo torna hacia lo melodramático, aunque esto por su naturaleza misma lo es. Sin embargo creo que el personaje tiene varias lecturas, es real y nos dice varias cosas al mismo tiempo. El diseño de audio me parece una cosa muy bien lograda, así como la ausencia de imágenes ex professo para el documental. Me parece un homenaje digno para un atleta tan memorable como lo fue Senna.

1.- Melancolía.- Guardadas las proporciones creo que Lars Von Trier ocupa el lugar que otrora tuviera David Lynch; es un artista que cuesta y recompensa, crípticos y anticlimáticos.

Cuando iba en la universidad, mi maestro de Guionismo hablaba acerca de preceptos básicos para una “buena historia”. Uno de ellos era el conflicto. Siempre tiene que haber, si no ¿para qué hacer una película? Pero luego viene Reygadas y demuestra que el conflicto es que no hay tal. El conflicto es de quien pagó el boleto y sale con la sensación de haber sido timado, por no “entender” nada del filme. No es para todos, y tampoco significa que los más listos o los más sensibles sean los que comprenden a cabalidad “qué quiso decir el director”.

En la última película de Lars Von Trier no pude sino quedar asombrado de cómo los años han hecho de Lars uno de mis directores favoritos. En cierto modo creo que se hace más accesible, pero no lo regala fácil ni a la primera de cambios, sobre todo en estas últimas dos películas que nos muestra unas sinfonías, suites cinematográficas, con epílogos y prólogos muy dramatizados, surreales incluso,  presentadas con una fotografía que emula la pintura, o una pintura que emula muy bien la realidad.

Y la temática regresa a uno de los mayores conflictos del ser humano: el ser contra la naturaleza. Y a su vez, contra su inminencia, entonces se piensa en la muerte, y en su lento acercamiento, entonces se piensa en sí mismo. Y el final es la pregunta principal.

Las tomas prolongadas son una belleza, muy románticas, barrocas incluso; Charlotte Gainsbourg se aplica y se convierte  con esta producción en el nuevo juguete del director danés. Lo que me gusta de Von Trier es que sí pone a trabajar a sus actores y los reta a hacer cosas extremas de una manera abierta, no siempre libre.

Kirsten Dunst no es la rubia tarolas que hace como que no sabe que El Araña es Pedro Parque, siempre me ha parecido una actriz de buena a regular, pero con cierta consistencia atípica. A Brad Pitt le vi algo así, y son buenos actores de perfil discreto. Pero creo que en Melancolía, Kirsten muestra un lado que le costó y no le sale nada mal. Aquí menos es más. Gainsbourg lo tiene dominado en un ejercicio de contención, pero en Dunst es el trabajo del rostro, pura expresión constante, abandono. Actuar al revés.

El filme tiene demasiados elementos que recordarán a su antecesora, Anticristo, pero que de alguna manera están ejecutados con mayor precisión y poesía que ésta.  Aquí hay un poco más de luminosidad pese a que irónicamente la temática termina siendo más sombría. Y la estética es majestuosa, mantiene un juego de iluminación muy seductor.

Ésta bien podría ser una película de esas gringas con temática apocalíptica, pero la forma en la que se presenta nos plantea la pregunta del millón de una forma que en lo particular estimo como apoteótica y conmovedora. La soledad, la muerte y el sentido de la existencia humana así, sin más, en tu cara diciéndote que ha llegado el fin del ciclo. La analogía del título de la película con el color del personaje de Dunst, con el contenido y la forma, hacen de la última película de Lars Von Trier una obra memorable.





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Saturday, December 10, 2011

El verdadero Insurgente

Ricardo Pineda

Mi tío Jorge falleció el día de mi cumpleaños. No fui a su funeral. Juntos hicimos un periódico: El Insurgente. Era una “idea loca” de un par de ediles perredistas de Ecatepec que querían diversificar su dinero con la mira a que iban a perder el municipio por hacer las cosas mal. El priísmo siempre imperó, y el periódico básicamente era un comercial de ellos. Pero inmiscuirme en hacer reportajes y entrevistar actores sociales del municipio fue una experiencia de menos sui generis, y me permitió conocerlo mejor.

Juntos y separados entrevistamos a mucha gente: artistas, regidores, gente con problemas, comuneros, la mafia de la basura, dueños de pulquerías, candidatos de todos los partidos. Pero lo mejor fueron las pláticas entre trayectos entre mi tío y yo.

Criticábamos la ineptitud y el canibalismo absurdo de los que gobernaban el municipio y la somnolencia de los que lo habitábamos. Tenía una visión muy contemporánea de sus convicciones ideológicas, pero no interponía la amistad ante quien cambiaba de parecer de forma abrupta. Refunbuñaba mucho de que no se le reconocía su trabajo y tenía un gran ego, pero lo sustentaba con maestría y no era envidioso con el conocimiento; me explicó muchos trucos del trato con la gente, me mostró su desencanto y amor por la política formal. Era algo más que fan de Maquiavelo: escribió un libro sobre él que le llevó diez años. Sólo su familia sabe bien cuánto le costó llegar a ella, me la dio a revisión una vez, le hizo los cambios, también tomó en cuenta los comentarios de un político de nombre Camilo, no recuerdo el apellido. Los de mucha gente más también, y al final escribió el best seller del que siempre habló, pensó y escribió.

Nos echamos unos pulques y hablamos de la familia, el amor, el dinero, filosofía, salud y gastronomía. Casi nunca coincidíamos pero nos escuchábamos siempre y tomábamos en cuenta nuestras opiniones. Juntos diseñamos el periódico, comprábamos el papel y lo llevábamos a la imprenta. A muchos les entusiasmó la idea, jalamos plumas e incomodamos a un par de personas. O quizás a más.

Siempre que leo, hablo o escucho la palabra izquierda, mi tío Jorge viene a mi mente. Pero fue más que eso, y la noticia de su fallecimiento fue desconcertante. Pero alguna vez me dijo que no quería llegar a viejo sin hacer lo que tenía que hacer. Publicó su libro pocos días antes de fallecer. El día de la presentación en familia yo me cambié de casa, el día de mi cumpleaños falleció tras un accidente de días anteriores, el cambio de las cosas vino con su fallecimiento.

No creía en la religión y siempre se burló de los chalecos de los periodistas, tenía un humor en extremo corrosivo, y para algunos era difícil de tratar. Prefería dosificar o esconder ciertos sentimientos con demasiadas personas, no le gustaban las “frivolidades”, pero siempre demostró un verdadero afecto con cada libro que regalaba, cada conversación política o literaria que sostenía y ciertos consejos con la familia.

El Insurgente duró cerca de ocho números, y el trabajo y el afán de ser escritor-periodiosta-narrador-cronista, viene en buena parte de él. Van estas líneas sinceras, respetuosas y afectivas para Jorge Salvador Aguilar.


Tuesday, December 06, 2011


Siempre No

Ricardo Pineda

Todos atosigaron a Miguel para que dijera algo, sólo por cortesía hacia él, para que se integrara a la reunión y a la plática. Pero cuando habló, todos callaron, su comentario había resultado de mal gusto incluso para Ismael, quien era el que nunca se reservaba nada y siempre tenía una frase negativa e incómoda. Sin más, la conversación había llegado a su final con los comentarios inapropiados de Miguel.

De alguna manera sabía todos los presentes agradecíamos el gesto; las filosofadas en grupo no eran algo de lo que disfrutáramos, se percibía la molestia de Miguel ante las conversaciones estériles y bizantinas. Al final todo era probable, pero no, mejor no. Poco a poco la conversación se fue diluyendo con los tragos. Recogimos nuestros abrigos, la navidad estaba a la vuelta de la esquina.

Raquel fingió que tenía sueño y Javier veía de reojo su reloj, con insistencia. Los abrazos de despedida y los buenos deseos no se hicieron esperar; la reunión había llegado a su final. Raquel y yo salimos junto con Claudia y Ernesto, quienes vivían cerca de nuestra colonia y nos darían un aventón a la casa. Bajamos las escaleras del edificio con pesadez, no sé si por lo copioso de la cena y los tragos o porque en realidad tenía un mal presentimiento desde antes. No quería bajar, ninguno quería hacerlo. Ernesto sí. Había algo que me impedía salir a la calle, no quería regresar a casa. En cierto modo sabía que algo iba a cambiar para siempre ese diciembre. Pero no, siempre no.

Cuando salimos, Ernesto no encontraba las llaves de su coche, buscaba entre los bolsillos del pantalón, su saco y camisa, y nada. Tal vez las había olvidado en el departamento de Ismael. Regresó al edificio y los demás lo esperamos en la calle.

El frío pegaba con violencia en nuestros rostros, estábamos rojos y reventados por el viento de ese diciembre y Claudia estaba cruzada de brazos, como enojada. Pero no. Miraba hacia los lados con nerviosismo, estaba incómoda. Me pidió un cigarrillo. El último, le dije. Se lo encendí y comenzó a fumar con rapidez. Tiró la mitad. Raquel soltó un tímido gemido, como si fuera a espetar un comentario, pero al parecer se había arrepentido. Siempre no.

Por hacer conversación retomé el comentario de Miguel, riéndome un poco con sorna para tratar de aligerar la incomodidad, pero mis palabras no tuvieron eco y fueron interrumpidas por el sonido de las botas de cuero de Claudia, que retorcía sus pies contra la acera con fuerza. Se puso los dedos en la boca.

Raquel tenía el cabello en el rostro, el viento lo golpeaba con fuerza, se lo recogió y quitó de los labios para animarse a decir algo, con un quebranto espantoso en su voz.

Había comenzado a salir con Raquel después de nueve años de conocernos, de ser amigos, pero en realidad yo nunca me llevé bien con ella: discutíamos todo el tiempo, nos perdíamos meses enteros el uno del otro, regresábamos sólo para follar desaforadamente y comer juntos, luego el malestar volvía, los fantasmas hacían su incómoda reaparición, y Raquel y yo nunca llegábamos a un acuerdo. Cuando se quemaron las naves, y nuestras rodillas comenzaron a cansarse pudimos estabilizarnos y planear; dejamos atrás los días prematuros como desempleados y partimos de cero. Nos mudamos y pusimos juntos un negocio, el cual nos hizo quedarnos más tiempo; un sortilegio de compromiso para poder tocar tierra. Tal vez. Pero no, luego no.

¿Se acuerdan cuando fuimos a Sonora, a la boda de Rogelio? Seguro que sí, empezaba a andar contigo, pero en realidad yo no quería ir, en realidad me sentía muy mal. Estaba embarazada de Ernesto, y Claudia lo sabía, ¿verdad, Clau? Y Ernesto nunca supo, y todos los demás sí. Y aborté. Por eso Miguel no quería hablar, nadie quería que nos viéramos las caras, así estábamos bien. Ustedes y sus pinches reuniones pendejas. ¿No vieron que cuando Rogelio partió el pastel, todos voltearon a ver a Ernesto?

- Ya las encontré, estaban en la secretita.

Thursday, December 01, 2011

Diez del Once


Ricardo Pineda

2011 fue un año demasiado nutrido de música, y digo demasiado porque me pareció un año lleno de excesos. Nunca antes había visto un año tan lleno de reediciones, reuniones, compilaciones, box set de lo que sea, giras con disco de aniversario, fusiones de “supergrupos”, y un mar de reciclaje dentro del mundo musical, que se vuelve abrumador, ya que hay cosas que valen la pena y cosas que no, pero sí hay una tendencia mayor a la repetición de fórmulas. Probablemente una idea realmente ya no innovadora, sino fresca, dentro de la música se encuentren en otros géneros o mezclas que no atiendan al rock o al pop y sus derivados.

Este año mi grupo favorito terminó por hacer cosas de mediano perfil, se divorciaron y ahora seguiremos escuchándolos desmembrados, fumándonos sus pachecadas y demos por fans. Pero entre todo el mar de discos siempre hay unos que se salvan, y si bien se repiten, hay algo que los hace colarse a una perspectiva de trascendencia musical. The Dears cada vez les entiendo menos y tanta melcocha forzada me parece que no cuaja con su sonido. Caso contrario es Belle & Sebastian, pero hay casos de grupos planones y emocionales lo hacen mejor con menos cayo como The Drums, Fleet Foxes o Lykke Li.

Bet Ditto se está dando cuenta que necesita una buena banda detrás y no a todos los integrantes de The Gossip. Por ahí también Cut Copy se anotó un disco que arriesga leve pero el cambio es interesante: sí está fiestoso pero trae una producción que coquetea con la oscuridad bastante padre.

Ahora David Lynch también decidió pasar su mundo a la música, y Radiohead cumplidores pero creo que siguen manteniendo su calidad e idea que hace que vuelva a su música, que siempre espere un disco de ellos a ver qué traen. Sinónimos clásicos de calidad.

Del disco nuevo de The Strokes no hay mucho que decir. The Strokes, tú sabes. Pero en el semi under gabacho, el nuevo disco de Earth es una pasadés. Me gusta mucho que The Rapture siga con otro disco y le cambie todo el asunto sin dejar de ser The Rapture, pero quizás el próximo muchachos. Cambié de opinión con “Skying” de The Horrors y mantuve mi voto de confianza con los de Beastie Boys.

Algo que no está en la lista pero que recomiendo muchísimo es “Space is only noise” de Nicolas Jaar. Paisaje sonoro suave, inteligente, sencillo, abstracto pero con imágenes muy concretas. El lado accesible del arte sonoro, el ambient y el noise. Una belleza.

Falta poco más de 30 días para que termine el año y las obras de arte sonoras que lo marcaron están ahí, y sigo escuchando discos de este año, y seguro no habré escuchado ni la cuarta parte de lo que se produjo. Es enorme el mounstro, pero sí fueron cientos muy divertidos, otros apenas llegué a escucharlos completos, me dieron hueva tremenda.

Aquí están las diez placas que me gustaron y sonaron en mis audífonos un buen rato. Feliz año anticipados. Ya no se hagan compren sus regalos de una vez.

10.- Unknown Mortal Orchestra.- Hay modas que me interesan más que otras, pero por lo general revientan en la sobrepoblación y le restan sustancia a la idea. Algo similar está pasando con los sonidos pop viejito y lo-fi, mezclado con un poco de suciedad. No Age ya estaba anunciando algo parecido, y ahora ya están por todos lados: los agradables Best Coast, Wavves, los oscurones LA Vampires, TeenGirl Fantasy anda en esa movida por ahí, Dirty Biches o Bam Bam y Suave as Hell también en México, pero con tintes más psicodélicos. Hay cosas buenas a pesar de que son elementos que ya nos han gustado. Comienza a escucharse un tanto impostado en algunos.

Unknown Mortal Orchestra está en esa línea, y saca un disco que es lo mismo, pero tienen un sonido particular que los salva por completo. Guitarras grabadas en Mono con mucho efecto flanger sobre melodías pop agradables. Hay un sonido que me recuerda sobre todo al Zappa más pop y agradable, con acordes muy pegagojos pero con una buena idea. Son de Nueva Zelanda y su hit “Funny Friends” me sabe rico con lluvia.

No hay demasiados intelectualismos, es muy disfrutable, y hace guiños a los que nos gusta el gis en los vinilos. Habrá que ver qué sacan como segundo, éste es muy bueno y creo que le da un brote de disfrute y frescura a la tendencia que anda poquito estancada, en la que también los Wooden Shjips rifan también.





9.- Kasabian- Velociraptor.
Ingleses al fin y al cabo, roqueros, se meten más con la psicodelia y suenan más poderosos. Ya superaron su influencia post tour con Oasis y siguen mostrando su afán de estar entre los grande haciendo buen uso del pasado. Y ahí van; desde el disco pasado tienen más clara la estructura de una canción de estadio, pero también se ponen muy introspectivos. Me parece un poco el efecto de grupos como Black Rebel Motorcycle Club, que también me gustan mucho, que nunca terminar de reventar a las masas con locura, pero que lo tiene todo para tirar el cantón. Puro rock. Aquí no hay novedades raras, sólo la misma buena canción que pregonara Plant. Kasabian será recordado por discos como el antecesor a Velociraptor y éste mismo.

8.- Panda Bear-Tom Boy.- Animal Collective siempre me pareció una banda pachecona medianona, pero de un tiempo a la fecha han sabido sacarle jugo a su sonido ultratexturizado y apto para banda que se deja apantallar fácilmente. Pero Panda Bear demuestra con este disco quién es el talentoso del grupo, Animal Collective está completo en este segundo placazo, que es todo un trip de paisajes y psicodelia. Apto para el que no busca lo nuevo sino lo bueno. Escurridísimo y colorido. Un pasón

7.- Blood Orange.- Un disco debut copiado en las formas, irregular, hasta cierto punto pretencioso, ¿qué hace en la lista de los 10 mejores de 2011? Pues decir que las 4 o 6 rolas buenas que traen le dan en la madre a muchas de las cosas nuevas que vienen haciendo músicos electrópop del momento. Cachondería, sabrosura lenta, mariconería, New York. Oscuro y melosos, emocional y empalagoso, pero con una directriz bien definida. Un gran disco que se baila con la cabeza pero sin pensarle mucho.

6.- Dirty Beaches-Badlands. Imagina un rockabilly tristón, onda Richard Hawley, ¿ya? Ahora grábalo en low fi y métele cochambre, mézclale un trago de Nick Cave y listo, a cortarse las venas. Pero rico con este morro que tampoco trae nada nuevo, nomás mucha onda. Esos discos que no se gastan porque ya están gastados. Siento que hay que tomárselo con humor pero también con calma. La belleza del disco consiste en oírlo y después de varias escuchadas se queda. No estoy diciendo que sea un disco difícil, todo lo contrario; su simpleza es hermosura. Al final el cliché no es malo, sólo hay que saberlo acomodar.




5.- Miles Kane.- Colour of the trap. “A chingá si yo soy el sonido de los Last Shadow Puppets, si el que le mete candela a TheRascals, y a mis colaboradores. Pues vas solo, y con un disco que no le pide nada al nuevo de los Arctic Monkeys, está bien chingón. Guitarrazo limpio, bataca mueveculos y caritas sin la necesidad de rasurarse. El disco que me hubiera partido la madre cuando era roquero a los 14 o 15 años. El rock no es intelectual, es chamacas, chamarras y cerveza. Palomita.

4.- Steven Drodz.- The hearth is a drum machine. Este tipo de discos son mis favoritos: alguien medio famoso le encargan un score, y como no es el vocalista y el documental no tiene suficiente promoción, el álbum pasa desapercibido. Y resulta ser una chingonería. Alguna vez, el vocalista de los Butthole Surfers dijo que lo mejor de The Flaming Lips era Steven. Y sí, beats, psicodelia, estudio sonoro, un disco del organismo, se va al parejo con el documental. Está en el cuatro porque deberían oírlo y guardar el secreto, y pasarlo, y guardarlo, y pasarlo, y pum, pum, tum tum.

3.- Wilco-The Whole Love. Se le llama perfeccionar la técnica, tener cayo, salir de las difíciles, dedicarse a lo tuyo. Es emocionante, Sonic Youth se va pero queda Wilco, y el disco lo tiene todo: los guitarrazos, las texturas, el ruido, la balada, buenas letras, buena producción. Un disco de diez de una banda de diez. Wilco sostiene la bandera de sus discos más logrados, A Ghost is Born y I´ll try to Break your Hearth, y se apunta otra estrella tras años y placazos medianones de distancia. A Jeff Tweedy aún se le ve que hacer canciones le cuesta, le duele. Y que no lo hace de otra manera, que cuesta. El amor cuesta, darlo entero significa el mejor de los suicidios. Que bello es este disco.

2.- The Kills-Blood Pressures. Un disco de chamarras de cuero y botas raspadas, cuerpos sudados y lentes de sol. La literatura está en otra parte, The Kills hacen rock a lo Black Rebel…, llevan años tocando y la síntesis les viene bien. Como The White Stripes en sí, en real people from Topeka. También perfeccionaron la técnica y volvieron al camino de la estructura, los demás habían sido pedazos de desmadre aguitarrado, aquí hay canciones y un poder en el sonido. Allison, la vocalista, aprendió a estar en un grupo más amplio, que exigía un mayor despliegue. Ahora llega y le nivela lo Dead Weather con la mugre que lleva de pareja, quien además es un buen guitarro garashoso. De esos discos para andar en carretera o llevar con la cara de la chica que te late. Romance roquero.




1.- Hercules and Love Affair-Blue Songs. Supón que la banda se fue con la finta de Antony y no le agarró bien la onda al primer disco. Ahora se las cambias por completo; la crítica te come. Mantienes el House a tope, los noventa bien puestos. Blue Songs es un disco house y es un disco soul, suave, rico, sensual. No es para poner a saltar al personal borracho. Es para bailar escuchando. La pista llama, y la buena Madonna reencarna bajo las máquinas de este tio. Un disco sí sabroso, pero sutil. Baile todo el año, así son las mejores fiestas: azules bruoooooder. Enjooooy, nos vemos el próximo año.