Monday, April 30, 2012




Venganza
Ricardo Pineda

Ir de vacaciones al pueblo siempre fue divertido, había una libertad total de moverse sin supervisión ni peligro, el pequeño poblado de la sierra de Guerrero distaba mucho de ser un centro vacacional atractivo, pero el paisaje y el clima siempre había ofrecido un abanico de posibilidades más amplio en comparación con el pequeño departamento en el que vivía en la ciudad. La infancia en el pueblo siempre fue, de menos, emocionante y enigmática. Pero cuando mi primo y yo cumplimos quince años, las cosas cambiaron un poco. Mi tío Jorge nos llevó a jugar billar y emborracharnos con mezcal de una garrafa enorme y mágica de plástico tapada por un pedazo de mazorca seca. Mis recuerdos de esa noche no son nítidos.

               Cerca de las tres de la madrugada, mi tío Jorge nos levantó temprano, dijo que nos preparáramos, que haríamos un viaje y no regresaríamos hasta el día siguiente. Aún estaba oscuro, y una masa espantosa se derretía en mi cabeza, mi primo se veía entero. Había un viento seco en el ambiente. Con una mochila que tenía queso, longaniza frita en trozos y agua, salimos a nuestro viaje iniciático un poco con desconcierto pero también con una leve sensación de aventura que en ningún otro lugar encontrábamos.

               También nos acompañaba El Chanano, un perro flaco y café de carácter hosco como el de mi abuelo. Al dar la vuelta a la casa de mi abuela, un sendero pintado de azul oscuro con pequeñas casas a sus costados nos esperaba. El Chanano se adelantaba y se perdía en el horizonte, regresaba agitado y caminaba lentamente a nuestro paso, con la cabeza gacha, luego salía disparado de nueva cuenta y lo volvíamos a encontrar después de unos minutos, retorciéndose en la tierra o descansando. El camino debió haber sido muy largo, ya que vi al perro hacer eso más de diez veces.

               Llegó un momento en el que el perro ya no regresó, había pasado más de una hora desde que había partido a toda velocidad como galgo de carreras. El cielo tenía un claro más abundante y las casas comenzaban a perderse a nuestras espaldas. Estaba cansado y tenía mucha sed. De pronto una bajada comenzó a pronunciarse y el paisaje se abrió a la orilla de una extensión del río Balsas. Una corriente furiosa bajaba hacia nuestra izquierda, peleando contra las piedras que había en su interior. El Chanano estaba del otro lado del río, mojado, mordiendo una mojarra fresca. Nos quitamos los huaraches y recogimos nuestros pantalones para sentarnos en la orilla del río a comer pinzanes de un árbol, que mi tío Jorge cortó para nosotros. Estaban dulces y secos, gomosos; esos pequeños capullos de masa blanca con una semilla negra adentro absorbieron mágicamente mi resaca, la cual quedó mitigada tras un trago prolongado de la botella de agua de mi tío. Me quité la playera y los pantalones para darme un remojón en la orilla del río. Sentía el agua dulce de aquella corriente como una especie de fango fino que pasaba por mi cuerpo sin tocarme, sin dejar rastro alguno. Cuando salí del río me sequé casi inmediatamente, el sol ya había salido por completo y azotaba con violencia nuestros cuerpos.

               Caminamos en dirección a un puente de piedras en una zona baja del río. Cruzamos y seguimos nuestro camino, ahora pendiente arriba hasta volver a encontrar otro camino. Después de otra hora de viaje llegamos al famoso potrero del abuelo, que hasta entonces sólo había sido un mito ya que ningún otro miembro de la familia salvo mi abuelo y mi tío Jorge había ido al sembradío de maíz, plátano, mango, caña y limón. También había muchos pinzanes, casi a la orilla del río, que también bordeaba la parte baja del potrero. El lugar estaba muy bien cuidado, y se sentía fresco debido a la sombra de los árboles, a lo lejos se podía ver una hamaca suspendida de dos limoneros robustos. El potrero del abuelo despedía cierta familiaridad, cierto confort, pero a su vez un aire de misterio y solemnidad que invitaban a andarse con cuidado.

               Mi tío caminó en dirección a la hamaca, nos dijo que no nos fuéramos muy lejos, que había alacranes. Él tomaría una siesta. El cansancio comenzaba a reposarse en nuestros cuerpos, y el sopor sedaba nuestros cuerpos. Mi primo se fue a dormir al pie de un limonero y yo me senté a la orilla del río, aventaba piedras haciendo patos para perder el tiempo. El río estaba frente a mí, pasaba rápido y violento, casi con prisa. Era el mismo río de mi infancia más temprana, el mismo que le había un orgasmo sin igual al profesor Arriaga, amigo de mi tío, y el mismo cauce que le había arrebatado la vida a mi tío Rogelio, era exactamente el mismo río de los relatos místicos de mi padre, el que albergaba un cofre repleto de oro que habitaba en una cueva al final del mismo. Inspiraba respeto pese a su tamaño, a pesar de que ya no acogía camarones de grandes proporciones ni mojarras que otrora fueran el sustento económico de muchos lugareños, lucía sucio e inofensivo, pero aún corría veloz y con prisa, solemne y amenazador, con pozas de peligro en su interior.

               La noción del tiempo comenzó a corromperse, de momento ya no sabías si había pasado una hora o tres, la siesta de mi tío y de mi primo parecían interminables. ¿A qué nos había llevado mi tío Jorge?, ¿había algo para nosotros?, ¿alguna enseñanza, tal vez? El sol comenzaba a bajar de intensidad, y yo caía en un sueño profundo, en el cual mi abuelo hacía su aparición entre las matas de maíz, como jugando a las escondidillas, parecía feliz y divertido, cosa que en la vida real sucedió con escasa frecuencia. Llevaba su distintivo sombrero de paja y su risa sardónica contrastaba perfectamente con sus ojos cansados y serios. Me levanté para salir a su encuentro, pero mi abuelo se daba la media vuelta y corría, invitándome a perseguirlo. Lo corretee sin poder seguirle el paso, de repente se veía a lo lejos su sombrero, iluminaba las copas de las mazorcas que de por sí ya eran altas, y cuando corría hacia él volvía a desaparecer, saltando de nueva cuenta al otro extremo del huerto. Decidí esconderme también sin hacer ruido, sus pasos se escuchaban cerca, cada vez más cerca, estaba a punto de atraparlo. Cuando por fin calculé la distancia adecuada salté para emboscarlo, seguro de que estaría ahí. Sólo era El Chanano, que mascaba con violencia un pedazo de caña dulce mientras rugía. Cuando desperté, el sol estaba a punto de morir, y el cielo volvía a pintarse de un azul oscuro y profundo. La lámpara de petróleo de mi tío Jorge se había encendido.

               La sorpresa había llegado: el recorrido aún no había terminado, había que seguir, cruzar de nueva cuenta el río y continuar cuesta arriba, entre montañas empedradas en medio de la oscuridad. Comenzaba a quejarme de hambre, comí un pedazo de longaniza frita, fría y sebosa que me supo a la cosa más deliciosa tras el trago de agua dulce que me proporcionó m tío. Mi primo y yo jadeábamos de cansancio, y mi tío no emitía palabra alguna. Decidí romper el silencio, le conté a mi tío el sueño, que después me arrepentí de contar, puesto que el abuelo había muerto apenas hacía un par de años y pensé que tal vez tocaría la susceptibilidad de mi tío. Pero no fue así, mi tío soltó un ruido parecido a un gesto de sonrisa en medio de la casi total oscuridad. Yo pregunté que si por eso, por esconderse entre las plantas,  mi abuelo le decían El Matón. Mi tío no contestó y apretó más el paso.

               Tras una pendiente ciega que parecía interminable, llegamos a la punta de un cerro, parecía que la oscuridad sólo habitaba en la parte baja de los cerros, ya que desde la punta de éstos todo se podía ver claramente, con una nitidez que nunca había visto en mi vida. El Chanano ladraba y seguía corriendo por todo el campo de visión, regresaba y se arrellanaba para volver a incorporarse y dispararse veloz de nueva cuenta. Mi tío Jorge nos llevó al pie de un árbol. Era un Cirián, dijo que haríamos “cocos” para el agua con los frutos. Nos instalamos para pasar la noche ahí, no hubo leña, sólo oscuridad.

               Tenía los ojos abiertos, viendo el cielo estrellado, hacía calor y no había viento, el ambiente era seco. Mi tío rompió el silencio de la oscuridad con sus palabras.

“Fue hace muchos años, yo apenas tenía catorce años, tu abuelo estaba escondido entre las matas, como de costumbre. No quería que tu abuela lo viera llegar briago otra vez. Tu abuela se estaba bañando al lado del tambo del agua, en medio de la oscuridad. Fue entonces que vio a Pedro Damián del otro lado de las matas, espiando a la abuela. Tu abuelo se encabronó. Fue rodeando poco a poco la orilla de las matas hasta llegar donde estaba pedro, quien estaba jadeando. Tu abuelo no lo pensó dos veces y dejó ir su machete varias veces en la cabeza de Damián, hasta que éste se desplomó en el suelo, muerto. En ese entonces no había investigaciones de nada, pero la gente sabía que tu abuelo había matado a Pedro. Poco a poco a tu abuelo lo empezaron a llamar a sus espaldas El Matón. Y no es una cosa que le haya enorgullecido, pero nunca se arrepintió de lo que hizo.

               Con el tiempo tu abuelo se fue al otro lado a trabajar, y un poco también para escapar. Se fue tres años, y cuando regresó compró ganado. Pudimos haber salido de pobres, pero un día las vacas habían amanecido muertas. Tu abuelo no dijo nada, pero nunca se le quitó de la cabeza que fue el hijo de Pedro Damián quien le había envenenado el ganado. Hace poco, el nieto de Pedro cumplió dieciocho años y me lo encontré en el baile de la hija de Saúl Juárez. Se me quedó viendo muy feo y se descubrió la camisa para que yo viera su pistola”.

De pronto, mi tío guardó silencio, y sólo se escuchó el viento que golpeaba entre las rocas y generaba un silbido muy tenebroso. Metí la mano a la mochila para sacar la botella con agua. Sentí un fierro frío y pesado. Me asusté. A lo lejos, El Chanano ladraba enfurecido hacia el horizonte, donde se veía venir que el amanecer aparecería en cualquier momento. 


Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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