Tuesday, January 17, 2012


Yo anduve con Maya de Caló


Ricardo Pineda


Prejuicios y clichés. Sabes que algo no anda bien en tu edad cuando empiezas a acudir más a las bodas de tus amigos y familiares, según Miguel es como si te regocijaras por su distanciamiento. Hay algo de lúgubre y macabro en todo ese ritual anquilosado y de trámite. Por lo regular, cuando uno de nuestros amigos se casa es todo menos un motivo de regocijo. Don Salvador Ortuño, quien en algún momento fuera “Chava” para los cuates, antes de que se casara, nos dijo que teníamos esa percepción porque éramos unos individuos a los que el matrimonio nos venía como una amenaza de compromiso real y que era meramente generacional. Podía ser.


Poco antes de que lleguen los treinta, las bodas suceden una tras otra, con mayor frecuencia, tienes que comprar otro traje y las bodas son acontecimientos de lo más raros: se casan las personas que nunca pensaste que lo harían, tienen hijos al por mayor, y muchos se separan a los pocos meses o un par de años después. Tú sólo ves cómo pasan por tus oídos los conflictos e infidelidades, y cómo la personalidad de tus contemporáneos se derrumba con la frustración y el arrepentimiento de haber actuado de forma visceral. Aunque no a todos les va mal; hay quien sí vive feliz y les muestra a los demás que sí se puede llevar a cabo. Sólo te resta empinar el vaso grabado lleno de ron y coca después de decir salud, y claro, ahora tu bolsillo tiene que destinar una cantidad más representativa para las festividades que vienen con tales ceremonias.


Por eso la boda de Castorela no fue ninguna buena-nueva para nosotros, sus escasos “amigos” de la universidad y de toda la vida. Castorela más bien era un tipo gris, objeto de los albures y las bromas pesadas de los demás, pero era una persona de buenas intenciones y muy solidario, sólo estuvo ahí, como espectador de nuestras fiestas y conversaciones, siempre le dedicó su energía a Berenice, una chica de corte discreto, bonita sí, pero muy tímida y común. Solíamos conversar el hecho de que Castorela se había enamorado de la nada; la chica no hablaba, no sobresalía, no figuraba en las fiestas ni eventos de la escuela. Pero los vericuetos de la atracción suelen ser muy bizarros.


Después de la universidad, Castorela se alejó un poco más de todos nosotros, siguió dedicando su dinero, tiempo y esfuerzo a conquistar a Berenice, casi nadie trabajó en la contaduría, tampoco él, pero amasó una pequeña fortuna en un escaso periodo de tiempo, vendiendo gadgets y reparando computadoras; le fue muy bien. Y ahora, después de intentarlo por años, por fin se casaba con “La Bere”.


Tres noches antes de la boda hicimos una despedida de soltero para Castorela, más por compromiso y por el afán de expiar culpas por parte de algunos abusivos. Él, que no bebía, se ahogó en una cantidad industrial de alcohol esa noche, ni siquiera apreció a las chicas que llevaron para que bailaran. Esa noche parecía más una tertulia literaria de hombres cansados de oficina que una despedida de soltero viciosa y divertida. A las primeras copas, Castorela estaba que no cabía en sí mismo: soltaba bromas pesadas, recordaba las burlas de todos y a la menor provocación hablaba de sus pertenencias materiales, y lo mucho que le había costado obtenerlas, sólo lo estábamos aguantando, por los viejos tiempos.


En algún momento de la noche me levanté para ir al baño. Cuando regresé, Jorge estaba hablando en voz baja con Guillermo Díaz, otro conocido de la carrera. Con su vaso, Jorge me indicó que me integrara a la conversación. Ya alcoholizado, Jorge hablaba acerca de “la manía prenupcial”; sostenía la teoría de que previo al matrimonio, o en el noviazgo avanzado, uno llevaba a cabo una especie de manía para con la pareja, una práctica que consistía en “chingar”, joder un poco a la persona de forma casi inconsciente para reventar la relación y terminar como el villano. Un ejercicio de evasión, la fuga. Además se disfrutaba. Díaz refirió un par de anécdotas que iban desde el engaño y la mentira hasta los golpes o las perversiones sexuales llevadas a cabos por algunos conocidos.


Mi postura al respecto aún no estaba muy clara y la conversación me parecía francamente ociosa. Guillermo Díaz parecía abstraído y preocupado, pero estaba muy metido en la conversación, tenía la mirada entrecerrada por el alcohol y miraba como al horizonte, o al más allá. Abrió los ojos, parecía haber atrapado por fin la frase y el recuerdo adecuado, se despabiló e interrumpió el hasta entonces monólogo de Jorge.


Yo tuve muchas novias; me encantan las mujeres, su olor, su conversación, su temperamento. Todo. Yo hubiera preferido ser drogadicto, ratero, jugador. Pero no; mi vicio son las viejas, eso me pierde. No es falta de criterio como para no enamorarme de una o de la indicada, pero la verdad es que son maravillosas, y no son pocas las que han ocupado un lugar en mi vida. Pero siempre las chingo, como dice Jorge, siempre huyo por la puerta chica a la menor provocación para ir con otra a sabotearme de nueva cuenta. Es horrible: una droga.


Les robaba libros. Fue una cosa de la que no me percaté al principio, pero conforme cobraba consciencia del hecho, perfeccioné la técnica. Al principio, digamos con las dos o tres primeras, sólo fue una coincidencia: nos prestábamos libros y yo también terminaba dejando algunos. El primero fue en la preparatoria con uno de Poe que tenía mensajes de amor con pluma negra en su interior, luego fue Trainspotting de Welsh en Anagrama, del 99. Esas ediciones me gustaban mucho entonces.


Pero después, ya en la carrera, le pedí prestado uno de Cioran a  Nora, quien fue una chava que me pegó durísimo; me hizo como quiso. La edición era argentina y de lujo, sabía que le dolería perderlo, y sin remordimiento alguno se lo pedí prestado y a los dos días terminé la relación. Ella intentó a toda costa recuperar su libro, pero yo bloqueé toda comunicación.


Siempre me acompañó una sensación de culpa y orgullo, he peleado con eso cerca de veinte años. Y no puedo dejarlo, es más fuerte que yo.


Hubo una época en que lo hacía ya con saña: buscaba chicas que tuvieran una biblioteca personal lo suficientemente interesante. Luego refiné mi código de fechorías: sólo un libro por novia, propio, y que fuera acorde con la persona. Las encapsulaba en su propio texto y me las llevaba a casa. Me gustaría tener un librero lleno, miles, pero es imposible, cada vez es menos, me estoy volviendo solitario, viejo y aburrido. Bueno, al menos que ande con la propietaria de una librería o la directora de una biblioteca y me quede con un lote completo como le hicieron a Lulio.


Con los años me hice de una pequeña biblioteca personal que tenía desde ediciones raras autografiadas de Pacheco, Carver y Pau Auster, hasta un par de incunables, una primera edición de Onetti y hasta una edición rusa en piel de Chéjov.


Pero conforme se fue haciendo fácil eso de la robada, me daba igual que reclamaran por su libro, me fui saciando. Pero no del todo. Hasta que llegó Angie, una maestra de letras inglesas de una novia que tuve, quien estudiaba esa carrera. Angie no era bella, pero sí muy cautivadora; totalmente diferente a muchas mujeres con las que había andado, pero al mismo tiempo, de forma irónica y oscura, condensaba perfectamente lo que me gustaba de todas, además de tener un temperamento que me excitaba por completo: su aroma me provocaba dolor de estómago y testículos, y su sonrisa detonaba un sentimiento de ternura y empatía como ninguna otra.


Y como era de esperarse, era una mujer que no necesitaba pedir prestado libro alguno, cuando necesitaba algún ejemplar, lo compraba. Jamás me acercó a su librero y mis intentos fallidos sólo me obsesionaban más al respecto. Un día me metí a su casa sin avisar, fue cuando se enteró que me atraía demasiado y que nuestro recio acostón, que estaba por venir, nos traería la maldición. A mí, mejor dicho, la tía era una hechicera. Mi novia, que se convirtió en la piedra de Pellicer, nos odió por toda la eternidad.


Desde esa noche, hace dos años ya, no he podido robarme un solo libro, ni enamorarme de ninguna otra mujer. Vivo en abstención constante e insoportable, trato de seducir a empleadas en los restaurantes de comida rápida y me robo ediciones pequeñas y viejas en las librerías de viejo, imaginando cómo sería si leyeran a Watanabe, Machado o Yourcenar. Podría andar a escondidas con Ana Frank y Lolita, o bueno, el Marqués de Sade era divertido. Es patético, ya no tengo vida, parece una maldición prehispánica o algo así.


Guillermo Díaz estaba muy angustiado, contando su relato, con la misma mirada perdida de Castorela o de Don Salvador cuando escuchaban las palabras del padre.


De repente, todo fue interrumpido por los gritos de Castorela, que estaba a punto de pelearse con un invitado de la despedida, que por cierto no conocíamos varios. Castorela lo acusaba de faltarle al respeto a la chica que habían contratado para bailar. 


Castorela le gritaba en la cara al invitado y lo escupía. El invitado le dijo que era un “puto perdedor”. Castorela se enfureció y le dijo: “¿no sabes quién soy yo? No sabes, tú crees que esto es lo único que tengo, pero tú no sabes quién soy yo. Yo, tengo empresas en Saltillo y Cuernavaca, y me puedo orinar en tu refrigerador, pendejo, todos los días. Así como me ves de estúpido y te cagas de la risa, tú no sabes con quién anduve yo. ¿Sabes con quién anduve? Con Maya de Caló. 


Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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