Wednesday, December 26, 2012



Carne de Tío

Ahora han pasado dos generaciones de la familia, y han hecho una fiesta igual de innecesaria que en años anteriores, yo lo sé pero no me puedo mover mucho, estoy en una mecedora, esperando el embate de una runfla de sobrinos. El hijo de mi prima con la que viví durante mi infancia luce aburrido, también él lo sabe; tiene los párpados a medio cerrar, está oliendo las patas del perro salchicha de su hermana. Tiene el ceño fruncido pero está asimilado, parece enojado aunque sabemos que no está molesto, se ve que no tiene otra opción que esperar a que la fiesta termine. Está hipnotizado en la nada, yéndose cada vez más lejos mientras huele con profundidad las huellas del perro salchicha. Me voy quedando dormido.

El ceño de mi sobrino se parece al mío cuando era pequeño y pasaba todas y cada una de las vacaciones en el rancho de la abuela. No había mayor cosa que hacer, era muy aburrido; me la pasaba tirado en un catre viendo la gallina de mi abuela en un rincón, empollando sus huevos, con su cara grave y sus ojos saltones, con ese moquete asqueroso que le colgaba. Me caían mal las gallinas y los gallos, me parecían inexpresivos, arrogantes en ciertos casos. Era extraña la convivencia con los gallos y gallinas de mi tío y mi abuela, caminando naturalmente por toda la casa: debajo de la cama, encima de la mesa, escondidos en la canaleta pegada al tejado. Gozaban de plena libertad, yo los respetaba y a ellos parecía no importarles mi presencia, pero en el interior lo sabían; ellos no me agradaban ni yo a ellos.

Tampoco me agradaba pasar Navidad, Semana Santa, Año Nuevo y vacaciones escolares ahí, calentándome en vano y dejándome acribillar por los zancudos. Pero así fue por lo menos los primeros doce años de mi vida. Con el tiempo dejé de ir a casa de la abuela, entré a la secundaria y comencé a generar reportes por falta de cooperación en las actividades deportivas y artisticas, me gustaron las matemáticas y comenzaron a venir los concursos, los primeros lugares, los cursos especializados y los diplomados. En un parpadeo de años estaba estudiando una Maestría de Teoría de Juegos en Francia. Crecí, y nunca volví ni a la ciudad ni al pueblo de la abuela. Tampoco me acordaba mucho de mis padres o me enteraba demasiado de lo que pasaba en el resto del mundo. A veces, cuando llegaba a comer aves en Francia, faisán el más recurrente, me acordaba de los ojos de la gallina regordeta y colorada de mi abuela, agazapada y temblorosa, roja, dando calor a sus futuros críos que no lograrían formarse plenamente porque serían parte de nuestro desayuno del día siguiente. Pensaba en la gallina y pensaba en mi tío.

Mi tío, el único hijo de mi abuela, al que le gustaba el zapateado, los sones, los corridos, el bolero, las rancheras…y ¡Frank Zappa! Resulta que había un disco de Frank Zappa entre el resto de sus empolvados LP´s, y lo ponía con el resto de sus folclores guerrerenses. Creo que otro tío que había viajado a Estados Unidos lo había llevado a casa de la abuela y lo olvidó. Cuando viví en Francia me pude comprar aquel disco y muchos más del guitarrista del mostacho. Era casi todo lo que escuchaba. Todo aquello me ponía melancólico pero feliz. Al respecto del pollo, debo decir que su carne siempre me ha parecido carente de sabor y de desagradable aspecto, trato de evitarlo al máximo, sin embargo es un alimento que está presente con relativa frecuencia en mi mundo. Más de lo que yo quisiera

Mi tío era una figura entrañable: siempre con el sombrero en la cara, las greñas como estropajo, campesino, alcohólico, no violento, de casi nulas palabras, tímido, retraído. Una imagen recurrente llena la sala de la casa ahora casi en ruinas de la abuela, una hamaca colgada de punta a punta de las vigas de madera; mi tío se mece con el sombrero en la cara, sin camisa; los vellos de su pecho son chinos y negros, contrastan con su piel casi roja, casi un ladrillo. Yo tengo ocho años, y me acerco sigilosamente para tocarlo, a ver si tiene polvito en la superficie, como de ladrillo horneado. Acerco mi dedo índice con miedo, lo dirijo lentamente con mi angustia. Espero, la escases de pulgadas es percibida y asaltada para apresarme y subirme a bordo de la hamaca, un par de segundos de cosquillas y una tranquilizante siesta en el regazo de mi tío, quien ronca levemente, con el ceño fruncido, la entreceja torcida, el bigote enchinado, todo endemoniado. Incluso dormido.


Tuve un problema a mi regreso. Mi tío había vendido sus tierras, o lo obligaron a rentarlas, y trató de sublevarse. Lo mataron, de forma violenta, fue entregado en restos a la familia. De repente los años se vienen encima, como un palazo en la mandíbula.

Recuerdo mi último día en casa de la abuela, antes de que me ausentara por más de veinte años. Mi tío había llegado un domingo a medio día, ebrio, tambaleándose. Entró en su cuarto, cerró con mucha pausa y delicadeza las compuertas de su habitación. Silencio de un minuto. De pronto, las compuertas se volvieron a abrier levemente, para reventar inmediatamente en un festín de plumas y cacareos. “Órale, pinches gallinas, jijas de la chingada, a chingar a su madre”. Era increíble ver aquello, un caos, una venganza contra las gallinas; un concierto de free jazz. Fue la última vez que vi a mi tío.


Con el tiempo busqué aquel momento en el estruendo de los solos pulcros e intempestivos de Frank Zappa, sin lograrlo demasiado, en el sabor de la carne de pollo, las matemáticas y todas las cosas que me denunciaban un poco. Nada aún. Nada todavía. Hoy es un aniversario más de todo aquello, y mi familia ha hecho una cena innecesaria que incluye caldo de gallina en el menú, una runfla de sobrinos enfurecidos y un perro salchicha que es su feliz rehén. Creo que lo del caldo se le ocurrió a mi hermana. Pruebo una cucharada de aquel brebaje y comprendo todo. Sólo queda un ojo atónito, tan inexpresivo de reventado en su propio asombro. Y aburrimiento, un aburrimiento atroz que no deja mayor opción.




Muestralo a tus amiguitos en !!!|

1 comment:

astros said...

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