Wednesday, July 18, 2012




Orlando Salvaje

Ricardo Pineda

Un fracaso más. Reprobada, otra vez. Adiós maestría y adiós beca. Una mala pasada del destino. Contra todos los pronósticos y esfuerzos, Miroslava Tovalín no se había quedado en su último intento por hacer lo único que le gustaba: estudiar e investigar. Las noches de desvelo y cansancio, sumadas a la loza sobre la cabeza que implicaba quedar fuera de la beca y la maestría, provocó en Miroslava un colapso que terminó por desmayarla. La llevaron al hospital el mismo día que llevaron a mi mamá por problemas en el hígado.


Cuando mi madre y yo nos dejamos de ver, ella me regaló una veintena de libros, con la esperanza de que terminara de leer uno por fin en toda mi vida. No se me daban; en realidad, desde pequeño había tenido problemas con todo lo que tuviera que ver con cualquier actividad que requiriera más de diez minutos de mi atención, incluyendo conversaciones, películas, y especialmente libros.


Pero me agradaban algunos. Mi mamá siempre ha tenido el mejor gusto para las historias. Había que velar en la clínica, y decidí que era un buen momento para tomar uno de los textos que me regaló. Escogí una novela corta que se llama Orlando Salvaje, ahora no recuerdo el autor, que trataba sobre un niño del sur de Estados Unidos en la década de los cuarenta, su encuentro a temprana edad con el alcohol y su extraña comunicación con los indios. Lo había comenzado a leer hacía unas semanas, y si bien no me había enganchado del todo, sí me llamó mucho la atención lo entretenidas que me resultaban las aventuras del protagonista.


Cuando llegué a la clínica, dijeron que mi madre estaba estable y que la operación había resultado mejor de lo que esperaban. Me sentí aliviado. Pasé a ver a mi madre a su habitación, lucía cansada y de mal humor. Me dijo que le dolía la espalda de estar en una sola posición tanto tiempo, y que tenía ganas de comida de verdad. Me partió por dentro verla pasarla mal por no tener algún bocado de lo que más le gustaba: la comida.


A la noche siguiente le llevé a mi madre un pedazo de queso del rancho de mis abuelos de contrabando. Soltó un pequeño gemido de placer mientras movía los bigotes. Me sonrió. Alzó las cejas con gusto al ver sobre la mesita del teléfono el libro que me había regalado del autor que aún no recuerdo: Orlando Salvaje. Me dijo que era un texto acerca de mí, me tomó la mano y dijo lentamente que el personaje era todo un “Pancho López”. Igual, que yo, según ella.


Esa noche casi concluí por completo Orlando Salvaje. Me faltaban pocas páginas, que pese al cansancio pude finalizar a la noche siguiente. Me gustó mucho el cierre de aquella novela.


Ya estaba, había terminado por fin, a los veintiséis años, mi primer libro. Y no hubo fanfarrias alrededor, sólo una extrañas ganas, inmensas, de leer otro texto. Tomé Desayuno en Tiffany´s de Capote, y seguí leyendo por las noches mientras velaba a mi madre. No me gustó tanto y me costó más trabajo que Orlando Salvaje, pero tenía su encanto. Había ahí un humor ácido que me seducía, pero también era que me gustaba la ida de tocar y leer las mismas cosas que mi madre.


Al poco tiempo, mi madre empeoró y las cosas comenzaron a complicarse más, aletargando las noches de vela, los conflictos en el trabajo, los problemas económicos y la suciedad en mi departamento. Entonces comencé a pasar más tiempo en la clínica. Era una suerte de refugio perfecto para evadir mis problemas. Fue entonces que comencé a leer a Rulfo, y la muerte se hizo presente en el ambiente viciado con vitaminas  y café de los pasillos de la clínica, de una forma gris, azul, “como una tormenta de polvo negro”.


Los ánimos en torno a la salud de mi madre eran muy bajos y la angustia estaba más presente que nunca. Comencé a perder la noción del tiempo y metí un permiso especial para estar de tiempo completo en la clínica sin arriesgar demasiado mi empleo. Dormía de día y pasaba las noches leyendo en los pasillos de la clínica, de pie, hincado; sentado en el sofá azul de la sala de espera. Tenía la sensación de que también perdía la noción de espacio y realidad, fue entonces que la aparición de Miroslava Tovalín, abrupta y al lado mío en la sala, cerca de las tres de la madrugada, me pareció de entrada un acontecimiento espectral.


Miroslava traía puesta una bata blanca, era un paciente y no un fantasma, menos mal. Me sonreía de forma psicótica pero a la vez curiosa y tierna. Miroslava era muy hermosa y parecía de un nivel socioeconómico mayor al mío. Nos quedamos viendo sin decir palabra por cerca de dos minutos. Me preguntó mi nombre, parecía de mi edad también, me contó su historia y también su curiosidad por saber qué estaba leyendo. Le enseñé el texto de Rulfo, a lo que ella me dijo que no lo había leído, pero que seguro debía ser un muy buen texto como para dejar olvidada "la joya". Era Orlando Salvaje, lo había dejado en la sala de la clínica y Miroslava lo había tomado. Pregunté si le había agradado. “Me gusta que el personaje siempre tiene una actitud espontánea e inconscientemente valiente ante cada dificultad que se le presenta. Ya lo había leído antes, pero me vino como un milagro ahora que he estado internada. Mañana me dan de alta y me he levantado para devolverlo”. De repente sentí frío.


Caí en la cuenta de que llevaba meses sin conversar con alguien, tal vez por eso mi reciente gusto voraz adquirido hacia la lectura. Me vino bien conversar de vez en cuando con Miroslava, quien me dejó su dirección al partir de la clínica. Decidí ir a visitarla y seguir nuestra charla que incluía rechazos en la vida, nubarrones y mucha gente enferma. Nuestras historias eran similares, y por primera vez en mucho tiempo sentí una identificación de consideración con alguien. Pensé que me estaba enamorando, pero luego pensé que tenía simplemente una nueva y verdadera amiga, de a poco. Yo no tenía planes futuros inmediatos y Miroslava regresaría a contra de su voluntad a trabajar vendiendo seguros. Estaba de mal humor.


Sin embargo, la relación con Miroslava fuera de la clínica fue un tanto diferente. Había un cambio. Pese a que la charla amena y el interés seguían ahí, Miroslava se reveló ante mí con una personalidad más hosca, seca, un tanto distinta. Su historia personal -llena de muerte, dolor y sacrificio- no tenía nada que pedirle a mi precaria circunstancia envuelta en angustia ante la salud de mi madre, mi ignorancia y parsimonia para con la vida. No había tiempo en Miroslava para las blandenguerías y cursilerías del decaimiento sentimental. Un día, tal vez con un poco de fastidio y cansancio, Miroslava aseguró que yo era del tipo de personas a las que les gustaba que les estuvieran diciendo todo el tiempo que los querían y admiraban. Pensé que tenía razón.


Por esos días comencé a releer Orlando Salvaje; ahora tenía otra tónica, y poco a poco la vida de hampón de Orlando comenzó a tener un sentido distinto en mi cabeza, cobraba coherencia; era una especie de respuesta ante el dolor y las inclemencias de su destino. Yo no pensaba en convertirme en criminal, aunque sí comenzaba a tener más de una necesidad apremiante en el terreno monetario. Le dije a Miroslava un día en broma que debimos haber sido criminales e irnos a robar turistas a Cancún. Ella no río y me vio con un tanto de molesta incredulidad. Pero dijo que no era tan mala idea después de todo. Esa noche, Miroslava me dio un beso y luego me empujó y sacó de su casa, probablemente de su vida, pensé por el tono decidido. Curiosamente seguía sin enamorarme por completo, aunque el beso había despertado todo mi potencial sexual olvidado en la pubertad.


No había podido pegar la pestaña en dos días; mi madre había empeorado y tuvieron que ponerle morfina para aliviar un poco el dolor. Sudaba y comenzaba a tener atisbos de delirio. Era triste toparse con esa escena cada día. Cada vez más evidente. Una noche, leyendo, los quejidos de mi madre me detuvieron de la lectura. Desde su cuarto en la clínica, mi madre preguntó por el libro que estaba leyendo. Era Camus. Sonrió. Siempre recordaré a mi madre con una sonrisa enorme y sus gafas a media nariz leyendo un libro gordo, con portada roja de piel y letras doradas. Mi madre destilaba un halo dorado cuando leía.


Me preguntó si me había gustado Orlando Salvaje, y que qué pasaje interesó más. Le conté a detalle, con la voz temblorosa de ambos, con el frío que se colaba por los pasillos y el vaho eterno de boca a boca. Me dijo que debería viajar y salir más. Luego se durmió.


Mi madre me había dejado un libro de poemas de José Watanabe de regalo. Lo tomé, cobijé su cuerpo con la sábana fría, azul y delgada de la clínica. Al bajar las escaleras del edificio me encontré sorpresivamente con Miroslava, vestía un pantalón de mezclilla gris, entallado, que hacía lucir sus flacas y hermosas piernas, tenía una camisa hawaiana de manga corta y un chaleco café de piel, que hacían juego con sus largas botas, que llegaban más allá de sus rodillas. Llevaba puesto también un sombrero redondo de ala ancha, igual de piel. Me dijo que prefería el norte, vio al suelo por unos segundos, y luego me vio a los ojos. Me sonrió. En su sonrisa me pareció que había un libro, una historia en común por leer: tal vez los ojos negros y salvajes de Orlando. 










 Hay cosas que me mantienen buscando un corazón de oro...Y me estoy haciendo viejo. Ésta es una de ellas.




 





Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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