Sunday, July 08, 2012



1998

Ricardo Pineda

En ocasiones tengo muchos conflictos con los números, los sobreinterpreto y les doy un valor. En los años de los discos, por ejemplo. Algunas veces hay factores externos que hacen que cuando alguien me mencionan un disco, digamos uno de 1970 de Neil Young pueda sonarme más actual y fresco que cuando me mencionan uno de The White Stripes de 2004. A veces la combinación de ciertas cifras tiene un significado distinto para mí en comparación a otra. Y también otro color.

Cuando era pequeño, los números tenían un color para mí. Por ejemplo el tres o el siete eran verdes, el uno era amarillo y el cuatro café, y así sucesivamente. No ha sido difícil encontrarme con gente parecida a mí en este sentido: que cuenta sus pasos mientras atraviesa un puente, calculando en cuál uno podría morir atropellado si atravesara por debajo, o que marca y memoriza el número de vagón en el que viaja, con la esperanza de que uno vuelva a subir en él.

Evelyn era una chica que soñaba con números como yo, y que se fascinó también al darse cuenta de que el 136 era un número especial para ambos. Era siete años más chica que yo pero sabía mucho de números. Sin embargo, los suyos no tenían el mismo color que los míos, y el 15 de octubre de 1998 no fue el mismo para ambos, quizás a ella le pareció demasiado viejo para lo que vendría después. Habíamos viajado al desierto para festejar nuestro tercer año como novios. Una ridiculez romántica porque a ninguno de los dos nos gustaban las celebraciones ni el calor insoportable del desierto. Sin embargo éramos grandes entusiastas de conocer cosas nuevas y arriesgar experiencias. Pero la verdad era que desde la planeación todo había sido un desastre: escoger el lugar, la fecha y los días que nos quedaríamos en el desierto había sido toda una monserga. Habíamos hecho el viaje para ver qué rescatábamos de aquella atropellada e intensa relación.

Sólo había desiertos y grandes montañas por recorrer. Desde la primera noche que llegamos, el calor nos recibió con hostilidad y sacó nuestros humores al tope de su acidez. Evelyn se veía elegante siempre, hasta con el trapo más insignificante, su rostro joven y desparpajado iluminaba su entorno aún de día, y siempre tenía el semblante concentrado, perdido, ensimismado en contar las hojas amarillas del árbol que estaban sobre la tierra o los pasos que dábamos uno detrás del otro sin emitir palabra alguna.

Evelyn había cambiado, y a mí el tres aún me parecía verde. Lo llegué a intuir pero preferí nunca hablar del tema. Me di cuenta hacía unos meses antes del viaje, cuando llegó el fin de quincena y las cuentas no me salieron. El dinero se había esfumado en baratijas y no nos alcanzaba para comer copiosamente como siempre lo hacíamos.  A Evelyn no pareció importarle demasiado, miraba la televisión abandonada, parecía que ya no contaba autos amarillos de distinto modelo en su cabeza como antes. Me era casi imposible pensar que habían dejado de importarle los números. Por eso debí haber cancelado el viaje, cuando le vi su rostro poco convencido y la aceptación a regañadientes de su parte.

Pero ahí estábamos, viviendo cifras a destiempo y caminando en medio de la noche, escuchando ladrar a los perros bajo el claro portentoso de la luna que bañaba el inmenso y despejado desierto. Ella intentó animar el viaje preguntando si había razas de perros parecidas a número o cifras que nos recordaran a los perros. Tal vez el 142 pudiera ser un salchicha, le dije. El viento sopló con crueldad y seguimos caminando.

De pronto, conforme fuimos avanzando, el caminó comenzó a pronunciarse; todo era cuesta arriba y  yo sudaba con intensidad. Evelyn lucía hermosa y elegante por detrás también, parecía entera y sin cansancio, me aventajaba como por quince pasos, que luego fueron treinta y que posteriormente se perdieron interminablemente cuando pareció haber llegado a la cima. Su silueta era irreal, única, y desde lejos tapaba la luna, que estaba comenzando a amenazar con irse a dormir.

Cinco minutos después alcancé a Evelyn y justo ahí, los dos, compartimos el espectáculo que estaba a nuestros pies: un inmenso solar que más bien parecía un cráter de por los menos 200 años. Bajamos. Nos sentamos en una roca que se encontraba a escasos dos metros del centro y juntos callamos por cerca de tres horas, hasta que comenzó a amanecer. Ella tenía recargada su cabeza en mi hombro izquierda, de tanto en tanto volteaba a verla para cerciorarme de que seguía despierta. Sabía que se acercaba el final de ese viaje de siete días, y que faltaba sólo un par de meses para que 1998 terminara. La batería de mis Walkman estaban a un 25 por ciento y la cinta comenzaba a escucharse escurrida y con un volumen más bajo.

A un volumen más bajo escuché los latidos de Evelyn, tranquilos y acompasados; iban a un ritmo más lento que los míos. Voltee a verla, como escuchando un grito atorado que me llamaba en medio de la oscuridad. Sus ojos estaban húmedos pero mantenía su sonrisa discreta y mirada sosegada y tierna. Me volteó a ver y me enseñó su reloj de calculadora. Los números estaban locos, parecía que el cronómetro había sido activado, que estaba descompuesto ya que las cifras avanzaban hacia adelante y hacia atrás, sin ningún patrón numérico aparente. Comencé a sentir también una asfixia, que Evelyn había percibido con antelación, como siempre. Me faltaba el aire, el viento era seco y la atmósfera se había detenido en ese cráter imposible. De años. Evelyn se paró y partió rumbo a la ciudad. Yo la alcancé minutos después. Y para mí, diciembre se adelantó un par de meses.

Años después se dejaron de usar los Walkman y los relojes de calculadora, el tiempo se aceleró notablemente en las ciudades del mundo y yo nunca volví a ver a Evelyn. A veces, cuando espero en la fila del banco, contando los dígitos que son personas –cuántos, hombre, cuántos, mujer- presiento que Evelyn está delante de mí, dándome la espalda, sin contar el efectivo que va a depositar. Ella sabe siempre cuánto trae, las cuentas sí le salen a ella y sabe que el fin de las cosas no fue en 1998.


Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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