Monday, August 20, 2012



No hay banda


Alguna vez, una persona llamada John Cage le dio importancia al silencio, y se dedicó en cuerpo y alma a experimentar las posibilidades del mismo. Cage se metió en la cámara anecoica, la cual era una suerte de cuarto que aislaba casi al cien por ciento el ruido exterior. Sin embargo, Cage logró detectar dos sonidos, uno grave y otro agudo, que después supo eran su sistema nervioso y el transitar de su sangre. Con sorpresa, Cage descubrió que difícilmente existía el ruido absoluto, que los sonidos estaban de alguna manera siempre presentes, aunque fuera en nuestro interior.


Algo similar sucede cuando alguien habla acerca de la soledad. En verdad nunca se está del todo solo, pese a la soledad misma, ésta es relativa ya que todos hemos experimentado de alguna manera u otra la sensación de soledad en medio de una multitud, y también hemos sentido la compañía y presencia de “algo” o de “alguien” cuando se está ausente de vida a nuestro alrededor.


Mucho se ha escrito en torno de la soledad y la ausencia, el silencio o el vacío, por lo que este texto no pretende aportar nada respecto al tema. Quizás sólo sea un ejercicio por mantener la cordura ante la insoportable sensación de la soledad.


Se dice que la soledad es necesaria, de alguna forma el diálogo interno se vuelve una suerte de cambio de perspectiva y nos ayuda a ver las cosas de manera más sosegada, uno planea más tranquilamente y recobra batería para los embates venideros.


Pero a veces uno pide compañía, a gritos sordos y silenciosos, pero ésta no llega. El exceso de soledad también puede brindar distorsión de perspectiva, los recuerdos y deseos en torno a éstos se convierten en una avalancha insondable, inasible. Por ello muchas veces se cae en vicios, en compañía práctica y no siempre deseada; la compañía porque sí. Más vale solo dice el dicho.


Hay veces, después de una larga temporada en la soledad, que uno desprovee de todo sentido a las cosas que antes tenían un significado especial en nuestras vidas. En ese camino interno uno gana y pierde elementos, como en todos los caminos recorridos, y comienza poco a poco a marchar así: sin un brazo, sin apapachos ni adulaciones que nos vicien las perspectivas, sin restricciones o límites externos que nos digan “cómo deberían de ser las cosas”. Y salir avante de eso, de forma abstracta, se convierte en una de las pocas cosas cercanas a un objetivo, sentido o meta. Quitar casi todas las expectativas es aleccionador y necesario, pero no siempre saludable.


¿Cómo es que se puede estar solo por completo?, ¿hasta qué punto la soledad sólo es una cortina de humo que nos hace más vacua la existencia? No se hiere a nadie y no se expone uno, pero no es lo más preferible ni recomendable, a mi parecer, para vivir. Quien sabe estar solo creo que puede convertirse en una de las mejores compañías. Pero quien únicamente desea el silencio y la soledad a veces termina por odiar el objeto de sus anhelos.


Desde hace años, quizás a muy temprana edad si argumento con sustancia, tengo la idea recurrente de escribir literatura. Incipiente y atropelladamente, esa idea ha cobrado mayor fuerza con los años, se ha ido trabajando sin tener la sensación aún de haber llegado a algún punto con ello, o siquiera tener la sensación de haber escrito algo cercano a “el cuento” o “el ensayo” que deseo salga de la hoja digital de Word.


En más de una ocasión he leído, creído, vivido y pensado (perdón por el exceso de verbos), que el escribir en forma, como alguien cercano a la figura del hombre de letras, implica una suerte de interpretación del pianista: le da la espalda al público para brindarles “algo”, ya no digamos algo bello o entretenido. Se dice con frecuencia que el escritor se aleja del mundo para poder hablar de él un poco, lo más decorosamente posible. Todos los que quisiéramos escribir algo digno de lectura ajena hemos tenido la recurrente sensación de fracasar; de fallar en el intento de atrapar lo sutil de una imagen en palabras, de convertir los temores y las frustraciones en un diálogo sutil y silencioso, que toca. A todos nos ha llegado la pretensión de rasgar una sábana con el vocablo adecuado, ya no digamos el mejor sino el preciso, el que requiere el momento.  


Procurarse siempre, en todo momento, un instante de completo aislamiento para ver qué se escribe es vital en la labor creativa. Pero con frecuencia se dice que el artista tiene que vivir. El artista nunca deja de vivir, de probar, de intentar, de triunfar y fracasar. Lo tiene en ocasiones más presente que en otras profesiones que también lo requieren. Con el tiempo uno encuentra más riqueza en escuchar, en callar, en no decir o no hacer. Que no se tome como apatía o negación, toda inacción suele entrañar una posición ante algo; no se puede escribir sin vida, sin ruido, sin experiencias.


Algunos artistas o filósofos que he encontrado en el camino lo han intentado. Pero es muy subjetivo, igual no estaban diciendo nada importante. Platón, Borges, Carver, Orozco. Uno no deja nunca de escuchar un sistema nervioso y un correr de la sangre que nos conmina a incluir, yuxtaponer (permítaseme el término), o traer a colación. El tiempo presente late, al compás del corazón, el pulso. El rebote de regreso, el otro.


Hay algo que veo en común en todo ser humano: el acto de fe. A veces con suma conciencia y en ocasiones de forma automática y contradictoria, pero toda decisión (laboral, financiera, fría, tajante) implica un porcentaje de inseguridad y trabajo interno de confianza en que dará efectos. Aunque sean negativos; uno tiene la sensación de que tarde o temprano, las cosas sucederán, el silencio dejará de estar o se hará eterno, alguien llegará o se quedará en el tablero, uno se dedicará a escribir de ello o se buscará un rincón en el silencio.






Muestralo a tus amiguitos en !!!|

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