Sunday, August 05, 2012




Psicólogos Café

Ricardo Pineda


La primera persona que me recomendó ir a un psicólogo fue una novia que tuve, que también estudiaba la carrera. Tenía muchos conflictos emocionales y pese a mi enorme prejuicio y escepticismo, me animé a ir con una especialista. La primera vez me sentí muy bien y habré ido unas cuatro ocasiones, luego lo dejé. Tenía diecinueve años, y mi gama de pretextos para dejarlo era extenso, pero a los dos años regreso, creo que para siempre, una necesidad de regresar.


Comencé a probar con muchos psicólogos; en dos años habré visitado unos trece o catorce especialistas que dejaba tras la primera cita. El esquema siempre era el mismo: yo iba, contaba durante poco más de una hora qué hacía ahí, a veces cuáles eran mis expectativas y otras tantas ahondaba lo suficiente en mis obsesiones, “errores” y percepciones de mí mismo. Siempre aceptaba la segunda sesión, pero no acudí. Después de esos dos años, lo volví a dejar, pensando en mi inconstancia y falta de temple como para reconocer mis conflictos internos. Autosabotaje llegó a mencionarse en muchas de las primeras citas.


Por aquel entonces yo revisaba entrevistas para una revista musical de bajo perfil, y hubo una que le hicieron a Luis Alberto Spineta, en la que decía que era feliz, pero si pudiera vivir algo otra vez eso sería enamorarse, no tanto vivir una nueva relación, sino tener esa sensación enorme cuando uno se enamora la primera vez. Recordé mis primeras citas a los psicólogos y reí mucho, dándome cuenta que los psicólogos me generaban una empatía total, más las mujeres. Pensé en la absurda idea de ir a terapia con puras primeras citas; buscaría un psicólogo diferente para cada semana y esquematizaría mis discursos, con un tema distinto a tratar.


Emprendí la tarea por cerca de un año, con resultados altamente favorables. Me sentía mejor. Sabía que no era honesto ni funcional, pero algo comenzó a cambiar en mí, sentí que tenía un mejor amigo distinto cada semana, además con distintos semblantes y métodos. A los pocos meses de mis terapias comencé a refinar los métodos y la variedad: psicoanalistas, conductuales, Gestalt, holísticos, charlatanes, positivistas, y unos rarísimos que nunca logré dilucidar sus formas. Casi todos hacían énfasis en mi personalidad tendiente a la evasión y al dejar de lado lo que se emprende. Algunas veces salía abatido de las visitas, algunas otras lloraba o salía molesto conmigo mismo, pero por lo regular salía reconfortado y con una sensación de depuración interna. Era como bañarse después de dos días de sumo cansancio.


Con el tiempo, el mercado de psicólogos en la ciudad se me fue reduciendo, comencé a hacer viajes más prolongados y a pagar por primeras citas, algunas veces me equivocaba y volvía a telefonear a uno que ya había visitado con anterioridad. No me importaba pagar, la sensación que destilaba mi cuerpo al llegar, presentarse, sentarse en un sillón cómodo, hablar de lo más básico de mí persona, ver cómo veían, perderme entre sus manos que se explicaban o apuntaban cosas  me seducía enormemente.


Mi novia nunca lo supe, y al poco tiempo rompimos. Fue cuando más acudí a los psicólogos, era mi discurso recurrente, el rompimiento. Al poco tiempo me sentí mejor e incrementé mis visitas; primero a dos veces por semanas, luego la semana completa, hasta llegar al punto de programar cuatro o cinco sesiones por día. Hubo un mes al que fui con setenta y dos especialistas, fue el mes en que mejor me sentí.


Con el tiempo sentí la necesidad de hablar del tema en mis primeras citas, pero tenía miedo, ya que sabía que sería delatarme un poco ante los doctores, incluso había un par que parecía que ya habían hablado de mí con sus colegas. Esa paranoia comenzaba a apoderarse de mí. Pero no podía, la sensación de bienestar efímero era más poderosa: no soñar, contar lo más posible, que te escucharan, sencillamente me fascinaba.


Pero no hay fechoría que dure para siempre. Una tarde de diciembre me encontraba comiendo en un restaurante de comida china, fue entonces cuando sentí que alguien me veía. Volteé a los lados y la vi: era la doctora Mendoza, con la cual me había visto dos semanas atrás, un viernes. Me espanté un poco, sus ojos me juzgaban con severidad y ubicaban con especial nitidez. Pagué inmediatamente y salí casi corriendo del restaurante. ¿Me habrá reconocido? Pensaba con insistencia. Decidí tomarme vacaciones de los psicólogos por un tiempo, tal vez era hora de considerar dejarlos.


Pero no pude, a los pocos días ya estaba de nueva cuenta arreglando citas que comenzaban a golpear mi bolsillo y no calmaban mi ansiedad. Decidí comenzar a probar con los psicólogos. No me satisfacían tanto, así que duplicaba la dosis, hasta que también comenzaron a escasear.


Fue con el doctor Robina, me presenté, me saludó. Tenía barba abundante y colorida, casi brillante. No dijo una sola palabra en poco más de dos horas que yo solté todos mis demonios. Tras mi silencio hubo un silencio pesado, largo e incómodo. Yo estaba recostado en el sofá, tenía un hormigueo constante en la espalda, no quería voltear a ver al doctor Robina, sentía que se avecinaba lo peor. Fue entonces cuando carraspeó y dijo: “¿te parece gracioso hacer perder el tiempo a los psicólogos”. Fue entonces que lo miré de inmediato, su rostro tenía algo extraño, sabía que había fallado, que ya había estado con Robina con anterioridad. Salí corriendo del consultorio.


Cuando llegué a mi casa revisé con minuciosidad y nerviosismo mi agenda de citas. Robina no se repetía en ninguna cita de las cientos a las que había ido. Pero sabía que había visto a Robina, estaba convencido. Fue entonces cuando me asaltó de forma horrenda y punzante la imagen de la doctora Mendoza, su mirada, sus manos, su tono, el mismo carraspeo. Daniela Mendoza era Abdiel Robina.


Decidí, por seguridad, dejar de acudir a mis primeras citas. Tenía que dejarlas, había llegado el momento. Pero a veces, sobre todo en las noches, sentía un coraje enorme al pensar en Daniela Mendoza y su amenaza ante mi filia a las primeras citas. También extrañaba la terapia.


Decidí enfrentar mis problemas cara a cara, pero cambiándome el nombre y la identidad. Le jugaría una primera cita más a Daniela Mendoza, y saldría airado y sin pagar.


Le marqué, me presenté con otro nombre y me invité una situación económicamente más desfavorecida y llena de conflictos para que me atendiera con premura. Al principio se negó, argumentando su apretada agenda, pero luego accedió. Programó la cita para el viernes a medio día, el horario ideal.


Comencé a contarle a la doctora Mendoza lo mucho que me atormentaba no tener sexo, y la molestia que implicaba las visitas sexuales de mi compañero de habitación. La doctora soltó una sonora, molesta e irónica carcajada. La miré de inmediato con severidad, fue cuando la vi mejor; su sonrisa era espléndida, sensual y dulce al mismo tiempo, pese a la perversidad que ésta albergaba. Al principio me molesté, pero no pude dejar de ver con asombro que ella me veía con la sonrisa sostenida. Inclinó un poco la cabeza, sin dejar de verme y sonreír. Era hermosa, elegante y sencilla, sus manos eran finas y delgadas, sentí un dolor inmenso en la boca del estómago al saberme descubierto de nueva cuenta, pero de forma distinta y extrañamente, no me sentí despreciado, todo lo contrario. Daniela Mendoza me había flechado por completo. Cuando traté de hablar, inmediatamente me calló saltando sobre mí, dándome un beso que me supo a dulce de uva; sostenía mi rostro con sus delicadas manos, acariciando mi barba y rodeando mi cuello. Me excité de inmediato, pero cuando estaba dispuesto a tocarla se separó de mí para decirme que la sesión había concluido. Casi me corrió.


Lo había hecho de nuevo, la doctora Mendoza Robina (como decía su tarjeta) volvía a romperme el esquema de mi adicción. Intenté con otros doctores, pero no dejaba de pensar en Daniela, la mujer cruel y delicada vuelta psicóloga.  


Le marqué, fui a su consultorio, me cambié el nombre, pero nada. Daniela Mendoza se había perdido en la ciudad. Me sentía pésimo, y comencé a presentar un cuadro de depresión leve, en el que ya no iba a mi trabajo ni me bañaba en las mañanas. Fue entonces que decidí ir a terapia con el doctor Zurita, un psicoterapeuta tranquilo y claro que hizo que decidiera zampar mis problemas y entenderlos con mayor entendimiento. De entrada comencé a ir con regularidad con la misma persona; era la primera vez que iba con regularidad a terapia. Al principio me sentí desprovisto de esa emoción que tenía con las primeras citas, y no me sentía mejor, sino cada vez más abrumado. Pero un día, sin más, decidí levantarme, bañarme y recuperar mi trabajo. Opté por contarle todas mis fechorías al doctor Zurita, cada detalle de la adicción que venía arrastrando por años.


Se lo conté todo, sin dejar un ápice de duda, estaba hecho un manojo de nervios; hasta entonces me había percatado lo mucho que me afectaba no tener primeras citas y pensar constantemente en Mendoza. Fue cuando Zurita comentó, después de un carraspeo, que había un café al que iba con sus colegas, no muy lejos de ahí. Pretenciosamente se llamaba Psicólogos Café, y tanto él como algunos de sus colegas iban una vez al mes a platicar lo mucho que les afectaban las experiencias de los pacientes, se recomendaban psicólogos entre ellos mismos y se ayudaban a entender mejor su profesión.


“No es el único que presenta este tipo de problema. Hay algunos doctores que son amantes de dar terapia, sobre todo disfrutan las primeras citas. Se cambian de personalidad y escogen muy bien a sus pacientes. No es lo más ético, pero para serte sincero es algo que se da con regularidad entre los psicólogos”.


Era ella. La levanté con fuerza y le planté un beso desquiciado, le arranqué su barba, sentí las fajas que llevaba debajo de la camisa y el pantalón. Me empujó con violencia diciendo no. Le dije que estaba enamorado, que ella me había sacado de mis casillas, que necesitaba verla, que no me importaba que fuera como yo. Ella volvió a verme con ese brillo que ahora recordaba desde la primera cita, me sentía como en la primera cita. Me tomó el rostro entre sus manos que explicaban las cosas con pausa y me plantó un beso delicado en la comisura de los labios. Dijo que tendría que buscar otro doctor.


Muestralo a tus amiguitos en !!!|

1 comment:

ale bubu said...

Muy bueno amiguito, deja ese sentimiento que te deja pensando si todos los escritores escriben sobre ellos o sobre lo que quisieran ser. Cosas personales, cosas de otros, cosas que no han pasado, pero al final todo es real. Me gustó mucho mucho!!!

P.D. Solté la risotada como Mendoza sobre la irritación causada por las visitas sexuales del compañero de cuarto jeje