Yo anduve con
Maya de Caló
Ricardo Pineda
Prejuicios y
clichés. Sabes que algo no anda bien en tu edad cuando empiezas a acudir más a
las bodas de tus amigos y familiares, según Miguel es como si te regocijaras
por su distanciamiento. Hay algo de lúgubre y macabro en todo ese ritual
anquilosado y de trámite. Por lo regular, cuando uno de nuestros amigos se casa
es todo menos un motivo de regocijo. Don Salvador Ortuño, quien en algún
momento fuera “Chava” para los cuates, antes de que se casara, nos dijo que
teníamos esa percepción porque éramos unos individuos a los que el matrimonio
nos venía como una amenaza de compromiso real y que era meramente generacional.
Podía ser.
Poco antes de que lleguen los treinta, las bodas suceden una tras
otra, con mayor frecuencia, tienes que comprar otro traje y las bodas son
acontecimientos de lo más raros: se casan las personas que nunca pensaste que
lo harían, tienen hijos al por mayor, y muchos se separan a los pocos meses o
un par de años después. Tú sólo ves cómo pasan por tus oídos los conflictos e
infidelidades, y cómo la personalidad de tus contemporáneos se derrumba con la
frustración y el arrepentimiento de haber actuado de forma visceral. Aunque no
a todos les va mal; hay quien sí vive feliz y les muestra a los demás que sí se
puede llevar a cabo. Sólo te resta empinar el vaso grabado lleno de ron y coca
después de decir salud, y claro, ahora tu bolsillo tiene que destinar una
cantidad más representativa para las festividades que vienen con tales
ceremonias.
Por eso la boda de Castorela no fue ninguna buena-nueva para
nosotros, sus escasos “amigos” de la universidad y de toda la vida. Castorela
más bien era un tipo gris, objeto de los albures y las bromas pesadas de los
demás, pero era una persona de buenas intenciones y muy solidario, sólo estuvo
ahí, como espectador de nuestras fiestas y conversaciones, siempre le dedicó su
energía a Berenice, una chica de corte discreto, bonita sí, pero muy tímida y
común. Solíamos conversar el hecho de que Castorela se había enamorado de la
nada; la chica no hablaba, no sobresalía, no figuraba en las fiestas ni eventos
de la escuela. Pero los vericuetos de la atracción suelen ser muy bizarros.
Después de la universidad, Castorela se alejó un poco más de todos
nosotros, siguió dedicando su dinero, tiempo y esfuerzo a conquistar a
Berenice, casi nadie trabajó en la contaduría, tampoco él, pero amasó una
pequeña fortuna en un escaso periodo de tiempo, vendiendo gadgets y reparando
computadoras; le fue muy bien. Y ahora, después de intentarlo por años, por fin
se casaba con “La Bere”.
Tres noches antes de la boda hicimos una despedida de soltero para
Castorela, más por compromiso y por el afán de expiar culpas por parte de
algunos abusivos. Él, que no bebía, se ahogó en una cantidad industrial de
alcohol esa noche, ni siquiera apreció a las chicas que llevaron para que
bailaran. Esa noche parecía más una tertulia literaria de hombres cansados de
oficina que una despedida de soltero viciosa y divertida. A las primeras copas,
Castorela estaba que no cabía en sí mismo: soltaba bromas pesadas, recordaba
las burlas de todos y a la menor provocación hablaba de sus pertenencias
materiales, y lo mucho que le había costado obtenerlas, sólo lo estábamos
aguantando, por los viejos tiempos.
En algún momento de la noche me levanté para ir al baño. Cuando
regresé, Jorge estaba hablando en voz baja con Guillermo Díaz, otro conocido de
la carrera. Con su vaso, Jorge me indicó que me integrara a la conversación. Ya
alcoholizado, Jorge hablaba acerca de “la manía prenupcial”; sostenía la teoría
de que previo al matrimonio, o en el noviazgo avanzado, uno llevaba a cabo una
especie de manía para con la pareja, una práctica que consistía en “chingar”,
joder un poco a la persona de forma casi inconsciente para reventar la relación
y terminar como el villano. Un ejercicio de evasión, la fuga. Además se
disfrutaba. Díaz refirió un par de anécdotas que iban desde el engaño y la
mentira hasta los golpes o las perversiones sexuales llevadas a cabos por
algunos conocidos.
Mi postura al respecto aún no estaba muy clara y la conversación me
parecía francamente ociosa. Guillermo Díaz parecía abstraído y preocupado, pero
estaba muy metido en la conversación, tenía la mirada entrecerrada por el
alcohol y miraba como al horizonte, o al más allá. Abrió los ojos, parecía
haber atrapado por fin la frase y el recuerdo adecuado, se despabiló e
interrumpió el hasta entonces monólogo de Jorge.
Yo tuve muchas novias; me encantan las mujeres, su
olor, su conversación, su temperamento. Todo. Yo hubiera preferido ser
drogadicto, ratero, jugador. Pero no; mi vicio son las viejas, eso me pierde.
No es falta de criterio como para no enamorarme de una o de la indicada, pero
la verdad es que son maravillosas, y no son pocas las que han ocupado un lugar
en mi vida. Pero siempre las chingo, como dice Jorge, siempre huyo por la
puerta chica a la menor provocación para ir con otra a sabotearme de nueva
cuenta. Es horrible: una droga.
Les robaba libros. Fue una
cosa de la que no me percaté al principio, pero conforme cobraba consciencia
del hecho, perfeccioné la técnica. Al principio, digamos con las dos o tres
primeras, sólo fue una coincidencia: nos prestábamos libros y yo también
terminaba dejando algunos. El primero fue en la preparatoria con uno de Poe que
tenía mensajes de amor con pluma negra en su interior, luego fue Trainspotting
de Welsh en Anagrama, del 99. Esas ediciones me gustaban mucho entonces.
Pero después, ya en la
carrera, le pedí prestado uno de Cioran a
Nora, quien fue una chava que me pegó durísimo; me hizo como quiso. La edición
era argentina y de lujo, sabía que le dolería perderlo, y sin remordimiento
alguno se lo pedí prestado y a los dos días terminé la relación. Ella intentó a
toda costa recuperar su libro, pero yo bloqueé toda comunicación.
Siempre me acompañó una
sensación de culpa y orgullo, he peleado con eso cerca de veinte años. Y no
puedo dejarlo, es más fuerte que yo.
Hubo una época en que lo
hacía ya con saña: buscaba chicas que tuvieran una biblioteca personal lo
suficientemente interesante. Luego refiné mi código de fechorías: sólo un libro
por novia, propio, y que fuera acorde con la persona. Las encapsulaba en su
propio texto y me las llevaba a casa. Me gustaría tener un librero lleno,
miles, pero es imposible, cada vez es menos, me estoy volviendo solitario,
viejo y aburrido. Bueno, al menos que ande con la propietaria de una librería o
la directora de una biblioteca y me quede con un lote completo como le hicieron
a Lulio.
Con los años me hice de una pequeña biblioteca personal
que tenía desde ediciones raras autografiadas de Pacheco, Carver y Pau Auster,
hasta un par de incunables, una primera edición de Onetti y hasta una edición
rusa en piel de Chéjov.
Pero conforme se fue
haciendo fácil eso de la robada, me daba igual que reclamaran por su libro, me
fui saciando. Pero no del todo. Hasta que llegó Angie, una maestra de letras
inglesas de una novia que tuve, quien estudiaba esa carrera. Angie no era
bella, pero sí muy cautivadora; totalmente diferente a muchas mujeres con las
que había andado, pero al mismo tiempo, de forma irónica y oscura, condensaba
perfectamente lo que me gustaba de todas, además de tener un temperamento que
me excitaba por completo: su aroma me provocaba dolor de estómago y testículos,
y su sonrisa detonaba un sentimiento de ternura y empatía como ninguna otra.
Y como era de esperarse,
era una mujer que no necesitaba pedir prestado libro alguno, cuando necesitaba
algún ejemplar, lo compraba. Jamás me acercó a su librero y mis intentos
fallidos sólo me obsesionaban más al respecto. Un día me metí a su casa sin
avisar, fue cuando se enteró que me atraía demasiado y que nuestro recio
acostón, que estaba por venir, nos traería la maldición. A mí, mejor dicho, la
tía era una hechicera. Mi novia, que se convirtió en la piedra de Pellicer, nos
odió por toda la eternidad.
Desde esa noche, hace dos
años ya, no he podido robarme un solo libro, ni enamorarme de ninguna otra
mujer. Vivo en abstención constante e insoportable, trato de seducir a
empleadas en los restaurantes de comida rápida y me robo ediciones pequeñas y
viejas en las librerías de viejo, imaginando cómo sería si leyeran a Watanabe,
Machado o Yourcenar. Podría andar a escondidas con Ana Frank y Lolita, o bueno,
el Marqués de Sade era divertido. Es patético, ya no tengo vida, parece una
maldición prehispánica o algo así.
Guillermo Díaz
estaba muy angustiado, contando su relato, con la misma mirada perdida de
Castorela o de Don Salvador cuando escuchaban las palabras del padre.
De repente, todo fue interrumpido por los gritos de Castorela, que
estaba a punto de pelearse con un invitado de la despedida, que por cierto no
conocíamos varios. Castorela lo acusaba de faltarle al respeto a la chica que
habían contratado para bailar.
Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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