001
Ricardo
Pineda
Los vecinos habían
comenzado a abandonar el edificio poco a poco hasta dejarlo casi vacío. Para Víctor
Hernández, el administrador, todo se había volcado en una avalancha de silencio
insoportable; ya no había niños corriendo y gritando por los pasillos ni
parejas discutiendo a mitad de la noche.
Sólo quedaban
cinco departamentos ocupados. La inactividad provocó en Víctor un vacío sin
precedente; pasaba las tardes fumando afuera del edificio, sentado en la
banqueta rascándose la cabeza sin saber bien qué hacer. Limpiaba los pasillos,
verificaba las instalaciones y corroboraba los recibos de pago. Todo en orden.
Decidió retomar
las caminatas por la colonia, sin prisa. Al disfrutar sus recorridos por las calles
se preguntaba por qué los inquilinos habían decidido abandonar el edificio casi
de la noche a la mañana, sin dar explicación alguna. Sabía que el índice de
criminalidad había aumentado considerablemente en la colonia, pero pensaba que
no era para tanto, al menos él aún podía caminar rumbo al mercado y regresar
sin problema alguno. La colonia estaba vieja y descuidada, era cierto, pero no
entendía a bien qué era lo que el inmueble tenía de malo, o qué había hecho mal
él como administrador.
Una tarde, barriendo
el 203, Víctor se dio cuenta que el inquilino que alguna vez habitó ese
departamento llegó tras una discusión con su pareja, casi a la media noche,
desesperado. Lo recordaba con cariño. También a la familia del 112, que eran
muy reservados y limpios, o los del 304, que siempre tenían fiesta pero a nadie
molestaban. Se le fue la tarde recordando casi a todas las familias que habían
pasado desde que él llegó a ocupar el puesto de administrador, hacía ya 15
años.
Esa noche, Víctor
pensó que tal vez no sería una buena idea después de todo terminar sus días
ahí, en ese edificio, solo. De a poco, sus piernas comenzarían a fallarle, ese
dolor horrendo se atenuaba conforme pasaban los años, y Víctor ya no era un
joven fornido y guapo como alguna vez lo fue. Su cuerpo estaba dando señales de
deterioro, la memoria le fallaba a ratos, y la soledad para alguien de su edad
no era del todo conveniente, como alguna vez creyó con determinación.
Tuvo que
despedir y liquidar al portero de la entrada, ya no había más a quién abrir la
puerta. Con los días se cercioraba de que morir en un departamento vacío ya no
era una buena idea.
Otra noche de
insomnio, en su cuarto. Víctor sintió un frío que le provocó un dolor terrible
en los huesos; intentó cobijarse mejor y frotó su cuerpo para darse un poco más
de calor sin conseguirlo del todo. Noviembre había llegado y Víctor pensó en
las noches de Navidad; ese año ya no habría posadas ni abrazo de media noche;
no tendría con quién pasarlo. Su familia estaba en el extranjero y los pocos
amigos que tenía hacía mucho los había dejado de frecuentar.
Con el dinero
que tenía ahorrado compró vino, se había propuesto pasar la mejor de las
navidades, solo, con un buen vino, pasta y sus discos. Trató de recomponerse, pensó
que su estado era normal, y que tarde o temprano llegaría la muerte después de todo.
A menos que alguien se adelantara a habitar un departamento.
Dos noches
antes de Navidad, Víctor saltó de la cama a las tres de la madrugada,
espantado; un ruido terrible inundó todo el edificio. Pensó que estaba
temblando y que la construcción se venía abajo. Se sentó un momento en su cama
y contempló la idea de que su momento había llegado, que optaría por morir en
su cuarto, cobijado, hecho un ovillo debajo de los escombros.
Pero no, no
estaba temblando, y el ruido seguía ahí, pareciera que algún inquilino
estuviera taladrando, al tiempo que golpeaba las paredes con una fuerza descomunal.
Salió para ver de dónde provenía semejante escándalo anormal.
Era en la parte
de hasta arriba, en los quinientos, Víctor comenzó a subir las escaleras poco a
poco, con miedo pero un tanto contento a la vez; ruidos, personas, vida, pensó.
Conforme subía un piso distinguía un ruido nuevo y cada vez más agudo. Tal vez
alguien estaba tocando algún instrumento o peleando; había gritos y las
escaleras vibraban. Nadie más había salido de su departamento o siquiera
prendido la luz, Víctor pensaba que su oído tal vez estuviera fallando. Pero
cuando llegó al cuarto piso, el ruido cesó de golpe. Víctor también paró su escalada.
Un silencio insoportable. Pensó que tal vez su cerebro lo comenzaba a
traicionar. Soltó una carcajada, misma que opacó al instante, desconcertado.
Regresó a su habitación y logró conciliar el sueño después de una hora.
Al día siguiente subió las
escaleras y pasó por cada uno de los departamentos del último piso. Nada ni nadie,
estaban deshabitados. Limpió los departamentos, barrió los pasillos de todo el
edificio, echó seguro a la puerta principal y salió rumbo a la panadería, a
recoger el pavo y la pasta que había encargado para cenar.
Cuando llegó a
la panadería vio todo vacío, incluso de lejos pensó que no habían abierto o que
su cabeza le había jugado una nueva trastada y se le había olvidado recoger sus
alimentos el día indicado. Pero no, la panadería estaba abierta, y la pasta y
el pavo ya lo esperaban, calientes. Le preguntó a la niña que lo atendió que si
no debía haber barras de pan por doquier dadas las fechas. La chica se rió
tímidamente y le dijo que desde hacía meses ya no había a quién venderle, y que
el pavo y la pasta de Víctor eran la única venta del día. Le platicó también
que su padre estaba hundido en una crisis monetaria preocupante y que el
desalojo era inminente. Víctor tragó saliva casi con dolor; la historia le angustió
demasiado. Pagó y se fue a su casa.
Se percató que
no sólo su edificio estaba casi abandonado, todas las calles lucían vacías. Víctor se entristeció al darse cuenta
de que algo raro había pasado en la colonia, se sintió diminuto, casi invisible
por unos instantes. Regresó apesadumbrado a su departamento.
La Navidad le
agarró temprano, cerca de las diez de la noche, y el sopor de la comida con el
vino le provocó un sueño delicioso. Navideño, pensó. Cayó rendido en el sillón
escuchando un disco de música suave.
Cerca de las
cinco de la mañana, Víctor saltó del sillón, como si supiera que el ruido de la
noche anterior volvería a aparecer. Salió inmediatamente de su departamento, le
dolían las rodillas y la cabeza. Esta vez eran muchos sonidos convertidos en
una masa de aire seco y pesado que inundaba el inmueble. Era insoportable, le
lastimaban sus oídos; gritos, golpes y chillidos desagradables le punzaban el
cerebro.
Subió cada piso
con dificultad, lo más rápido que podía. Llegó al último piso ya cansado. Era
el 501, parecía que había un incendio, una tragedia en su interior. No
encontraba la llave correcta, se le cayeron al piso, las levantó; le temblaban
las manos, le dolían los huesos, la masa de estruendos cimbraba todo su cuerpo.
Encontró la llave correcta y la introdujo con premura. Cuando entró, el
silencio había desaparecido de nueva cuenta.
Víctor recorrió
el departamento; pasó por la cocina, el baño, un pasillo, otro. Nada, sólo una
ventisca de aire que se colaba por la rendija de la ventana del cuarto del fondo.
Entró, sus pasos lentos y dolorosos lo llevaron al pie de la ventana. El aire
silbaba suavemente, casi era una melodía de aire frío y acompasado. Pensó que
de chico quería ser músico y tocar el fagot, emitir una melodía dulce y nasal.
Por la ventana, el amanecer amenazaba con salir de nueva cuenta.
Muestralo a tus amiguitos en !!!|