Tuesday, February 14, 2012



Alguna vez hablé de mí


Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi propia condenación.
Onetti.


Es innegable que existe un afán vanidoso en el acto de escribir. No creo que algo no es literatura si uno no lo expone, pero tampoco concibo al escritor que espera de verdad que nadie lo lea. Hay algunos que se debelan ante el mundo como personas con un hambre considerable de un poco de atención, otros más parece como si escribieran a la contra, a pesar de que no lo desean totalmente. Y hay a quienes se les da de forma natural y lo que sucede con su literatura es sólo consecuencia natural de la misma, la grandeza del arte llega a quien debe llegar.

El romanticismo se esfuma desde el momento en el que escribes, desde que te peleas con los personajes, las historias, los tiempos, las palabras. Desde que intentas publicar, meter a concurso, trabajar tus escritos, pulirlos.

Desde hace más de siete años escribo regularmente en este blog, y cuando leo las primeras entradas me avergüenzo enormemente de la forma, el contenido y la desfachatez para contarlo. Pero ahí están, y forman parte de alguna manera de mi composición. Mis historias me llevan a más historias y de alguna manera es siempre la misma. Hay algo que encuentro y algo que sigue sin gustarme y de alguna manera siempre lo platico con ustedes, quienes me leen. Ése es mi referente principal. También consulto a gente que no toca la computadora o a quienes regularmente no me leen.

Al igual que el conocimiento, entre más abreva uno, más se da cuenta de que falta un tramo enorme. Eso debería alentar a cualquiera. Es vida. Pero tampoco es sencillo y se necesitan muchas cosas más aparte de escribir bien o tener disciplina y una buena historia. Incluso el talento. El famoso flow; el estilo.

No sé si mis historias me llevarán a algún lado más trascendente, literariamente hablando. A veces siento que estoy enfrascado en un mismo lenguaje o un mismo argumento. Eso vuelve a mi cabeza cuando ando en bicicleta o voy caminando solo. Pero un día estás escribiendo, y sucede.

A Mariana le gusta lo invisible, pero tiene problemas con las formas; César pule la forma y lo hace comprensible, y el giro de perspectivas le interesa, su comentario es sobrio y sincero. Christian es ácido, Ceci discute las figuras narrativas, y a Víctor y Aldo los dejan incompletos.

Una profesora del Claustro con la que tomé curso de cuento afirmaba que los escritores no eran nada brillantes; los describía como individuos más bien complicados, dispersos, poco fiables, clavados… Es bien sabido y muy comentado en la literatura, este hecho de que el escritor se chinga sentado frente a un monitor o una hoja a contar solo, lo que sucede allá afuera. Leonard Cohen alguna vez dijo que escribir una canción era como conquistar a una mujer: es un fastidio la mayor parte del tiempo.

Pero Dylan se enamoró de ese fastidio y sintió que cuando escribió “like a rolling stone” nada le faltaba. Supongo que eso es muy fuerte, es una droga. Es un momento en el que el círculo se torna completo. Una sonrisa se dibuja y uno puede descansar rico por una noche más.

A veces escribo por escribir, por hacerlo, suelo ser alguien que habla hasta por los codos y que intenta comunicar ideas y estados de ánimo de diferente manera. Pero también hay algo ahí que estoy diciendo. Algo invisible, algo que siempre está y que no perdura. ¿Pueden olerlo? Ojalá pronto les pueda obsequiar una flor con aroma más penetrante. Gracias por leerme y criticarme.  


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Wednesday, February 08, 2012


001
Ricardo Pineda
Los vecinos habían comenzado a abandonar el edificio poco a poco hasta dejarlo casi vacío. Para Víctor Hernández, el administrador, todo se había volcado en una avalancha de silencio insoportable; ya no había niños corriendo y gritando por los pasillos ni parejas discutiendo a mitad de la noche.

Sólo quedaban cinco departamentos ocupados. La inactividad provocó en Víctor un vacío sin precedente; pasaba las tardes fumando afuera del edificio, sentado en la banqueta rascándose la cabeza sin saber bien qué hacer. Limpiaba los pasillos, verificaba las instalaciones y corroboraba los recibos de pago. Todo en orden.

Decidió retomar las caminatas por la colonia, sin prisa. Al disfrutar sus recorridos por las calles se preguntaba por qué los inquilinos habían decidido abandonar el edificio casi de la noche a la mañana, sin dar explicación alguna. Sabía que el índice de criminalidad había aumentado considerablemente en la colonia, pero pensaba que no era para tanto, al menos él aún podía caminar rumbo al mercado y regresar sin problema alguno. La colonia estaba vieja y descuidada, era cierto, pero no entendía a bien qué era lo que el inmueble tenía de malo, o qué había hecho mal él como administrador.

Una tarde, barriendo el 203, Víctor se dio cuenta que el inquilino que alguna vez habitó ese departamento llegó tras una discusión con su pareja, casi a la media noche, desesperado. Lo recordaba con cariño. También a la familia del 112, que eran muy reservados y limpios, o los del 304, que siempre tenían fiesta pero a nadie molestaban. Se le fue la tarde recordando casi a todas las familias que habían pasado desde que él llegó a ocupar el puesto de administrador, hacía ya 15 años.

Esa noche, Víctor pensó que tal vez no sería una buena idea después de todo terminar sus días ahí, en ese edificio, solo. De a poco, sus piernas comenzarían a fallarle, ese dolor horrendo se atenuaba conforme pasaban los años, y Víctor ya no era un joven fornido y guapo como alguna vez lo fue. Su cuerpo estaba dando señales de deterioro, la memoria le fallaba a ratos, y la soledad para alguien de su edad no era del todo conveniente, como alguna vez creyó con determinación.

Tuvo que despedir y liquidar al portero de la entrada, ya no había más a quién abrir la puerta. Con los días se cercioraba de que morir en un departamento vacío ya no era una buena idea.

Otra noche de insomnio, en su cuarto. Víctor sintió un frío que le provocó un dolor terrible en los huesos; intentó cobijarse mejor y frotó su cuerpo para darse un poco más de calor sin conseguirlo del todo. Noviembre había llegado y Víctor pensó en las noches de Navidad; ese año ya no habría posadas ni abrazo de media noche; no tendría con quién pasarlo. Su familia estaba en el extranjero y los pocos amigos que tenía hacía mucho los había dejado de frecuentar.

Con el dinero que tenía ahorrado compró vino, se había propuesto pasar la mejor de las navidades, solo, con un buen vino, pasta y sus discos. Trató de recomponerse, pensó que su estado era normal, y que tarde o temprano llegaría la muerte después de todo. A menos que alguien se adelantara a habitar un departamento.

Dos noches antes de Navidad, Víctor saltó de la cama a las tres de la madrugada, espantado; un ruido terrible inundó todo el edificio. Pensó que estaba temblando y que la construcción se venía abajo. Se sentó un momento en su cama y contempló la idea de que su momento había llegado, que optaría por morir en su cuarto, cobijado, hecho un ovillo debajo de los escombros.

Pero no, no estaba temblando, y el ruido seguía ahí, pareciera que algún inquilino estuviera taladrando, al tiempo que golpeaba las paredes con una fuerza descomunal. Salió para ver de dónde provenía semejante escándalo anormal.

Era en la parte de hasta arriba, en los quinientos, Víctor comenzó a subir las escaleras poco a poco, con miedo pero un tanto contento a la vez; ruidos, personas, vida, pensó. Conforme subía un piso distinguía un ruido nuevo y cada vez más agudo. Tal vez alguien estaba tocando algún instrumento o peleando; había gritos y las escaleras vibraban. Nadie más había salido de su departamento o siquiera prendido la luz, Víctor pensaba que su oído tal vez estuviera fallando. Pero cuando llegó al cuarto piso, el ruido cesó de golpe. Víctor también paró su escalada. Un silencio insoportable. Pensó que tal vez su cerebro lo comenzaba a traicionar. Soltó una carcajada, misma que opacó al instante, desconcertado. Regresó a su habitación y logró conciliar el sueño después de una hora.

Al día siguiente subió las escaleras y pasó por cada uno de los departamentos del último piso. Nada ni nadie, estaban deshabitados. Limpió los departamentos, barrió los pasillos de todo el edificio, echó seguro a la puerta principal y salió rumbo a la panadería, a recoger el pavo y la pasta que había encargado para cenar.

Cuando llegó a la panadería vio todo vacío, incluso de lejos pensó que no habían abierto o que su cabeza le había jugado una nueva trastada y se le había olvidado recoger sus alimentos el día indicado. Pero no, la panadería estaba abierta, y la pasta y el pavo ya lo esperaban, calientes. Le preguntó a la niña que lo atendió que si no debía haber barras de pan por doquier dadas las fechas. La chica se rió tímidamente y le dijo que desde hacía meses ya no había a quién venderle, y que el pavo y la pasta de Víctor eran la única venta del día. Le platicó también que su padre estaba hundido en una crisis monetaria preocupante y que el desalojo era inminente. Víctor tragó saliva casi con dolor; la historia le angustió demasiado. Pagó y se fue a su casa.

Se percató que no sólo su edificio estaba casi abandonado, todas las calles lucían  vacías. Víctor se entristeció al darse cuenta de que algo raro había pasado en la colonia, se sintió diminuto, casi invisible por unos instantes. Regresó apesadumbrado a su departamento.

La Navidad le agarró temprano, cerca de las diez de la noche, y el sopor de la comida con el vino le provocó un sueño delicioso. Navideño, pensó. Cayó rendido en el sillón escuchando un disco de música suave.

Cerca de las cinco de la mañana, Víctor saltó del sillón, como si supiera que el ruido de la noche anterior volvería a aparecer. Salió inmediatamente de su departamento, le dolían las rodillas y la cabeza. Esta vez eran muchos sonidos convertidos en una masa de aire seco y pesado que inundaba el inmueble. Era insoportable, le lastimaban sus oídos; gritos, golpes y chillidos desagradables le punzaban el cerebro.

Subió cada piso con dificultad, lo más rápido que podía. Llegó al último piso ya cansado. Era el 501, parecía que había un incendio, una tragedia en su interior. No encontraba la llave correcta, se le cayeron al piso, las levantó; le temblaban las manos, le dolían los huesos, la masa de estruendos cimbraba todo su cuerpo. Encontró la llave correcta y la introdujo con premura. Cuando entró, el silencio había desaparecido de nueva cuenta. 

Víctor recorrió el departamento; pasó por la cocina, el baño, un pasillo, otro. Nada, sólo una ventisca de aire que se colaba por la rendija de la ventana del cuarto del fondo. Entró, sus pasos lentos y dolorosos lo llevaron al pie de la ventana. El aire silbaba suavemente, casi era una melodía de aire frío y acompasado. Pensó que de chico quería ser músico y tocar el fagot, emitir una melodía dulce y nasal. Por la ventana, el amanecer amenazaba con salir de nueva cuenta. 


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